
El consultor financiero sostiene que el vínculo con el dinero se gesta en la infancia y que hay que entenderlo como energía que circula para que deje de generar ansiedad
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Un río nunca discute con la orilla. Cuando encuentra una piedra, no la desafía: la rodea, cede por un lado, gana por otro y sigue. El agua que se empeña en avanzar en línea recta contra un obstáculo se estanca; la que fluye, tarde o temprano llega al mar. Ezequiel Starobinsky lleva más de veinte años mirando cómo la gente se relaciona con su capital, y llegó a una conclusión parecida a la del río: quien pelea contra el dinero, acumulándolo por miedo, gastándolo por ansiedad o evitándolo por culpa, no progresa. Quien aprende a fluir llega más lejos.
Economista, consultor financiero y autor de varios libros sobre el vínculo entre las finanzas personales y las emociones, Starobinsky publicó recientemente Fluí con el dinero, donde plantea que detrás de cada decisión financiera hay una historia familiar, una memoria de infancia, un patrón heredado que rara vez se pone en palabras.
–Sos economista, pero tu último libro habla de emociones. ¿Cuándo te diste cuenta de que el dinero no era solo un tema de números?
–Toda mi carrera trabajé en finanzas, en empresas y con clientes, tomando decisiones de dinero. Y con los años fui viendo que las emociones pesan tanto o más que lo técnico: una persona ambiciosa toma un riesgo que no vale la pena solo por ambición; otra, muy miedosa, se paraliza frente a una oportunidad obvia. Lo vi en pequeños inversores y también en profesionales que manejan carteras enormes: el ego siempre entra en juego. La psicología de cada uno impregna hasta las decisiones financieras más frías.
–¿Cómo era tu relación con el dinero de chico? ¿Qué mensajes escuchaste en tu casa sobre ganar, gastar o ahorrar?
–Mis padres eran muy trabajadores y de chico me dieron una mensualidad que yo tenía que administrar: si se acababa, no había vuelta atrás, y eso enseña a manejarse. A los 13 empecé a ayudar a mi papá, que era agrimensor y me pagaba por hora. Ganar da libertad, y el esfuerzo para conseguirlo importa: cuando todo viene regalado, se tiende a subvalorarlo. Ganarse el propio sustento da una seguridad que nadie te puede quitar; lo contrario, a la larga, puede volverse un problema de personalidad.

–El título de tu último libro habla de fluir. ¿Qué significa hacerlo con el dinero, a diferencia de controlarlo o acumularlo?
–Habla de un equilibrio integral: abordar las finanzas con inteligencia emocional y también técnica. La emocional es no obsesionarse ni acumular por miedo, pero tampoco gastar compulsivamente por estatus. La plata no es buena ni mala en sí misma: lo que la hace buena o mala es cómo se consigue y el uso que se le da. La técnica es tener presupuesto, ahorrar e invertir con cabeza. Cuando las dos van juntas, ahí está el mejor de los mundos posibles: eso es fluir con el dinero.
–Decís que el vínculo con el dinero se arma mucho antes de aprender a sumar y restar. ¿Cómo se forma ese mapa interno en la infancia?
–Los chicos absorben los paradigmas de sus padres: a veces los repetimos, a veces hacemos exactamente lo contrario. Mucha gente vivió carencia de chica y hoy, aunque le va bien, sigue con el reflejo del miedo a que falte. Tenemos memorias heredadas, hasta de bisabuelos que escaparon de guerras, y eso queda grabado. Lo que busco en el libro es poner luz sobre lo que repetimos sin darnos cuenta, para volver a elegir: qué conservar y qué dejar atrás, desde la conciencia y no desde el automatismo.
–Describís distintos perfiles frente al dinero: miedosos, despilfarradores, ambiciosos, obsesivos. ¿Cómo identifica alguien cuál es el suyo?
–Hay de todo: quien ahorra como si fuera a vivir mil años, quien gasta como si se fuera a morir mañana, los obsesivos del control. En el fondo, uno sabe si el Excel le quita calidad de vida, si vive endeudado por sostener un estatus que no puede pagar, o si pasa el día preocupado pensando que algo le va a faltar. La señal de alarma no es tener un perfil: es cuando ese vínculo con la plata te saca del presente y te mete en una emoción disfuncional. Ahí conviene parar la pelota y observarse.
–¿Se puede cambiar de perfil o son tendencias que nos acompañan toda la vida?
–Verse a uno mismo es difícil, por eso ayuda mirarse a través de otro: un psicólogo, un asesor, un amigo de confianza. Cuando uno está atrapado en un patrón, lo más difícil es justamente darse cuenta, porque estar atrapado es no verlo. Ahí es donde la mirada externa, el feedback, hace la diferencia.
–¿Cuáles son las creencias limitantes más comunes que ves en tu trabajo de consultoría?
–Yo separo dos grupos: las creencias limitantes, como no creerse suficiente o pensar que siempre va a faltar, lo que ata a vínculos o trabajos que no sirven; y los sesgos cognitivos, trampas mentales como el sesgo de confirmación o el efecto ancla, que nos hacen decidir en contra de la lógica, incluso a los profesionales. Las creencias se trabajan con autoobservación y ayuda. Los sesgos los tenemos todos: conviene conocerlos y estar atento a la hora de tomar cualquier decisión económica.

–¿Hay diferencias entre cómo se vinculan con el dinero quienes crecieron con escasez y quienes lo hicieron con abundancia?
–Crecer con una creencia de abundancia y confianza ayuda mucho: saber que si uno se esmera y equilibra disfrute y ahorro, va a llegar a buen puerto. Como es adentro, es afuera, y el miedo o la sensación de carencia adentro juegan en contra, más allá de la plata real que uno tenga. Conozco gente con mucho dinero que vive angustiada por la plata y gente con mucho menos que disfruta tranquila. Por eso hay que cuidar el estado mental antes que la cifra en la cuenta y sostener buenas decisiones en el tiempo.
–¿Ganar más plata resuelve la ansiedad financiera o el problema suele estar en otro lado?
–Lo subjetivo pesa más que lo objetivo: hay quien asocia la plata al poder, al estatus, a una promesa de felicidad. Yo la entiendo como un medio, un vehículo que da libertad, no como un fin en sí mismo. Si uno la vive como una finalidad y la vida se trata de tener siempre más, la ansiedad no se va nunca: el que tiene dos quiere cinco, el que tiene cien quiere mil. Entenderla como una energía que va y viene, que conviene ahorrar e invertir con inteligencia, es lo que realmente baja la ansiedad.
–¿Qué rol juega la culpa en la relación con el dinero, sobre todo a la hora de gastar o de disfrutar de lo ganado?
–La culpa no es un sentimiento positivo: es una emoción disfuncional que viene de la infancia y de la cultura. Cuando alguien gasta con culpa, primero me pregunto si ese gasto es proporcional a su patrimonio. Si la plata se ganó en buena ley y con esfuerzo propio, hay que poder disfrutarla sin culpa: el verdadero dinero de uno es el que se gastó, porque ese nadie te lo puede sacar. La culpa tiene sentido cuando uno gasta lo que no tiene o lo que no consiguió honestamente; el resto es un patrón del que conviene salir.
–Vivimos en un país con inflación crónica y cambios de reglas permanentes. ¿Cómo afecta esa inestabilidad a nuestra salud emocional en relación con el dinero?
–La historia macroeconómica argentina, con sus crisis y cambios de reglas, afecta muchísimo nuestra salud financiera emocional. El reflejo típico es polarizarse: correr al banco, tener miedo a invertir. Pero no invertir también tiene un costo, porque los ahorros se licúan, sean pesos o dólares. El que se quemó en el Corralito de 2001 y no volvió a invertir nunca más perdió, en veinticinco años, mucho más de lo que hubiera perdido en otra crisis. El acto reflejo de salir corriendo a la primera señal de alarma casi nunca se justifica.
–¿Qué ejercicios concretos proponés para empezar a modificar la relación con el dinero?
–Todo empieza por el autoconocimiento: entender el perfil de uno con la plata y si está atrapado en algún patrón. Después viene lo técnico: presupuesto, mejorar los ingresos, reducir gastos sin sacrificar calidad de vida y ahorrar de forma sostenida mientras se está en la etapa productiva de la vida. Invertir esos excedentes con inteligencia es clave para que no pierdan poder adquisitivo. Muchas pequeñas monedas hacen una gran fortuna: son las pequeñas buenas decisiones, sostenidas en el tiempo, las que llevan a fluir saludablemente con el dinero.
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