
Una nueva legión de adultos mayores copó el Paseo La Plaza para demostrar que el humor no tiene fecha de vencimiento y que la experiencia es material invaluable para escribir un monólogo
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Entre las luces de neón y los afiches de obras consagradas, en el último tiempo algo cambió en los pasillos del Paseo La Plaza: se sumó el fenómeno del stand up para adultos mayores. Si bien el semillero del género está asociado a los más jóvenes, hoy los protagonistas son los seniors que se animan al unipersonal, imprimiéndole a las dificultades de la tercera edad una mirada aligerada desde el humor.
“Si alguno cree que los viejos hemos perdido el poder, está equivocado. Somos los dueños de los departamentos que los jóvenes alquilan. Somos capaces de escribir en la compu sin mirar y con todos los dedos... ¡Tiemblén!”, dispara Alejandro Money en uno de sus monólogos. A sus 72 años, este abogado y exprofesor de Ciencias Sociales decidió que el aula ya no era suficiente. Se anotó en 2023 buscando herramientas para sus charlas, y terminó encontrando una nueva vocación para su vida. “En las clases me gustaba la diversidad de mis compañeros y la complicidad que se generó”, cuenta Alejandro. Para él, debutar frente al público fue descubrir un nuevo tipo de afecto: el agradecimiento de la gente por el simple hecho de hacerlos reír. Lejos de las leyes y los códigos, hoy Alejandro disfruta de compartir reuniones con personas que “de ningún modo hubiese conocido” si no fuera por el stand up.
El descubrimiento de una nueva vocación tras el retiro es una constante en estas historias. “Cuando era joven soñaba con jubilarme y viajar. Y desde que me jubilé me la paso viajando: en colectivo y al médico. Lo más lindo es tener carnet de PAMI; vas chapeando y te sentís más poderosa que un agente de la CIA”.
La que se ufana del PAMI con orgullo de espía es María Elida Corvalán. Antes de descubrir el stand up, su vida transcurría entre diagnósticos como maestra psicóloga en una escuela de educación especial. Tras jubilarse, buscó algo que la hiciera feliz y el humor fue su “salvavidas”. María Elida entró al curso pensando que sería algo meramente actoral, pero se encontró con el desafío de la página en blanco. “Me sorprendió que el hueso del curso es la escritura creativa. No es un cuento gracioso ni subir a contar chistes; es respetar las reglas del género”, afirma. Ya presentó su monólogo dos veces y asegura que la carcajada sostenida del público es un sueño cumplido.
Para otros, el escenario es la culminación de una vida de observación silenciosa. “Mis tiempos eran muy distintos: Bad Bunny era un conejo y se le entendía todo lo que decía”, desliza en una línea de su unipersonal Daniel Virardi, que cuenta que a lo largo de su vida tuvo “mil oficios”, y su último tramo laboral transcurrió en el transporte público. Quizás por eso tiene tanto entrenamiento en observar la “fauna urbana”. Aunque lo venía pensando hace años, recién en 2022, después de jubilarse, dio el paso, y ya lleva 500 funciones en tres años. “Hacer reír es una de las cosas más increíblemente lindas que se puede hacer. La adrenalina del vivo es imbatible”, admite. Su filosofía es simple: “Si vos la pasás bien, el público también”.
La honestidad brutal es, quizás, la herramienta más potente de esta nueva camada. “Los viajes de jubilados son tan divertidos como los de egresados porque estamos tomando pastillas todo el día. Nos cagamos de risa de cualquier pavada. Literal: algunos usamos cuatro pañales por día”, lanza Alejandra Graciela Álvarez.
Exprofesora de educación física, encontró el curso en una publicidad de sus redes mientras estaba de viaje. Tenía tiempo libre y ganas de enriquecerse. Para ella, el proceso de transformar una anécdota personal en un chiste efectivo fue una revelación que cambió su vida: “Cuando la gente se ríe de los chistes que yo misma escribí... ¡es como un orgasmo!”, asegura.
Más allá del placer del remate, Alejandra destaca el aspecto social: el stand up le permitió ampliar su círculo en un momento donde, tras jubilarse, el silencio de la casa “empezaba a aturdir”.
Incluso quienes aún no se han retirado del todo encuentran en esta actividad un refugio y una caja de herramientas. Marta Rodríguez todavía es docente y está en proceso de jubilación. Hace unos cuantos años decidió anotarse. “Tuve la oportunidad de debutar en público y me sentí cómoda, es un desafío. La risa es el mejor regalo que podemos obtener. Es una gran conexión con el otro, hablar el mismo lenguaje y ver que estamos narrando algo legítimo que sucede. Magia pura”, cuenta Marta. También destaca que el stand up le brinda un montón de herramientas que usa a diario y asegura que siempre hay algo para contar y relacionarse con gente que tiene intereses parecidos.
De esta manera, el escenario funciona como un espacio catártico donde se pueden resignificar experiencias desde el humor. Al frente de este movimiento está Julián Sabisky, comediante, productor y docente de stand up. Como integrante del elenco de I Love Stand Up, Sabisky vio pasar innumerables comediantes en escena, pero nada lo preparó para el desembarco de los grupos de mayores. “Fui uno de los precursores. Antes incluso se establecían edades límite para anotarse, algo que nunca entendí. La clave está en las vivencias y en el punto de vista de cada persona”, explica Sabisky. Y sabe de qué habla.
“El mayor prejuicio suele aparecer en los propios participantes. Es muy común que la primera consulta sea: ‘¿No soy grande para hacer el curso?’, como si hubiera una edad máxima para hacer lo que a uno le gusta”, comenta. Lo cierto es que los números dicen lo contrario: actualmente tiene nueve cursos activos entre el Paseo La Plaza, Vicente López y la modalidad virtual. En el último año, egresaron más de 350 nuevos comediantes.
“Lo mejor del stand up es que es un formato que se adapta a la persona, y no al revés. Cada uno construye su monólogo según su forma de hablar, su ritmo, sus intereses y su mirada”, explica Sabisky.





