La música y la salud siempre estuvieron emparentadas.
El hombre primitivo confiaba en las virtudes curativas de las canciones que entonaban los brujos, y en la antigua Grecia se creía que la música desarrollaba en los chicos un temperamento armonioso. Pero en el Río de la Plata, las relaciones entre música y medicina fueron más mundanas: se forjaron al ritmo del 2 x 4, y no estuvieron exentas de anécdotas sabrosas, escándalos y hasta hechos policiales.
Hurgando casualmente en una magnífica librería de usados , en Lavalle al 2000, nos encontramos con una época en la que nuestra música ciudadana y los aspirantes a médicos aparecían en las primeras planas de los diarios locales en los Bailes del Internado. El médico y escritor Luis Alposta reúne esa historia en un ensayo prologado nada menos que por Luis Federico Leloir, El lunfardo y el tango en la medicina (Torres Agüero Editor, 1986).
Según Alposta, como Palermo era por esos tiempos una versión porteña de los Champs Elysées, los estudiantes de Buenos Aires tomaron de los franceses la costumbre de celebrar un baile desaforado cuando eran admitidos en el internado hospitalario.
Los festejos se celebraron entre 1914 y 1924, y en ellos estrenaron tangos los más destacados compositores del momento. La noche inicial, en el célebre Palais de Glace, Francisco Canaro estrenó Matasanos , dedicado a los internos del hospital Durand. Y Roberto Firpo, que venía del pueblo de Las Flores, les dedicó a los internos del hospital San Roque, hoy Ramos Mejía, su tango El apronte. A ellos siguieron innumerables composiciones. En 1915, Canaro estrenó El internado; Roberto Firpo, El bisturí, y Alberto López Buchardo compuso Clínicas , dedicado al hospital del mismo nombre.
En 1916, Vicente Greco compuso El anatomista y La muela cariada ; en 1917, José Martínez estrenó El termómetro , y Osvaldo Fresedo, Amoníaco , para los internos del hospital Fernández.
Más adelante, José Artusi compuso La inyección y Eduardo Arolas, apodado el tigre del bandoneón , estrenó Anatomía y Rawson . En total, más de cien títulos que constituyen, como afirma Alposta, una verdadera historia clínica de aquellos años. "En esos bailes -escribe-, los estudiantes rivalizaban en el afán de hacer las bromas más grotescas y espeluznantes que pueda uno imaginarse." Lamentablemente, los Bailes del Internado terminaron con un suceso trágico cuando el entonces administrador del hospital Piñeiro, alterado por una de las tantas bromas estudiantiles, le disparó a quemarropa al interno Ernesto Wellington O´Farrell, y le dio muerte.
Así, Alposta rinde un nostálgico homenaje a sus años de practicante. "Sólo sabemos lo que es la vida, en su entera dimensión -afirma- cuando alcanzamos el título (...) y se van recortando las alas de nuestras ilusiones con los tijeretazos de la realidad."





