Más allá de su particular magnetismo, CARLOS GARDEL -de cuya muerte se cumplen mañana 64 años- fue poseedor de VIRTUDES vocales que los médicos aún no llegan a explicarse. Poseía una IMPOSTACION y afinación naturales, por lo que era capaz de CANTAR horas sin cansarse. Esa condición la ostenta el UNO POR MIL de los que estudian canto clásico o de cámara. Y hasta fue muy BUEN AMIGO de Finochietto.
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Se lo llamó jilguero y también zorzal. Parecía que en el mundo no cabía una voz humana como la suya. Edmundo Rivero escribió que -además de existir similitudes entre nuestra laringe y la siringe de los pájaros- "las aves son emotivas como los hombres, se alegran o entristecen románticamente igual que ellos" y que esa voz "expresiva, tierna, extensa, musical y sensible" fue la de un creador que, en los pasajes más dramáticos de sus tangos hasta pudo darse el lujo de "controlar el desborde sentimental, atenuando la voz en lugar de elevarla, lo que transmitía al oyente una suerte de reserva, de pudor en la expresión, tan grata al espíritu porteño".
Una voz particular
Cuando el genial Enrico Caruso lo escuchó cantar en 1915 no pudo menos que calificar de "magnífica, la bella voce del morettino". Del tenor italiano más importante de todos los tiempos, un crítico había dicho: "Parecería que las cuerdas vocales, más que en la laringe, estuvieran situadas en el músculo cardíaco".
Algo similar ocurría con el Zorzal Criollo, sobre cuya voz "no contamos con trabajos médicos específicos, pero sabemos que -además del carácter forjador de nuestra identidad cultural- marcó un hito por la calidad de sus matices tonales y por el timbre que tenía", opina el doctor Raúl Alberto March, médico, escritor y autor de Gardel y la magia de su canto y Gardel, por qué cada día canta mejor . Según March, "las virtudes vocales no eran fundamentalmente ni la intensidad ni una gran extensión tonal. Su aceptable amplitud abarcaba dieciséis notas del piano, lo cual puede considerarse normal". La característica distintiva fue la unión de "lo fisiológico-psicológico" y "lo anímico-artístico" por su "dramatismo convincente para decir lo cantado con sentimiento creativo".
De todos modos, algunos maestros de canto como Eduardo Bonessi destacaron atributos fisiológicos: "Tenía un registro de barítono brillante, jamás desafinaba (...) y estaba dotado de un instrumento en la garganta". Para el profesor de canto coral Rodolfo Kubik "tenía una condición excepcional, pues poseía impostación natural, y aunque cantase muchas horas seguidas su sonoridad conservaba su brillantez. Esta virtud la ostenta sólo el uno por mil de los que estudian canto musical para cantante de ópera o cámara".
Pero a pesar de su talento natural para modular cualquier acorde, el Morocho del Abasto "se cuidaba la voz, ejercitaba todos los días y tenía maestro de canto. Además era muy autocrítico: Melodía de arrabal la grabó 31 veces, hasta que estuvo convencido de que no había errores en la interpretación", dice March.
Y también a pesar de eso, Carlitos tuvo que enfrentarse mano a mano con dificultades propias del común de los mortales: un documento que guarda la Academia Porteña del Lunfardo cuenta que -según se leyó en los diarios de la época- "el 13, 14 y 15 de julio de 1929 Gardel se vio obligado a suspender sus audiciones en el Suipacha debido a una ligera afonía".
El mito
Como muchos grandes cantantes de ópera, pronunciaba la N insinuando una R porque "cuando el grupo es nasal (N) seguido de oclusivas (N-D ; N-T y N-P), se deben pronunciar con el mismo punto de articulación", dice Rivero, ya que de otro modo "la N se apoya en la nariz y sabiendo que en el canto elevado esto es antiestético y reprochado" Gardel empleó estos adornos vocales en el tango. Pero más allá de los aspectos fisiológicos, es innegable que existen consideraciones psicodinámicas en torno de la voz "que le otorgan un plus simbólico y permiten que su valor trascienda como mero hecho físico. La voz tiene un importante lugar en la constitución del psiquismo de los seres humanos y, en el caso de Gardel, adquiere una significación especial como producto de su imagen mítica. Seduce porque genera una ilusión en torno del tema de nuestra identidad, que atraviesa las barreras del tiempo y logra aunarnos más allá de nuestras diferencias como activos oyentes partícipes de su arte", dice el doctor Sergio Griselli, médico psiquiatra del hospital Rivadavia, coordinador del Area Clínica del Instituto de Posgrado de APSA y jefe de trabajos prácticos de la Cátedra de Psicofarmacología de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
Para el especialista, "su voz es un icono de nuestra identidad como pueblo no sólo porque a través de sus tangos reproduce situaciones prototípicas de las relaciones vinculares, sino porque además transmite emociones que trascienden las épocas y fundan nuestra pertenencia a una cultura".
Es cierto: nació "con una lágrima en la garganta". Pero el hombre cuya vida se fue como un soplo el 24 de junio de 1935 fue mucho más que eso. "Todos los cantantes, para llegar a la altura de Gardel, tienen que comer mucha galleta", dijo Angel Domingo Riverol, lejos de explicaciones científicas. El Morocho del Abasto, con cuerdas vocales privilegiadas y talento en los genes fue un artista que, en definitiva, cantaba con la voz, con la mirada y con la pinta. Artista de un arte que todavía puede curar febriles heridas y nutrir saludablemente los corazones.
Su amigo, el doctor
Ambos fueron admirados en todo el mundo. Uno, por su voz y su talento artístico. El otro, por ser un artista del bisturí, un renovador en las técnicas quirúrgicas, un científico ejemplar.
Disciípulo directo de Ricardo Finochietto, el doctor Alberto González Varela recuerda que su maestro "era tanguero y después de trabajar muchas horas al día solía ir a cenar al Chantecler, donde veía a Gardel. Aunque era reservado, yo lo escuché decir -en el pabellón 9 del hospital Rawson- que estuvo con Gardel en París y también que fue cirujano de la Rubia Mireya, porque Finochietto ayudaba a todos los pacientes, aunque no tuvieran dinero o vinieran de los suburbios".
Por su parte, el doctor Alejandro Chikiar, médico cirujano Jefe de Unidad del Hospital Pirovano, cita a su maestro Jorge Viaggio (también discípulo de Finochietto): "Cuando el notable cirujano viaja a Francia a recibir la Medalla de Oro de Oficial de la Legión de Honor, introduce al Morocho del Abasto en el mundo cultural de la Ciudad Luz".
En la biografía sobre Gardel escrita por Simon Collier hay referencias de que "el viaje fue divertido. Dos famosos médicos argentinos, Eduardo Martino y Enrique Finochietto (el Buen amigo del tango que escribiría Julio de Caro...), se reunieron con los actores y cantantes, nuevos amigos en la ya atestada galería de Gardel".




