
Si es cierto que se crean también en la adultez, los científicos tal vez podrán dominar el proceso de reparación del daño cerebral
1 minuto de lectura'
NUEVA YORK (The New York Times).- Al comienzo de noviembre último, investigadores de la Universidad de Princeton, Estados Unidos, dieron a conocer un informe que amenaza -o promete- afectar lo que ha sido una de las aparentes certezas de la ciencia: que el cerebro adulto no puede crear nuevas neuronas. Si bien el cerebro sigue formando nuevas conexiones, o sinapsis, entre los componentes preexistentes -proceso que durante mucho tiempo se creyó que era la base de la memoria-,una vez que una neurona se pierde ya no puede recuperarse. El principio también daba la impresión de tener la lógica de su lado: si la esencia de un cerebro es la precisión de sus conexiones, entonces generar hordas de neuronas nuevas podría enredarlas. Sin embargo, los hallazgos en Princeton se alejaron de toda la evidencia científica hasta ahora conocida: la doctora Elizabeth Gould y el doctor Charles G. Gross descubrieron que miles de nuevas neuronas se formaban diaramente en los cerebros de monos, migrando hacia áreas entre las que se incluía la corteza prefrontal, el asiento de la inteligencia y la toma de decisiones.
El libro neurológico de la vida
Si un flujo constante de células cerebrales está llegando continuamente para ser incorporado a un nuevo grupo de conexiones, entonces el cerebro es más maleable de lo que nadie se había percatado. Los recuerdos pueden formarse no sólo forjando nuevas sinapsis entre las antiguas neuronas, sino también tejiendo otras nuevas. Nadie sabe con certeza qué hacen estas nuevas neuronas, aunque al final del documento de Princeton se adjuntó una especulación interesante: que la sucesión de neuronas nuevas podría ser la forma que tiene el cerebro para almacenar recuerdos cronológicamente, formando las páginas del libro neurológico de la vida. La imagen de cerebros adultos produciendo un flujo constante de nuevas partes es particularmente asombrosa, ya que se ha convertido casi en un dogma el que la acción neurológica de mayor importancia ocurre en los primeros tres años. Durante este período del desarrollo, el cerebro explota con una profusión de conexiones neurales que, posteriormente, va reduciéndose mediante la experiencia a un preciso sistema de circuitos.
Por ejemplo, si los ojos de un bebe no reciben el estímulo de la luz durante un lapso crucial, no se formarán los caminos neurales que permiten que el cerebro vea . Sin embargo, si bien existe de hecho un período en que el cerebro del infante está en formación, no está claro si se requieren esfuerzos heroicos para impulsar el proceso.
En El mito de los primeros tres años (Free Press, 1999), el doctor John T. Bruer arguye que sólo la privación más severa ocasiona daños reales, y que incluso en algunos casos pueden ser revertidos . "Nuestro cerebro sigue siendo notablemente plástico y conservamos la capacidad de aprender a lo largo de nuestras vidas", escribe.
Los nuevos resultados de la Universidad de Princeton inevitablemente serán tomados para apoyar esta opinión más optimista. No obstante, las controversias apenas están comenzando.
La semana pasada, el Proyecto Abecedario , estudio a largo plazo que busca los orígenes de familias afroamericanas en Chapel Hill, Carolina del Norte, desde 1972, anunció que contaba con evidencia sólida de que la atención estimulante durante el día mejora no solamente el lenguaje y las facultades matemáticas de los chicos, sino también sus perspectivas de éxito social.
Pero sin importar cuánto varíe la opinión científica acerca de la plasticidad cerebral, los científicos seguirán enfrentando la dura verdad de que las heridas neurales no sanan con tanta rapidez como las de la piel o los huesos.
Aunque en menor grado, el cerebro puede recuperarse de heridas, particularmente en las primeras etapas de la vida. Funciones que se pierden, como el lenguaje, pueden transferirse a otras regiones que no presentan daños. Sin embargo, frente a ciertos traumatismos, la situación puede ser más compleja.
Heridas cerebrales
En un estudio que dirigió el doctor Antonio Damasio, en la Facultad de Medicina de Iowa, se descubrió que dos personas que padecían heridas ocurridas en la infancia, cuando se supone que el cerebro está en su etapa más resistente, al parecer habían perdido la capacidad de distinguir entre el bien y el mal.
A pesar de que ambos habían sido criados en buenos hogares y eran inteligentes, el daño recibido a temprana edad en la corteza prefrontal del cerebro al parecer había interrumpido alguna clase de conexión. Si las neuronas nuevas de hecho habían estado migrando hacia los centros de toma de decisiones, como sugiere el equipo de Princeton, aparentemente existe un límite para los poderes curativos de este proceso.
Si otros estudios siguen confirmando que el cerebro tiene una plasticidad mayor de la que se suponía, los científicos tendrán que aprender a contener y mejorar el proceso de regeneración para que las palabras daño cerebral permanente dejen de tener un significado tan abrumador. Sin importar cuán maleable resulte el cerebro, sigue estando gobernado por su herencia genética. Para que las nuevas conexiones puedan formarse fácilmente, la maquinaria subyacente debe estar en orden. Aunque, si bien es cierto que el diseño de estos engranajes bioquímicos está programado en los genes, los avances en la ingeniería genética pueden llegar a hacer que estas limitaciones sean relativas.




