Nutrición: crece el consumo de gaseosas, pizzas y galletitas, y caen lácteos, frutas y carnes

Fuente: Archivo
El cruce de datos de distintos estudios muestra cómo en los últimos 20 años aumentó la participación de alimentos y bebidas con más calorías, y menos vitaminas y proteínas
María Gabriela Ensinck
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14 de octubre de 2019  

En medio del debate por el hambre, es insoslayable que los cambios en los patrones de consumo impulsan la obesidad y la malnutrición, que se refleja en números apabullantes: el 35% de los niños y adolescentes presentan malnutrición con exceso de peso.

El derrumbe del consumo de leche y sus derivados, que hoy se encuentra en los niveles más bajos de los últimos 30 años, fue tema de preocupación central en un reciente congreso del sector. Pero no es el único producto icónico de la mesa argentina que perdió participación en la dieta diaria de este país. También cayó en los últimos años el consumo de carne, y el de frutas y verduras no llega a la mitad de lo recomendado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Pero al mismo tiempo, la Argentina se sitúa como el mayor consumidor regional de gaseosas y jugos para diluir, cuyas ventas en los últimos tres años y medio cayeron menos que el promedio de la canasta básica.

Comparativamente, "también aumentó la participación de alimentos procesados de baja densidad nutricional (altos en calorías, pero bajos en vitaminas y proteínas), como pizzas, empanadas, sándwiches, facturas y galletitas -comentó Fernando Vilella, director del programa de Bioeconomía de la Facultad de Agronomía de la UBA, durante el Simposio de Producción Sustentable, organizado la semana última por una importante empresa láctea-. Si bien esta tendencia se vio exacerbada en los últimos años por la crisis, surge de cruzar datos del Centro de Nutrición Infantil (Cesni) con la Encuesta de Consumo de los Hogares (del Indec), a lo largo de dos décadas", explicó el experto a LA NACION.

Para Vilella, el empobrecimiento de la dieta argentina "tiene un componente económico, pero también inciden factores culturales, de estilo de vida y de educación".

En los últimos 20 años, treparon en forma alarmante la obesidad y el sobrepeso. De acuerdo con la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR) en 2018/2019, el 61,6% de los argentinos están excedidos en peso, en una proporción de 36,2% de sobrepeso y 25,4% de obesidad. En cuanto a la población infantil y adolescente, datos del programa Sumar, del ex-Ministerio de Salud, muestran que, en más de tres millones de chicos y chicas de 0 a 18 años de los quintiles 1 y 2 (de menores ingresos), el 34,5% presentan sobrepeso u obesidad.Asimismo, la malnutrición con sobrepeso es 4,3 veces más frecuente que la malnutrición con bajo peso (34,5% vs. 8,1%, respectivamente).

Las conclusiones, en medio del debate por el hambre y la emergencia alimentaria, muestran que hay una reducción de las formas clásicas de desnutrición con bajo peso. Crece el número de chicos y chicas que presentan malnutrición con exceso de peso.

"Hoy, el hambre va de la mano con la obesidad. Y no podemos pensar en solucionar estas dos epidemias si no hacemos algo para mejorar la alimentación infantil -destacó Silvio Schraier, expresidente de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN) y vicedirector de la carrera de Nutrición de la Fundación Barceló-. Por cada peso que invirtamos allí, se ahorrarán al sistema de salud grandes cantidades de recursos invertidos en enfermedades no transmisibles, como hipertensión, diabetes y riesgo cardiovascular", agregó.

Mitos y verdades

Frases como "Argentina, supermercado del mundo" y "producimos alimentos para diez veces más personas que toda nuestra población", repetidas como mantras, tienen más de mito que de sustento científico, subrayó Vilella.

"Decir que elaboramos alimentos para 400 millones de habitantes es ignorar que la mayor parte de las calorías que producimos son de maíz y soja, que sirven para alimentación animal, pero no son directamente asimilables por el organismo humano", señaló.

Y en el caso de las frutas, las verduras y las hortalizas, la brecha es aún mayor. "Si quisiéramos que nuestra población consumiera la dosis recomendada por los organismos internacionales de salud, deberíamos duplicar la producción, evitar el desperdicio y cerrar la exportación", sostuvo el agrónomo y especialista en bioeconomía.

"Hoy se consumen en la Argentina menos de dos porciones diarias de frutas y verduras, cuando lo recomendado son cinco o más; al menos 600 gramos. Y además de cantidad falta variedad en la dieta", agregó Sergio Britos, profesor de Economía Alimentaria de la UBA y director del Centro de Estudios sobre Políticas y Economía de la Alimentación (Cepea).

"También se está consumiendo en promedio por persona menos de un vaso diario de leche, cuando las guías alimentarias recomiendan tres, y que al menos una porción sea de yogur, porque además de aportar calcio ayuda a restablecer la flora intestinal -destacó Britos-. Más allá del bolsillo, hay un movimiento de veganismo extremo que puede ser peligroso, ya que tanto en el caso de las proteínas que aporta la carne como en el caso de los lácteos existe más evidencia a favor que en contra de su consumo", advirtió, y ejemplificó: "El consumo de leche no solo es necesario durante la infancia, sino a lo largo de la vida. Y en cuanto a la carne, si bien su consumo en la Argentina sigue siendo elevado, aporta nutrientes como la vitamina B12, que son indispensables".

Para los estándares de la Organización Mundial de la Salud, los argentinos presentamos consumos elevados de azúcares y harinas refinadas, mientras que comemos muy pocos pescados (menos de una porción por semana, cuando se recomiendan dos semanales), legumbres, frutas y verduras.

Las carencias económicas y un estilo de vida apresurado, que obliga a las personas a comer fuera de su casa, atentan contra una buena nutrición. "Por eso, la concientización y la educación son fundamentales -coincide Schraier-. Los seres humanos somos omnívoros, no tenemos el aparato digestivo de las vacas, que son herbívoras solamente. Y además, no estamos preparados para ingerir azúcares líquidos, como los que aportan las gaseosas y bebidas endulzadas".

Y sugiere el especialista: "Quienes por falta de tiempo y dinero engañan el estómago con un paquete de galletitas, podrían reemplazarlo por un huevo duro y una porción de fruta y legumbres, que cuestan lo mismo y alimentan más", aconsejó.

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