Entrenamiento emocional: “La vida es como un deporte, aprendés más cuando perdés que cuando ganás”
Messi “gana con su actitud”, asegura en pleno Mundial Delfina Linck; economista, politóloga, psicóloga, mediadora, consteladora y escritora, acaba de publicar un libro acompañado por un juego
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“Ni se te ocurra tirarlo, porque a los extranjeros los deportan”, le aconsejó un francés cuando la vio levantar un adoquín en las calles de París. Era mayo de 1968, y Delfina Linck acababa de cumplir 18 años. En medio de esa batalla campal entre los estudiantes y la policía, no pudo entonces cumplir su sueño de estudiar Ciencia Política en la capital francesa. En lugar de desanimarse por los planes frustrados alquiló una moto, compró un mapa y aprovechó para conocer a fondo la ciudad.
Cuando descendió del avión en Buenos Aires, sus padres pudieron ver cómo se había transformado aquella adolescente educada en un colegio de monjas: lucía una minifalda, botas negras que le tapaban las rodillas, una camisa colorida de Pucci, un abrigo de piel negro, una boa de plumas de avestruz y un sombrero de terciopelo de ala ancha. Animarse a cambiar de actitud es justamente lo que propone en Constelar, jugar, sanar (Kepler), una flamante “guía para identificar las emociones que nos frenan”, acompañada por un juego creado con la colaboración de su yerno, Martín Serra.
“Cuando mi hija se fue a vivir a Francia en 2018 vivió los eventos de los chalecos amarillos, exactamente 50 años después –dice ahora a LA NACION esta economista, politóloga, psicóloga, consteladora y escritora-. Vi las mismas escenas de los policías. Es muy fuerte cuando tenés que estar de nuevo en un lugar”.
-¿Por qué a veces revivimos ciertas experiencias?
-Para resignificarlas y aprender desde otro lugar. Volvemos a pasar por los mismos lugares y podemos mirarlos de otra manera. Es lo que aprendés más fuerte, se abre un mundo de posibilidades. Porque todo lo difícil lo vivimos desde el abandono. Cuando aprendemos a vivir desde la abundancia, es maravilloso. Decís: “Ah, tenía que ser esto, hay que atravesarlo”. Es apasionante y es una actitud deportiva. La vida es un deporte.
-¿En qué sentido?
-Es un desafío. Por ejemplo: te tiraron la pelota allá y no llegaste, entonces tenés que aprender a llegar a esa pelota. Si te vas a quedar porque no te salió bien, no avanzás, no aprendés y no jugás bien. La vida hay que jugarla. Los desafíos muchas veces son cosas que nos resultan horribles. Estar enfermo es horrible, pero cuánto aprendés de estar enfermo. Miralo a Messi, cómo jugó el Mundial con su papá internado. Y pasan esas cosas absurdas, como la noticia falsa de que había muerto. Bueno, tiene que pasar. No hay victimarios, son mediadores: te llegan cosas difíciles a través de otros y está en vos cómo resolver, superar, aprender y seguir aprendiendo. Lo más notable es la gente que ha pasado cosas espantosas y sigue amando, agradeciendo y siendo alegre. Esos son los ejemplos de vida.
-¿Cuáles son las principales emociones que nos frenan y por qué?
-Lo que más nos frena es el miedo, el temor a sufrir. De ahí viene todo.
-¿Cómo ayudan este libro y este juego a gestionar ese miedo?
-Ayudan a entender, a estar alerta para saber dónde uno se está parando cuando padece algo y hacer suficientemente consciente el hecho de que uno puede cambiar de lugar simplemente por una decisión. Si te parás en víctima o si sos capaz de pararte en una actitud de amor y apertura. Aprender que donde uno se para, cambia la vida.
-Gana el juego.
-Si, gana el deporte. Se vuelve experto.
-En el libro decís que aunque pidamos ayuda, después nos autoboicoteamos. ¿Por qué lo hacemos?
-Claro, la gente viene queriendo cambiar y la resistencia que pone a cambiar es fenomenal. Lo hacemos porque tenemos miedo de sufrir, de estar perdidos, de no conocer, de hacerlo mal, de equivocarnos, de que nos reten, de no ganar. Y no te das cuenta de que ganar es ser feliz.
-¿Qué pasa con el ego ahí?
-El ego te pierde. Volviendo al deporte: haces una jugada mal. Si te toma el ego, no seguís bien.
-Un buen ejemplo sería lo que le pasó a Messi con el penal en el partido contra Austria.
-Claro. Fijate cuánto de psicología hay en el deporte. Si hay algo fabuloso que tiene Messi es que es un hombre sencillo, humilde y bien dispuesto. Por eso, puede perder y puede ganar. Puede errar un penal y revertirlo luego con un gol.
-O sea: gana con su actitud.
-Gana con su actitud. Vuelve a salir, a buscarla, a probar cómo superarse, cómo no dejarse caer. Está con el papá internado y está jugando. Sabe que el papá lo está mirando. Creo fervientemente en que todo es entrenamiento. Todo ayuda a ir mejorando ese instrumento que somos.
-¿En qué ayuda la disciplina del deporte?
-En todo. En esto de perder, ganar y aprender. Aprendés más cuando perdés que cuando ganás. Porque te hace pensar en cómo tenés que hacerlo bien.
-Aprendés a superar tus límites también, ¿no? Como cuando crees que no das más.
-Exactamente. Es muy importante regular, aprender a estar alerta y regular tus capacidades y tus límites. Vos sabés que tenés que descansar para volver a intentar algo, o tenés que dejar venir la información del exterior para saber qué tenés que hacer con una situación. ¿Viste cuando te das cuenta de que te estás enojando con algo, y estás por actuar impulsivamente desde un lugar dolor o de ego y dejás que se macere la emoción? Sería algo así.
-Una pausa en la reacción puede salvar una relación.
-Muchísimo. Pausa, rebobinar, saber volver, saber buscar el momento.
-En el libro mencionás una famosa reflexión: “El camino más largo de la vida es el que lleva de la mente al corazón”.
-Pensar bien es pensar con la cabeza y el corazón. Bajás la cabeza con humildad y sitúas el intelecto en otro lugar, lo conectás con lo emocional.
-¿Cómo, cuándo y por qué surgió la idea de hacer este nuevo libro acompañado por un juego?
-Surgió en 2020. En la pandemia yo cumplí 70 años y caminaba por el balcón y decía: “Voy a celebrar mis 70 años sola y tengo que celebrar de alguna manera”. Siempre tuve ganas de crear un juego y el germen ya lo tenía: trabajar el abandono y la abundancia como dos territorios donde uno se para. O sea, la cuestión que está ligada a la actitud: cada evento puede ser de una forma o de otra de acuerdo con la mirada. Y esto se relaciona mucho con las constelaciones. ¿Dónde estás parado en la vida? Tenía los caracoles y las piedras, tenía los haikus y dije: “Qué divertido hacer esto en la pandemia”.
-¿Qué simbolizan las piedras y los caracoles?
-Los caracoles simbolizan un lugar que es muy atractivo, que nos atrapa y nos mantiene en esa espiral sin poder salir fácilmente. Es un espacio donde hubo vida y no hay más vida, y donde uno se pierde en ese rol de víctima. Es un lugar que nos atrae porque lo conocemos, se nos vuelve paradójicamente cómodo. La piedra simboliza un lugar firme para pararse, sostenerse, construir y crecer.
-¿Cuál es el objetivo final del juego?
-Que la gente aprenda a entrenarse emocionalmente, teniendo en claro que lo que nos pasa no depende del hecho o el evento, sino de la actitud con la cual lo vivimos.
-¿La felicidad es una cuestión de actitud?
-Sí, absolutamente.
-¿Cómo aprendemos a pararnos en la abundancia?
-Es entrenamiento. Todos caemos en lugares de abandono, en ansiedad, en angustia. En este juego todas las palabras empiezan con A, porque tiene algo lúdico.
-¿Jugar ayuda a resolver conflictos?
-Jugar ayuda a tener una buena actitud ante la vida. Cuando jugás y tomás la vida también como un juego, como un deporte, te situás en un lugar de abundancia. En un lugar de aprendizaje, de apertura, de asombro. A ese niño que llevamos adentro, lo hacemos jugar y aprender. Tiene que ver con resolver, porque nos paramos en un lugar en donde puede salir bien o puede salir mal.
-En el libro mencionás que uno puede caer por el tobogán de la víctima.
-Exacto. Cuando estás en el territorio del abandono, siempre estás en víctima. Y cuando estás en víctima, siempre hay un victimario que es real o imaginario. Vos sos quien le arroga ese rol. Si le quitás ese rol, se deshace. Decís: “Esto fue parte de mi vida, me hizo tal como soy, es parte de quién soy. Vino a mí, estaba en mi destino”. Si yo lo tomo, hasta me ayuda a crecer. Si creemos que hemos venido con una misión, tenemos que superar lo que nos toca.
-¿Creés que venimos con una misión?
-Sí. Creo que tenemos la misión de ser felices, de aprender a amar. Es fácil amar lo que lo que es amable, y es difícil amar quiénes somos cuando tenemos dificultades. Es difícil amar lo que no nos gusta.
-¿Amar es una fuerza fundamental para sanar?
-Absolutamente. Y eso también tiene que ver con las constelaciones: cuando amás, se desbloquea todo. Y al revés: cuando respetás los órdenes del amor, no hay bloqueos y entonces el amor circula y todo lo sana.
-¿Qué son los órdenes del amor?
-De acuerdo con Bert Hellinger, son tres: todos tenemos derecho a pertenecer; tiene que haber un equilibrio entre dar y tomar, y hay una antecedencia en la vida. Quien estuvo antes, está siempre antes. Después está la prioridad, que no es lo mismo que la antecedencia.
-Se acaba de estrenar en Netflix una nueva temporada de la serie Mi otra yo, gracias a la cual se hizo conocido el libro Este dolor no es mío, de Mark Wolynn. ¿La viste?
-Me pareció muy buena, está bien hecha. Hizo que se popularizaran las constelaciones; mucha gente manifestó interés por el tema.
-Después de haber estudiado tantas carreras, ¿qué te decidió a constelar?
-Yo trabajaba con orientación sistémica como psicóloga y me encontraba con que no se podían sanar ciertas cosas porque trabajaba solo a través de la palabra. En las constelaciones se trabaja a través de las imágenes, se va más profundo.
-¿Cómo explicarías sencillamente qué es constelar?
-Constelar es buscar entender de dónde surgen los bloqueos, los conflictos o síntomas que nos causan malestar y que a veces no surgen de cuestiones conscientes, racionales, inmediatas. Muchas veces tienen que ver con lo transgeneracional. O sea, con los ancestros. A veces tenemos cosas que no son propias y buscamos resolver eso con la constelación.
-¿Por qué hay traumas que pasan de generación en generación?
-Porque no son mirados y no son tomados, son excluidos. Y cuando vos excluís o negás, hay un famoso dicho que dice: “El que evita, invita”. Cuanto más resistís o reprimís, con más fuerza surge.
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