
En el kilómetro 44 de la Panamericana, Ingeniero Maschwitz ofrece alta cocina, arquitectura reciclada, galerías de arte, paseos aéreos de aventura y una arraigada conciencia ecológica
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De aquel apacible pueblo de calles de tierra, sombras anchas y siestas interminables a este vibrante polo gastronómico y cultural de vanguardia, la transformación de Ingeniero Maschwitz no fue producto de la casualidad, sino del impulso orgánico de sus propios vecinos y nuevos pobladores. La movida inicial comenzó a gestarse alrededor del Paseo Mendoza, una emblemática galería a cielo abierto construida íntegramente en madera, vidrios de recuperación y chapas acanaladas.

Entre patios empedrados y galerías abiertas por donde asoman y crecen árboles frondosos que recrean la sensación de estar en medio de un bosque nativo, en esta localidad del partido de Escobar se respira la frescura del campo, los aromas húmedos de la tierra y los bálsamos inconfundibles de la madera canteada.
“Promediaban los años 90 cuando unas pocas familias jóvenes que buscaban alejarse del vértigo y el cemento de la Capital Federal decidieron mudarse a esta zona. Ellos fueron los pioneros que abrieron los primeros locales artísticos sobre la calle Mendoza: pequeños talleres de pintura, espacios de tejido, talleres de alfarería o espectáculos de música acústica al aire libre. Enseguida comenzaron a abrir los primeros bares con mística bohemia, las casas de té atendidas por sus propios dueños y algunos restaurantes al paso que allanaron el camino para la llegada posterior de proyectos gastronómicos de mayor envergadura”, explica Sebastián Cabral, guía de turismo de la agencia Buenos Viajes Quiero y un apasionado vecino de la zona. También advierte que, para aquellos que deseen visitarlo, los sábados es más calmo que los domingos.
Polo gastronómico
Ubicada estratégicamente como un punto de paso e interacción directa hacia distintos barrios cerrados y urbanizaciones de la zona, a partir de la crisis de 2001, Maschwitz comenzó a instalarse con fuerza como un nuevo polo gastronómico, ecológico y cultural de referencia en el corredor norte bonaerense.
Donde antes solo había caminos de tierra y polvo, hoy hay asfalto y paseos peatonales. Donde décadas atrás funcionaban apenas un par de restaurantes tradicionales sobre la colectora de la ruta, hoy se levantan tres grandes complejos y paseos comerciales a cielo abierto que albergan bares de cerveza artesanal, bistrós de autor, cantinas italianas de pasta casera, delis vegetarianos, parrillas gourmet, barras de sushi club, pubs irlandeses, boutiques de decoración y anticuarios. Todo este entramado de ofertas se concentra en el eje conformado por el shopping de diseño Quo Container Center, el clásico Paseo Mendoza y el emblemático Mercado de Maschwitz.
“El sector geográfico donde hoy se ubica la ciudad originalmente eran médanos de arena e islotes de vegetación. Con la llegada del ferrocarril de Buenos Aires a Rosario, en el entorno de la estación comenzaron a afincarse los primeros pobladores y comerciantes. En 1910 se inauguraba formalmente esta estación que hoy lleva su nombre, y que con el tiempo terminó dándole denominación a todo el pueblo”, repasa Cabral durante el recorrido.
Al ingresar por la arteria principal, la calle Mendoza (ruta provincial 26), el visitante se sumerge de lleno en un circuito gastronómico y de diseño que concentra en apenas cinco cuadras una variedad impresionante de propuestas conceptuales.
El Paseo Mendoza
El Paseo Mendoza despliega locales gastronómicos de diversa escala, desde cocina de autor peruana y mexicana hasta tradicionales parrillas argentinas, trattorias con hornos a leña, locales de comida vegetariana y orgánica, hamburgueserías gourmet, experiencias de restaurantes a puertas cerradas y puestos de cocina de Medio Oriente. En las callejuelas interiores se albergan también anticuarios, locales de indumentaria, pequeñas salas de teatro, talleres de cerámica y escenarios al aire libre. Todo el conjunto mantiene un hilo conductor claro: la construcción sustentable y la integración armónica con la vegetación existente.

A apenas 50 metros del Paseo Mendoza se accede al Mercado de Maschwitz, un paseo inaugurado en 2012 que no tardó en convertirse en el verdadero epicentro social de la localidad. Inspirado en la arquitectura pintoresca de los antiguos conventillos de La Boca, pero atravesado por una marcada estética campestre, el mercado se presenta como un paseo de compras y gastronomía distribuido en dos plantas. Su encanto reside en la reutilización sistemática de materiales de demolición: antiguos vitreaux, puertas y ventanas de madera recuperada, objetos vintage, carteles de chapa enlozada, herrajes de época y pisos restaurados.
Mientras en la planta baja predominan los bistrós, los bares de tragos de autor, las cafeterías especializadas y las tiendas de especias o productos orgánicos a granel, la planta alta está reservada para el deleite de los amantes del coleccionismo. Allí funcionan galerías de arte y casas de antigüedades donde es posible encontrar desde muebles de campo de madera maciza, arañas de bronce y viejas lámparas de kerosén, hasta vajilla antigua de porcelana, cristalería de época, cartelería retro y piezas de diseño escandinavo. La oferta se completa con artesanías textiles seleccionadas, como mantas del norte argentino tejidas a telar, tapices y saris importados de la India.

Quo Container Center, con contenedores marítimos
Continuando el recorrido sobre la misma calle Mendoza, emerge la imponente estructura del Quo Container Center, el primer centro comercial de la Argentina construido íntegramente a partir de elementos del transporte marítimo. Diseñado con 57 contenedores de carga en desuso de 12 metros de largo cada uno, el espacio se distribuye en tres niveles que albergan oficinas, locales de indumentaria, estudios de arquitectura, peluquerías, galerías de arte y tiendas de diseño sustentable.
El Quo Center fortaleció la impronta ecológica del pueblo al incorporar tecnología de vanguardia para la eficiencia energética: paneles solares para el abastecimiento de electricidad, sistemas de iluminación LED de muy bajo consumo, cubiertas verdes con vegetación en los techos de los contenedores para mejorar el aislamiento térmico y plantas de tratamiento de agua. El proceso de acondicionamiento de los recipientes metálicos implicó un complejo trabajo de ingeniería que incluyó aislación térmica ecológica, revestimientos decorativos en maderas recicladas y amplios ventanales para aprovechar la luz natural.
Salidas en familia
A esta consolidada propuesta de gastronomía y arquitectura sustentable se le sumó en los últimos años un importante polo de recreación y turismo activo pensado para el público familiar sobre la misma calle Mendoza, en su intersección con la calle Independencia.
Allí funciona la Granja Educativa Don Benito, un predio municipal diseñado para que los niños y familias puedan interactuar con animales de granja. Anexo a la granja se encuentra el Parque Aéreo de Aventura, con puentes colgantes interconectados entre las copas de los árboles, tirolesas de diferentes alturas y circuitos con arneses de seguridad. Esta incorporación diversificó significativamente el perfil del visitante de Maschwitz, permitiendo combinar una mañana de aventura al aire libre con un almuerzo gourmet en los paseos de diseño.

City tour
Más allá de la efervescencia comercial de la calle Mendoza, la recomendación es reservar la última parte de la jornada para visitar el casco histórico de la ciudad, donde aún subsiste el pulso tranquilo del antiguo pueblo ferroviario.
El recorrido comienza en la centenaria Estación Maschwitz del Ferrocarril Mitre, cuyo edificio de arquitectura inglesa conserva las estructuras originales de principios del siglo XX. En los terrenos linderos se extiende el Predio Papa Francisco (sobre la calle El Dorado), un amplio espacio verde recuperado, sede habitual de festivales culturales, kermesses tradicionales y ferias gastronómicas itinerantes.
Desde la estación, caminando unas diez cuadras a lo largo de la arbolada calle Villanueva, se llega a la plaza principal del pueblo. Este trayecto permite apreciar antiguas casonas de estilo anglosajón construidas a fines del siglo XIX y principios del XX para albergar a los jefes y técnicos británicos del ferrocarril, estructuras que en la actualidad han sido reconvertidas en colegios privados, ateliers de artistas o residencias particulares de alto valor patrimonial.
Frente a la plaza principal se levanta la Iglesia Parroquial San Antonio de Padua, un templo de líneas sencillas inaugurado en 1912. Sin embargo, una de las mayores curiosidades de la plaza se encuentra en una de sus esquinas: la célebre bibliocabina. Se trata de una auténtica caseta telefónica roja de origen británico que fue rescatada del olvido, restaurada y transformada en una biblioteca popular y comunitaria de libre acceso. Basta con cruzar a la heladería ubicada justo enfrente, solicitar la llave de la cabina, abrir la puerta de vidrio y retirar un libro en préstamo bajo el compromiso de honor de devolverlo o dejar otro a cambio en la próxima visita a Ingeniero Maschwitz.
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