Fue el primer tratado científico (ampelográfico) de la vid escrito en el país; se publicó en 1911
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Cuando Leopoldo Suárez publicó su Contribución a los estudios ampelográficos en la provincia de Mendoza la fisonomía de la industria del vino argentina era muy distinta a la que, 125 años después, recibe la reedición de esta obra fundacional de nuestra vitivinicultura. Entonces, hacía solo 35 años que la llegada del ferrocarril a esa provincia comenzaba a abrir el camino para el desarrollo de una industria en torno al fruto de la vid y muchos de los apellidos que hoy dan nombre a grandes bodegas eran desconocidos.

Lo cierto es que el libro marcó un antes y después en la ciencia en torno a la vitivinicultura argentina. “Si bien tiene el nombre de ampelografía (una rama de la ciencia que se basa en la observación y descripción de las hojas y los racimos de la vid) en realidad este libro es mucho más amplio, porque habla del vino, del terruño, de la industria”, cuenta Juanfa Suárez, bisnieto de Leopoldo y coeditor junto a Cecilia Durán de la reedición de esta obra de la que quedaban muy pocos ejemplares originales en circulación.
Enólogo e investigador
Enólogo y viticultor mendocino, entre 1910 y 1914 Leopoldo Suárez dirigió la Escuela Nacional de Vitivinicultura, la misma de la que egresó años antes y que era la institución sucesora de la Quinta Agronómica fundada por Sarmiento en Mendoza. Durante su gestión, Suárez trajo de Italia unas 800 variedades de vid pertenecientes a una de las colecciones más importantes de la época: la del Conde Giuseppe di Rovasenda, que entonces reunía 3666 variedades. Parte de la colección traída por Suárez aún hoy se conserva en la Estación Experimental Agropecuaria Mendoza (INTA).

En el prólogo a la reedición de su obra, se destaca el valor pionero de la obra: “anticipa el enfoque moderno de adaptación e interacción de la variedades con el ambiente”.
Los capítulos del libro dan cuenta refieren específicamente a cada una de las variedades estudiadas por Suárez. La que aparece primero no es otra que nuestra variedad insignia, el Malbec, aunque aparece con una de sus antiguas denominaciones: “Malbeck”. Y concluye con un apartado sobre las “Uvas Criollas”, hoy tan de moda.
1Descubrió yacimientos de petróleo, pero se enamoró de Mendoza y creó su propia bodega
2Remodeló un local en ruinas y lo transformó en un símbolo de la noche porteña
3Dejó una multinacional y apostó a una transformación profunda: “El éxito no debe ser a expensas del agotamiento”
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