
Desde la fundación CreerHacer, el gerente de la felicidad y cultura ofrece talleres de inteligencia emocional, liderazgo y resiliencia
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Criado en el Bajo Boulogne, la infancia de Daniel Cerezo estuvo marcada por las carencias materiales y la temprana pérdida de su padre cuando era apenas un niño. Sin embargo, su vida tuvo un punto de inflexión al cruzar la puerta de un centro cultural comunitario. Allí, entre partituras, descubrió la música, pero sobre todo un universo de herramientas emocionales que transformaron su forma de habitar el mundo.
“Ese Daniel de 9 años encontró un espacio en el que podía expresarse y ser escuchado. Creo que el acto de amor más grande fue el de Lili, mi profe de música: vino a enseñarme Piazzolla y Beethoven, pero se aprendió canciones de La Bomba Tucumana, Mario Luis y Damas Gratis para que yo pudiera tocar eso que escuchaba en el barrio. Ella se dio la posibilidad de aprender algo nuevo y a mí la posibilidad de creer que era capaz”, recuerda Cerezo el gesto de aquella maestra que cambió el rumbo de su vida y marcó su mirada sobre la inclusión.
“La caridad parte de mirar al otro desde lo que le falta, de la superioridad de ‘pobre, no tiene, hay que darle’ y esto genera una brecha enorme que rompe la confianza. Por eso hay que cambiar dar por compartir. Dar es de arriba hacia abajo. Compartir es entre iguales, como Lili hizo conmigo; ella veía más cosas en mí de las que yo creía, aprendimos juntos”.
Con los años, Cerezo se convirtió en un referente de la transformación social y en el primer “gerente de felicidad y cultura” del país en la empresa de alpargatas Páez, un hito que desafió los paradigmas corporativos tradicionales al poner el foco en el bienestar de los colaboradores. La propuesta surgió tras una conversación con el responsable de la firma: “Me propuso hacerme cargo de recursos humanos y ser el gerente de felicidad de su empresa. Busqué trabajar el reconocimiento de las personas, la pertenencia de los colaboradores. Cosas muy concretas: unificamos los comedores, nos ocupamos de que la gente tuviera oportunidades reales a través del trabajo. Acciones que tienen que ver con el respeto: conocerlos, llamarlos por su nombre. Trabajar la cultura organizacional, algo que en esa época, del 2010 al 2015, casi nadie hacía”.
Con esa misma filosofía, Cerezo fundó años más tarde CreerHacer, una empresa social “que opera con el alma de una fundación y la estructura de una organización transformadora”, concebida con el propósito de tender puentes sólidos y de doble vía entre el mundo corporativo y los barrios vulnerables.

“Estamos muy alineados con los nuevos modelos de empresas, que no solo buscan rentabilidad, sino impacto social. ¿Cómo nos sostenemos? Somos una consultora que brinda servicios a empresas, a gobiernos y a organizaciones civiles. Ellos ven el valor agregado de lo que hacemos y nos contratan, y con eso financiamos otros programas. La idea de fondo es siempre la misma: que todos puedan mejorar su calidad de vida”, cuenta.
El núcleo operativo de la organización se centra en el dictado de talleres de inteligencia emocional, liderazgo, comunicación asertiva y resiliencia, dirigidos especialmente a personas que habitan en asentamientos y contextos críticos. A través de estos espacios, Cerezo y su equipo trabajan puntualmente sobre una marca invisible de la marginalidad: el autoconcepto de exclusión. El objetivo no es solo brindar herramientas técnicas, sino lograr que la persona se autoperciba como un verdadero agente de cambio capaz de liderar su vida y transformar su entorno.
“La primera barrera es la desconfianza. Vos llegás hablando de inteligencia emocional o de liderazgo y la gente te mira como diciendo ‘¿de qué me estás hablando si no tengo para comer, no tengo trabajo?’. Ahí lo que funciona es contar tu propia historia. Cuando yo cuento de dónde vengo, se abre algo. Porque no es un lujo pensar en lo emocional o en cómo liderar tu propio proyecto de vida, es una herramienta real. La clave es llevarlo a lo cotidiano”, subraya.
Para lograrlo, la metodología requiere un trabajo territorial constante supervisado por las gestoras que se formaron en CreerHacer. Muchas de ellas son del propio barrio donde trabajan y conocen esa realidad de primera mano. Ese caminar las calles ayuda a que se genere la confianza. “Hace 15 años que trabajamos con las comunidades y vemos cómo hacen cosas increíbles: el potencial de algunas personas para mejorar, las ganas de salir adelante”, sigue Cerezo, para quien el bienestar genuino está asociado al desarrollo y fortalecimiento de los vínculos humanos, el sentido de comunidad y el propósito de vida.
Hoy, a través de CreerHacer, Cerezo enseña en las grandes corporaciones que los barrios populares no solo tienen necesidades, sino también un enorme capital de resiliencia, creatividad y valores comunitarios del cual el sector empresarial tiene mucho que aprender. “No es solo el barrio el que tiene que aprender de la empresa. Al revés también. En el barrio yo vi una solidaridad, un ‘te presto lo que tengo aunque sea poco’, que en muchas empresas no existe. Un equipo que aprende a ser solidario es altamente productivo. Por eso damos talleres de empatía, solidaridad y confianza que mejoran el clima laboral, la producción y la relación entre jefe y colaborador”, concluye.
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