
Las situaciones de conflicto bélico provocan catástrofes sanitarias de todo tipo, que afectan tanto el organismo como la psiquis de los sobrevivientes
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Tenía el cuerpo hinchado, la ropa colgando y agua cayéndole desde los hombros. Cuando pude acercarme, comprobé que esas gotas eran sangre y que los trozos de vestimenta no eran otra cosa que su propia piel. No podía distinguir si delante mío tenía un hombre o una mujer, un soldado o un civil.
Dr. Shuntaro Hida. Hiroshima, 1945
Las bombas atómicas lanzadas el 6 y el 9 de agosto de 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki no sólo dejaron un saldo instantáneo de 120.000 muertos. Pasado mañana habrá gente que recordará el horror en primera persona, pues -con o sin bombas- los conflictos bélicos siempre dejan marcas en el cuerpo y la psiquis. Por otra parte, mientras se desarrollan son el escenario propicio para la diseminación de todo tipo de enfermedades, tal como pudo comprobarse estos últimos meses en la guerra de los Balcanes.
Males cotidianos
No hay agua potable, ni medicamentos, ni vacunas. Faltan alimentos. En cualquier pueblo devastado por la guerra o en un campo de refugiados, esta situación se traduce en la aparición de patologías infecciosas, enfermedades respiratorias y muchas otras que en condiciones normales podrían evitarse o tratarse a tiempo. Según la organización Médicos sin Fronteras, las más comunes son sarampión, diarrea, cólera, neumonías, meningitis, tuberculosis y todos los problemas derivados de la nutrición insuficiente. En este contexto, los niños son los más desprotegidos. Los bebes, por ejemplo, hasta pueden verse privados de su alimento fundamental: la leche materna. Los médicos que trabajan para la Organización Mundial de la Salud en la crisis de Kosovo describieron casos en los que "el stress provocado por la guerra impide a las madres amamantar a sus hijos para protegerlos contra la diarrea y otras infecciones".
Paradójicamente, "las hormonas contenidas en la leche materna pueden ayudar a tranquilizar tanto a la madre como al bebe".
El último reporte anual de este organismo señala que, "en la década pasada, alrededor de 2 millones de chicos y personas jóvenes murieron en conflictos armados", e indica que el número de víctimas de enfermedades o discapacidades permanentes provocadas por esta misma causa triplicó esta cifra. Para el año 2000, "120 millones de personas jóvenes serán vulnerables a los efectos indirectos de los conflictos armados".
Armas mortales
Además de las enfermedades que se transmiten a través del agua, del contacto entre personas o de la presencia de distintos vectores, los efectos sobre la salud también se vinculan con las armas y los recursos bélicos.
Muchas personas que sobrevivieron a los impactos de 1945 fallecieron más tarde como consecuencia de las lesiones causadas por las radiaciones térmicas e ionizantes. El cáncer y las alteraciones genéticas que padecieron las generaciones posteriores sumaron, sólo en Hiroshima, 140.000 muertes a las 80.000 producidas aquel 6 de agosto.
Las armas químicas y biológicas también fueron y son amenazas permanentes. Las nubes de humo negro que cubrieron recientemente el cielo de Belgrado provocaron el temor a los ataques con gases tóxicos que, como describen los doctores Sutclife y Duin en su Historia de la Medicina , ya en la Primera Guerra Mundial "aniquilaron a noventa y un mil soldados y provocaron afecciones pulmonares a 1,3 millones de personas más".
Entre los gases venenosos, existen los que provocan asfixia (como el fosgeno ) y los que causan quemaduras graves ( gas mostaza ). En cambio, los gases nerviosos afectan los músculos y las armas biológicas contienen agentes causales de enfermedades mortales. Tanto en los civiles como en los soldados, todas las guerras dejaron las huellas de su tiempo. En la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, cuando se peleaba de un modo diferente al actual, se adquirían enfermedades como la nefritis de la trinchera, la fiebre de la trinchera ( tifus exantemático ) y la de los pies de la trinchera , que ocurría como resultado de mantenerse en pie durante un tiempo prolongado.
Alguien dijo una vez que la guerra es una enfermedad como el tifus. Fue Antoine de Saint-Exupery, el que dedicó su libro más difundido a una persona "que tiene hambre y frío".
La medicina -la de urgencia y la de todas las especialidades- podrá seguir avanzando. Pero la guerra, cuando no sea muerte, continuará implicando la conjunción de todo eso: enfermedad, hambre y frío.
Cicatrices invisibles
Los traumatismos psicológicos son -si no el más importante- un aspecto fundamental de la guerra. Según la doctora Gisela Perren-Klinger, quien trabaja en asistencia humanitaria para la Unión Europea, "las personas expuestas a los conflictos bélicos, las persecuciones y las torturas desarrollan reacciones que van desde las que consideramos normales a las patológicas, como enfermedades mentales graves. La mayoría tiene recuerdos recurrentes, pesadillas y una angustia difícil de soportar. Los chicos, quizá como modo de evitar el dolor, juegan a la guerra que vivieron".
El tema inquietó a Sigmund Freud, quien en Más allá del principio de placer (1920), habló de neurosis traumática . "La horrorosa guerra que acaba de terminar la provocó en gran número..." Diferenciándolo de la angustia y el miedo, se refirió al terror como "el estado en el que se cae cuando se corre un peligro sin estar preparado" y destacó que los sueños de estos pacientes los reconducían a la situación traumática, haciéndolos despertar "con renovado terror". En ese texto fundamental de su obra, también afirmó que "los niños repiten en el juego todo cuanto les ha hecho gran impresión en su vida" y que "el carácter displacentero de la vivencia no siempre se vuelve inutilizable para el juego".





