Hablar sobre temas muchas veces postergados sin necesidad de que haya un conflicto, ayuda a fortalecer el vínculo y a completar la historia familiar; psicólogos analizan por qué cuesta tanto
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“Pensé que en algún momento lo íbamos a hablar”. La frase puede referirse a cualquier cosa y, justamente por eso, condensa casi todo: la historia de una madre antes de tener hijos, sus novios y aventuras, los duelos que atravesó en silencio, los sueños que concretó y los que puso en pausa, sus miedos y añoranzas más profundas, ese viaje pendiente que parecía próximo. Fue el día en el que a Helena le diagnosticaron Alzheimer, el día en el que su hija, Florencia, entendió que el tiempo que les quedaba juntas era finito. La escena se repite más de lo que parece.
Durante años, muchos viven el vínculo con sus padres como si fuera una certeza estable, una presencia garantizada indefinidamente en el tiempo. Las preguntas se postergan. Quedan para más adelante. También los agradecimientos, las conversaciones incómodas y, en definitiva, el interés por esa vida que existió antes de que fueran familia.
“Hay una tendencia a vivir los vínculos más cercanos con la sensación -inconsciente- de que siempre van a estar ahí. Porque forman parte de nuestra vida cotidiana y no tomamos dimensión de lo que significan”, dice María Gimena Nasimbera, psicóloga clínica especializada en medicina del estrés (M.P. 2252). “Cuando aparece una enfermedad o alguna situación que nos enfrenta con la posibilidad de perderlos, algo se mueve profundamente. De repente entendemos que el tiempo es limitado y que ese vínculo es único. En ese momento aparece la necesidad de acercarnos”.

Eventos como estos sacuden nuestra perspectiva y, -por ende- nuestra escala valorativa, propone Klaus Boueke, psicólogo. “Es más fácil valorar algo imposible, porque el deseo supone la falta y ese juego, aunque no nos guste, sabemos jugarlo. Cuando todo parece posible un poco suena a insuficiente. Pero cuando lo posible se achica, inevitablemente empezamos a valorarlo. Valorar, desear o incluso disfrutar lo posible es mucho más complejo”.
¿Si en lugar de esperar a los momentos más avanzados de la vida -asumiendo que siempre va a haber un momento más propicio para hablar de ciertos temas- usáramos la próxima sobremesa para hacer esa pregunta, abrir esa conversación o despejar esa duda? Según los expertos, esto podría traer múltiples beneficios para ambas partes.
“Cometemos el error de creer que siempre hay tiempo pero, aunque pretendemos que no para hacerlo más tolerable, este se agota a cada segundo”, concluye Boueke.
Duelos por lo “no vivido”
En términos del desarrollo, los padres funcionan como “guardianes de nuestra biografía”, indica Macarena Gavric Berrios, psicóloga clínica especializada en trastornos de la personalidad y del desarrollo (M.N. 72601). “Sostienen la narrativa de quiénes fuimos, cómo crecimos y de dónde venimos” dice Gavric Berrios.
Especialmente cuando están en una etapa vital activa y funcional, tendemos a naturalizar muchas dimensiones del vínculo con nuestros padres, señala la experta, aclarando que dicha naturalización no necesariamente implica desinterés, sino que es parte de cómo opera el apego en la adultez: "lo estable se vuelve invisible“.
Lo que más pesa en los pacientes, de acuerdo con la experiencia clínica de los profesionales consultados, no son las discusiones intensas o heridas explícitas, sino la suma de pequeñas ausencias: las conversaciones que nunca sucedieron, los abrazos que no se dieron, los momentos cotidianos que se dejaron pasar, la curiosidad que no se expresó.

“Muchas personas llegan a terapia con la sensación de que les quedaron palabras guardadas”, dice Nasimbera. Gavric Berrios se refiere a este fenómeno como los “duelos por lo no vivido". “El dolor que aparece cuando tomamos conciencia de que hubo experiencias posibles que nunca ocurrieron. No son pérdidas concretas, sino ausencias acumuladas que, con el tiempo, se convierten en una sensación de vacío o de oportunidad perdida”, señala la psicóloga.
Según las expertas, entre los “pendientes” más comunes aparecen el deseo de haber agradecido más, el reconocimiento de sacrificios o esfuerzos, expresiones explícitas de amor o admiración, pedidos de perdón y conversaciones profundas sobre la historia familiar.
“Con el tiempo muchas personas descubren que saben poco sobre la vida de sus padres antes de ser padres: qué sueños tenían, qué cosas les dolieron, qué desafíos atravesaron”, dice Nasimbera. “Especialmente cuando una enfermedad, deterioro cognitivo o cambio vital importante limita las posibilidades del diálogo, es muy frecuente que aparezca el arrepentimiento por conversaciones pendientes”, agrega Gavric Berrios. “Lo que emerge es una necesidad de integrar la historia familiar: comprender de dónde venimos, qué nos transmitieron y qué queda pendiente por elaborar. No se trata solo de cosas que quedaron sin decir, sino también de experiencias emocionales que no encontraron un espacio para ser compartidas”.
Por qué postergamos conversaciones
La postergación de conversaciones significativas, explica Gavric Berrios, suele tener que ver con mecanismos defensivos que se activan frente a la incomodidad emocional. “En los vínculos familiares, donde hay historia, expectativas y sensibilidad acumulada, hablar de ciertos temas puede sentirse especialmente desafiante”. Entre las defensas más frecuentes, la experta identifica las siguientes:
- Evitación emocional. Las conversaciones profundas pueden implicar entrar en contacto con dolor, decepciones, heridas antiguas o vulnerabilidad. La evitación funciona como un “anestésico emocional” que protege a corto plazo, pero limita la posibilidad de reparación y cercanía.
- Negación de la finitud. Hablar de envejecimiento, agradecimiento, límites o despedidas nos confronta con la idea de pérdida. La negación —aunque sea sutil— permite sostener la fantasía “de que el tiempo no pasa” y que siempre habrá otra oportunidad.
- Idealización del vínculo. En algunas familias, la armonía se vive como un valor central. Para preservar esa imagen, se evita cualquier conversación que pueda “desordenar” la relación, incluso si ese silencio genera distancia emocional.
- Miedo a reabrir conflictos. Especialmente en sistemas familiares donde el conflicto ha sido históricamente evitado o vivido como peligroso. La persona teme que una conversación importante reactive tensiones antiguas o desencadene reacciones intensas.
- Fantasía de disponibilidad ilimitada. Es la creencia implícita de que “ya hablaremos en otro momento”. Esta fantasía sostiene la ilusión de continuidad y reduce la urgencia emocional, aunque muchas veces no sea realista.
Es preferible no esperar a una crisis
Esperar a una crisis para acercarse suele tener algo de trampa. No porque vuelva imposible el encuentro, sino porque lo altera: lo que podría haber aparecido de manera orgánica de pronto queda teñido por sensaciones de urgencia, miedo e intensidad, a menudo saboteando el espacio para decir las cosas como uno hubiera querido.
“Las crisis inevitablemente rompen cosas”, advierte Boueke. Y, aunque a veces no queda otra y se necesita romper lo viejo para crear lo nuevo, postergar no tiene porqué ser el método designado.

Para el psicólogo, vivir con pendientes es muchas veces una forma de mantener la esperanza de que las cosas se pueden hacer bien. La contracara, explica, es que uno nunca hace lo que tiene que hacer, esperando a que se den las condiciones ideales para hacerlo ´bien´. Lo cierto, concluye, es que en general las cosas salen un poco bien y un poco mal, y así se aprende. “Vivir con pendientes acaba por postergar la vida misma. Estos nos afectan siempre, en todas las etapas de la vida...la diferencia es que en las más avanzadas el costo se vuelve más evidente por una cuestión numérica”.
En términos clínicos, lo que suele aparecer es un “equilibrio defensivo”, agrega Gavric Berrios. “Se tiende a preferir mantener la estabilidad del vínculo tal como está, antes que arriesgarse a una conversación emocionalmente intensa que podría modificar la dinámica familiar”, dice.
Al margen de que el intento de encuentro salga bien o mal, cuando uno se acerca sin una crisis de por medio, puede hacerlo desde un lugar más positivo, plantea Nasimbera. “Desde el deseo de compartir, de conocer más al otro, de agradecer...animarse a tener esas conversaciones a tiempo suele traer mucha paz emocional, porque permite vivir los vínculos con más presencia”.
“No se trata de llegar al momento de la despedida sin dolor, sino con la sensación de haber habitado el vínculo; pudiendo mirar atrás sintiendo que, aunque faltaron cosas, hubo muchos encuentros que sí sucedieron. Se trata de minimizar la deuda emocional”, agrega Gavric Berrios.
Por dónde y cómo empezar
Fortalecer el vínculo con los padres no siempre supone saldar grandes asuntos pendientes o tener una conversación reveladora de un día para el otro. A veces es el simple acto de mirar con menos inercia y más atención a alguien que todavía puede sorprendernos.

“El primer paso puede ser tan simple como interesarnos genuinamente por la historia del otro”, propone Nasimbera. “Entender el tipo de crianza que tuvieron, abrir un espacio en donde puedan contar quiénes fueron antes de ser padres”. Esto, además de darnos insight, nos facilita la compasión y el entender que hicieron lo que pudieron con lo que tenían. “No siempre se puede construir la relación ideal que uno imagina. Muchas veces mejorar el vínculo no significa cambiarlo, ni cambiar al otro, sino poder mirarlo con más humanidad”, pondera la psicóloga.
El duelo de nuestras expectativas junto con la apertura a lo posible del otro es un buen camino para todos los vínculos y los padres no son la excepción, dice, en la misma línea, Boueke: “Como hijos es sensato recordar que ellos también tienen su historia, también tuvieron padres y también fueron hijos. Cuando se crece, los hijos ya no son los únicos dignos de preguntas”.
Boueke hace énfasis en que la historia compartida no es lo mismo que la historia en común. “Hay algo de los padres que nunca llega a los hijos y hay algo que los hijos han de crear para sí mismos, que no lo heredaron de sus padres. Si se quiere compartir, es sensato dar lugar para que el otro sea el otro, con derecho a esperar que también haya lugar para ser uno. Hay que encontrarse en algún lugar en el medio”.
Preguntas posibles
A veces alcanza con una pregunta bien hecha, formulada a tiempo, para correr, por un momento, a nuestros padres del lugar de mamá o papá y encontrarse con la persona que existía antes, detrás y además de ese rol. Interesarse por la infancia, los sueños, los recuerdos felices o las renuncias del otro abre una dimensión biográfica y emocional que muchas familias nunca exploran, reflexiona Gavric Berrios.

En este sentido, las expertas enumeran algunas preguntas sencillas que pueden abrir diálogos profundos, ayudando a reparar, comprender y agradecer:
- ¿Cómo fue tu infancia?
- ¿Cómo era tu vida a mi edad?
- ¿Qué sueños tenías cuando eras joven?
- ¿Qué cosas te daban miedo cuando eras joven?
- ¿Qué decisiones te marcaron más?
- ¿Qué momentos de nuestra familia recordás con más cariño?
- ¿Qué fue lo más fácil, y lo más difícil, de criarme?
- ¿Qué cosas te hicieron sentir orgulloso de mí?
- ¿Hay algo que te hubiera gustado hacer distinto conmigo?
- ¿Qué parte de tu vida creés que yo no conozco bien?
- ¿Cómo te gustaría que te recuerde?
- ¿Hay algo que te gustaría preguntarme y nunca lo hiciste?
“Este tipo de preguntas suelen abrir espacios de reconocimiento mutuo”, dice Gavric Berrios. “Muchas veces, algo muy simple puede tener un impacto enorme. Los vínculos más importantes no se construyen en los grandes momentos, sino en esos pequeños gestos donde alguien se anima a preguntar, escuchar y estar realmente presente”, agrega Nasimbera.
Beneficios de una buena relación
Entre los efectos que tiene en la vida adulta haber construido un vínculo suficientemente bueno con los padres, Gavric Berrios hace referencia a Donald Winnicott, reconocido psiquiatra y psicoanalista inglés, para enumerar tres grandes beneficios psicológicos:
- Autoestima más estable. Cuando crecemos sintiéndonos vistos por nuestros padres internalizamos el llamado “modelo interno de valía personal”. Esto facilita en la adultez o etapas más avanzadas de la vida una mayor autoconfianza, menor dependencia de validación externa, y mayor capacidad de tolerar errores sin colapsar en la autocrítica.
- Mejor regulación emocional. Las relaciones con nuestros padres funcionan como escuelas de regulación emocional. Los adultos que tuvieron figuras disponibles suelen: reconocer mejor lo que sienten, tolerar mejor la frustración, pedir ayuda sin sentir que eso implica debilidad.
- Sentido de pertenencia. Un vínculo familiar seguro genera la sensación de que uno tiene un lugar en el mundo relacional. Esto protege frente a: soledad existencial, aislamiento emocional, dificultad para confiar en otros.

Lejos de tratarse de ventajas unilaterales, una buena relación con los hijos adquiere un valor profundamente existencial en etapas de la vida adulta, para los padres.
“No se trata solo de compañía o de ayuda concreta, sino de algo más íntimo: sentir que siguen siendo importantes en la vida emocional de sus hijos”, sostiene Gavric Berrios.
Sentirse emocionalmente cerca de los hijos, amplía la experta en trastornos del desarrollo, aporta a los padres un sentido de continuidad generacional, la validación de la propia historia junto con una sensación de legado y, finalmente, una percepción de que la vida tuvo impacto real.
“Para los padres que los hijos muestren curiosidad por su mundo interior es profundamente reparador”, dice Gavric Berrios. “Les permite sentirse reconocidos más allá del rol funcional: no solo como quienes cuidaron, sostuvieron o resolvieron, sino como personas completas, con historia, deseos, contradicciones y aprendizajes. Es una forma de intimidad adulta que muchas familias nunca alcanzan”.
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