Al permitir su integración, el tratamiento psicoanalítico posibilita reencontrar
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Las máscaras y los disfraces desinhiben. Cuando nos disfrazamos en las fiestas de Carnaval, al igual que cuando estamos en lugares donde nadie nos conoce, sentimos una sensación de mayor libertad y suelen aflorar comportamientos más permisivos.
Así es como el anonimato que brinda el disfraz o la máscara hace emerger una personalidad que a veces sorprende incluso a la persona que lo utiliza.
El uso de las máscaras es antiguo. Es probable que entre los egipcios y en las civilizaciones de la Mesopotamia tuviera una finalidad religiosa. En otros pueblos primitivos, la máscara podía representar a dioses o demonios, según la festividad o el ritual celebrado. Y en algunos casos formaba parte de ritos funerarios: la máscara imitaba la cara del muerto y constituía una forma de homenajearlo y recordarlo.
Sólo en la antigua Roma comenzaron a utilizarla con un carácter más festivo y empezó entonces a aproximarse al uso que se le da en los carnavales actuales.
Un ocultamiento paradójico
Aquel que se coloca una máscara cree convertirse en aquello que la máscara representa. Con el anonimato que ésta provee, la censura se desvanece y la persona se siente liberada.
Aunque hoy ya no tiene el significado ritual que poseía para el hombre primitivo, el uso de máscaras conserva una especificidad: la de ocultar. Sin embargo, éste es un ocultamiento paradójico porque tapa una identidad, pero simultáneamente descubre una intimidad. Es decir que mientras por un lado esconde, por otro muestra.
Con el disfraz o la máscara la persona saca un pasaporte que le permite ingresar fugazmente en un juego donde por un rato es otro. Ese otro que quiso o quiere ser; quizá no otro en su totalidad, pero sí en sus fragmentos más idealizados.
¿Por qué alguien puede necesitar de la máscara para corporizar estas partes de sí mismo que habitualmente permanecen ocultas? La sociedad condena como incoherente a quien expresa facetas múltiples de su personalidad.
Sin embargo, desde el psicoanálisis entendemos que el ser humano no tiene una sola cara. Está dividido entre sus componentes pasionales, incómodos y ruidosos, y los racionales, que lo adaptan a una sociedad que lo domestica o intenta hacerlo.
Este conflicto es permanente. Razón versus pasión. En general, son los aspectos más racionales, por ser los más permitidos, los cotidianos. Los pasionales sólo se ponen en juego en ocasiones privilegiadas, como las fiestas de Carnaval.
Esa otra mitad oscura que hay en nosotros también se revela en una actividad muy popular entre los más jóvenes: el chat.
El anonimato de los nicks
Gracias al anonimato, el chat permite que se asuman otras identidades. Los nicks o seudónimos que la gente utiliza al chatear no son ingenuos, sino portadores de afectos ocultos; el ser anónimo favorece la desinhibición y la emergencia de fantasías que no son ajenas a la persona, sino todo lo contrario: la constituyen.
Lo cierto es que a través de las máscaras o del chat, la persona puede sacar a la superficie aspectos escondidos, permitiéndose un paréntesis que la alivia. Y esto habla de la necesidad de descomprimir algo que asfixia.
Gracias al tratamiento psicoanalítico, los aspectos reprimidos de la persona se van integrando paulatinamente, ya que de otra forma son generadores de síntomas. Estos aparecen porque el deseo, errático y fugitivo, está cargado de una fuerza que empuja hasta encontrar una forma de expresión.
Unir las mitades divididas, a través del tratamiento psicoanalítico, es una forma de reencontrar al hombre con su deseo.
"Con el disfraz o la máscara la persona saca un pasaporte que le permite ingresar en un juego donde por un rato es otro. Ese otro que quiso o quiere ser"
El autor es psicoanalista y docente de Salud Mental de la Faculta de Medicina, de la Universidad de Buenos Aires (UBA).





