
Prueba de fuego para parejas: 118 días cara a cara en un bote a la deriva en el Pacífico
Sophie Elmhirst reconstruye en un libro apasionante la peripecia real de un matrimonio tratando de sobrevivir al naufragio de su velero
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“¿Qué es en realidad un matrimonio, sino estar atrapados con alguien en una pequeña balsa, tratando de sobrevivir?”. Esta frase de Sophie Elmhirst de su libro Un matrimonio en alta mar (Salamandra, 2026), deja bien a las claras uno de los grandes atractivos de la historia real que cuenta: la gran metáfora de la relación de pareja que constituye la aventura de Maralyn, de 32 años, y Maurice, de 41, los Bailey, marido y mujer, obligados a pasar 118 días en un pequeño bote salvavidas en medio del Pacífico tras hundirse su velero a causa de la colisión con un cachalote.
Fue una verdadera supervivencia que incluyó tener que destazar y comerse crudas las tortugas marinas que pescaban, estar rodeados de tiburones, sufrir mucha sed y llagas espantosas, afrontar que no funcionaran las bengalas y que los golpeara una ola digna de la que hunde el pesquero de La tormenta perfecta. Pese a que los Bailey (y no se vea esto como spoiler ya que se trató de un suceso real que tuvo una cobertura mundial) salieron bien de su terrible experiencia, el libro de Elmhirst deja un cierto gusto amargo.
“Sí, entiendo”, responde la escritora y periodista británica de 44 años que ganó con Un matrimonio en alta mar el Nero Gold Prize en 2024 y vio cómoThe New York Times lo elegía como uno de los diez mejores libros del 2025. “Decidí contar la historia incluyendo tanto la odisea y el rescate como el conjunto de la vida de la pareja protagonista, antes y después de la aventura. Traté de entenderlos como personas en su totalidad y no solo como los actores de un drama. Habría sido muy fácil acabar con el momento en que los encuentran, un final feliz, pero eso no me parecía lo apropiado. Pasaron muchas cosas después en la existencia de ambos, y cuando ves el conjunto entero, tienes esa sensación algo triste o melancólica que provoca observar las cosas con perspectiva, unas vidas en su totalidad”. Elmhirst descubrió una colección de cartas de Maurice tras la muerte de Maralyn: “Estaban llenas de sentimientos de soledad y de pérdida y no podía pasarlas por alto, formaban parte también de la historia, de alguna manera hablaban de un segundo naufragio”.


Es muy potente la metáfora de la relación de pareja que arrojan los Bailey en el bote. “Irse a dar la vuelta al mundo mano a mano en su velero, sin radio, ya es arriesgado y una prueba de fuego si todo va bien, pero si encima añades el naufragio, tienes una versión muy extrema de crisis matrimonial. Descubren cosas del otro que desconocían, entablan conversaciones recurrentes, discuten sin posibilidad de levantarse e irse”, cuenta la autora. Hay ese grado de intimidad física forzosa, viendo como el otro se sienta cada día en una lata a hacer sus necesidades. “Estar con el otro todo el rato, continuamente, en un espacio tan reducido —la balsa salvavidas y el bote inflable amarrados juntos—, sin posibilidad de dejar de verse un momento, es tremendo. Por otro lado, cuando te sientes más vulnerable, más te abres, y ambos saben que solo sobrevivirán si se ayudan y colaboran. Si no lo hacen, morirán”. Vistos con perspectiva, ¿fueron esos 118 días de 1972 los mejores de la pareja británica? “Al preguntarles años después, dicen que volverían a navegar juntos, y de hecho lo hicieron, a Patagonia, con más personas esa vez. El naufragio fue una experiencia tan extrema y extraordinaria, con cercanía a la muerte pero paradójicamente llena de vida (aunque sin sexo, no era un contexto favorable al deseo). Y cuando volvían la mirada allí, tras el lujo de haber sobrevivido, sí, podían juzgar que fueron momentos irrepetibles y de una increíble intensidad vital”, contesta la escritora.

Sorprende que Elmhirst no le saque más partido al choque con el cachalote, que parece puro Moby Dick, aunque en este caso el cetáceo, de 12 metros, muere al colisionar con el barco y producirle un gran agujero bajo la línea de flotación. “Podía haber hecho un montón de alusiones al libro de Melville y a la historia verdadera en que se basó, y a todo el gran canon de la literatura marinera, pero no quería escribir un libro así. Quería contar la historia de esa pareja en particular, esa única historia, huyendo de la tentación de irme por otros rumbos”. Las conexiones con Moby Dick son muchas; sin embargo, no solo porque fuera un cachalote el que hundiera el Auralyn como el Pequod, sino porque la empresa que construyó el velero de los Bailey fabricaba también ataúdes. “En fin, quizá Moby Dick ya ha tenido mucho tiempo el monopolio sobre las ballenas. En todo caso, no habría sido justo con Maurice y Maralyn hacer demasiadas alusiones literarias, ellos no eran muy de libros”.
De hecho, solo se llevan dos al bote: una biografía de Ricardo III y una guía práctica para circunnavegar el globo, el manual clásico Voyaging Under Sail, de Eric C. Hiscock. “No pensaban en ello, los seleccionó el azar: fueron los que no se habían mojado al caer de las estanterías del barco”. Prefirieron llevarse el sextante y las tablas náuticas. ¿Llevar más libros habría ayudado en su supervivencia? Por lo menos se habrían podido evadir el uno del otro. “Eran personas muy prácticas, no especialmente reflexivas; en su misma situación posiblemente otros más intelectuales habrían muerto. Con mi marido, que también es escritor, hablamos del asunto y llegamos a la conclusión de que nosotros hubiéramos durado una semana. Ellos pensaban en términos pragmáticos. Pensar en exceso paraliza”.

Elmhirst no tiene experiencia en navegar. “Así es, resulta curioso cuando se trata en buena medida de una historia de navegación. Pero a mí lo que me atrajo fue el matrimonio, la pareja, cómo hicieron frente a una amenaza a sus vidas tan grave. En realidad, la historia podía haber transcurrido igual en la montaña o en una cueva, dos personas que pasan una prueba”. No obstante, la autora ha hecho los deberes y la peripecia marítima está muy bien descrita. “Me documenté mucho y tengo amigos navegantes experimentados, pero he de decir que las cuestiones técnicas de la navegación no me dicen nada, aunque soy consciente de que el libro interesará mucho a los que navegan. La gente de la comunidad de la vela aún recuerda la historia”.

Es muy triste la matanza de tortugas —verdes, loras y bobas— que hacen los náufragos, y se las comen crudas y beben su sangre. “Bueno, eran las tortugas o ellos. Maurice era muy meticuloso arrancándoles el caparazón y extrayendo todo lo que podía servir de alimento”. ¿Ha probado la escritora la tortuga como parte de su labor de documentación? “¡No, ni se me pasó por la cabeza hacerlo! Sushi sí, pero nunca tortuga. A los Bailey no les gustaban y lamentaban mucho tener que matarlas y comérselas, pero no tenían opción. Así es la supervivencia, una paradoja, intentas seguir vivo y eso te deshumaniza. Capa a capa. La higiene, el aspecto”. Los pescadores coreanos que los encontraron se quedaron horrorizados y asqueados del estado de la pareja. “El bote era como un matadero apestoso y ellos se habían convertido en seres enfermos de apariencia salvaje y repulsiva”. En el libro se explica cómo la única manera de saber qué aspecto tenían era lo que le decía el otro de cómo estaba. “Sí, uno era el espejo del otro. Era terrible ver de qué forma tu pareja iba decayendo y apagándose con la falta de alimento, la sed, el sol, el agua, el roce y la suciedad. Envejecieron rápidamente. Una versión extrema y condensada de lo que la vida hace de todos nosotros poco a poco”.
Una de las cosas sorprendentes del caso es que ella, Maralyn, ¡no sabía nadar! “Sí, Maurice quiso que aprendiera antes de zarpar, pero no lo logró. Eso a veces pasa, que uno se embarca en aventuras para las que no está preparado. Como tener un hijo o escribir un libro”. Elmhirst se sorprende cuando se le dice que la mayoría de los marineros de la gran época de la navegación a vela tampoco sabían nadar y lo preferían, pues les parecía mejor ahogarse más rápido en unos tiempos en que, de caer al agua, no podías esperar mucho socorro.
Maurice se derrumba antes y es Maralyn la que consigue que resista. ¿Están las mujeres más preparadas para sobrevivir? “Así fue con ellos. No me enredo en grandes teorías de género, pero el propio Maurice reconoció que de haber ido con otro hombre en lugar de con Maralyn hubieran muerto, y que él solo no hubiera sobrevivido. Enfermó y casi enloquece, llegando a pensar que había una tercera persona a bordo. Las mujeres de esa época tenían mucha formación doméstica, organizar, remendar, controlar la despensa. Psicológicamente, también ella estaba mejor equipada para la situación, pensando al día, sin desesperar, decía: ‘En caso de duda, haz cosas’; confeccionaba inventarios y listas, hizo unos naipes para jugar a las cartas. Él, con su orgullo y su sensación de fracaso, más masculinos, tenía menos recursos”.




