Reflexionar sobre las implicancias del duro “bancar” sin pasar rápido a las recetas, los consuelos y frases hechas
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A veces no hay solución ni consuelo, no es posible esquivar el golpe ni disimular la caída o el desgarro. En esos casos… hay que bancársela. La idea de que hay solución para todo vende, pero no se cumple en lo real, y, en los hechos, lo más parecido a una solución que podemos conseguir muchas veces es eso que acabamos de señalar: bancársela y, si se puede, seguir el camino, aunque sea a los tumbos.
Hay situaciones que son inapelables y no tienen remedio. Es verdad que, tras sufrir dichas circunstancias, la vida continúa y, luego de un tiempo, las heridas sanan, aunque las cicatrices quedan.
También es verdad que luego del primer impacto viene bien encontrarle un sentido a lo vivido y, desde ahí, continuar. Pero no olvidemos que un golpe es un golpe, un dolor duele, un derrumbe acongoja y en esos momentos las cosas son lo que son, sin anestesia ni sentido.
Cuando algo malo pasa, como ese tipo de situaciones que los profesionales llaman “trauma” y que tiene la forma de un accidente, una muerte, un despido, un abandono, una traición o lo que sea que ocurra de manera arrasadora y superando toda defensa, se pone en juego algo de la “madera” de lo que cada uno está hecho. Como decíamos, cuando llega el golpe, las palabras quedan suspendidas, la crudeza de los hechos gana la escena y… hay que bancársela.

El “después” del asunto es otra cosa. Allí sirven a veces las frases bienintencionadas, la familia y los amigos, la valentía (virtud hoy olvidada), los libros de autoayuda y hasta el olvido.
Pero hoy toca reflexionar sobre las implicancias del duro “bancar” y hacer doble clic en ese momento, sin pasar rápido a las recetas, los consuelos prematuros, los eufemismos y las frases hechas.
Es verdad que son comprensibles las defensas, a veces torpes, ante el impacto o el dolor que arrasa y aparece sin pedir permiso. Estas defensas a veces tienden a minimizar lo ocurrido, o a pasar rápido a la búsqueda de un sentido espiritual a eso que hoy golpea. No criticamos eso, solamente proponemos darle un tiempo y un lugar a la crudeza de lo real, antes de incursionar en consuelos que apunten a disminuir o inclusive negar el daño.
Vemos un exceso de pseudofragilidad en muchas personas muy poco propensas a bancar lo que haya que bancarse. De hecho, se habla de generaciones “de cristal”, aunque corremos el riesgo de ser gratuitamente crueles con quienes viven un presente en el que no tuvieron que poner a prueba su valentía o capacidad de atravesar sacudones duros.
Los golpes son un elemento constitutivo de nuestra condición, no un agregado que entró al ruedo sin pagar boleto. Por algo tenemos capacidad de cicatrizar las heridas: ya se sabía de antemano que nacer implica, sin dudas, lastimarse alguna vez, golpes de la vida mediante. Estamos diseñados para bancarnos muchas cosas, que van desde lo físico a lo anímico, y es bueno tener presente esta realidad acerca de nuestros recursos.
Para apelar a escenarios no tan dramáticos que den cuenta de lo que queremos decir, traemos un ejemplo más cotidiano: ¿Cuándo hay que hacerle upa a un chico de pocos años que está jugando en la plaza o en una canchita de fútbol y se golpea la rodilla al caer? ¿Cuándo hay que decirle: “bueno, bancátela un poco, no pasa nada grave”?
No hablamos de heridas graves, sino de situaciones en las que la tolerancia al dolor tiene más elementos de orden anímico que estrictamente físicos.

La respuesta no es universal, pero acá optamos por la idea de no eliminar del mazo a la carta del “bancátela un poco, hijo, que ya pasa el dolor”. Esa carta, llegado el caso, puede ayudar a madurar en la tolerancia a la frustración y al dolor, generando un fortalecimiento que suma recursos para afrontar la vida con toda su crudeza. Sabiamente complementada con la empatía y el respeto por el sentir del chico, o con la noción de que hay cosas (como la injusticia, por ejemplo) en las que un bancar claudicante puede ser contraproducente, la apelación al “bancátela” es un buen recurso.
Sin hablar de un estoicismo cruel, digamos, sin embargo, que la posibilidad de bancársela tiene un elemento dignificante que hay que tener muy en cuenta. Quizás esto tenga que ver con la idea de valentía que mencionamos anteriormente.
Nuestra especie no es de cristal. En tal sentido, nos hemos bancado muchas, y lo seguimos haciendo. Hoy se habla de resiliencia, un término muy pariente del “bancar” al que nos referimos. Tomar conciencia de la propia fortaleza permite ganarle terreno al miedo producto de la falsa idea de que no se puede soportar algo, cuando en realidad sí se puede.
Con menos miedo tenemos más libertad. Por eso, vale saber bancar el golpe y el silencio del dolor, que en ese momento puntual damos raíz a esa valentía que tanto sirve para el camino, sobre todo en tiempos difíciles que nos ponen a prueba.
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