El blanco proyecta una idea de minimalismo que va más allá de lo estético; no se trata solo de reducir, sino de elegir mejor
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Pantone elige el blanco como punto de partida, tomó una decisión que no grita tendencia, pero dice mucho. Para 2026, el Color del Año es Cloud Dancer, un blanco suave y luminoso que se aleja de la frialdad clínica para instalarse en un territorio más humano: el de la pausa, la claridad y el bienestar. No es casual.
Estamos en una época marcada por el cansancio mental, la sobreinformación y la convivencia constante entre lo digital y lo real. Frente a ese escenario, el blanco aparece como un gesto consciente: bajar un cambio, despejar el ruido y recuperar el equilibrio entre la tecnología que avanza y la necesidad profunda de volver a conectarnos entre nosotros.
Desde la psicología del color, el blanco está asociado a la pureza, la transparencia y el orden mental. Genera sensación de amplitud, liviandad y calma visual.
También remite a la ingenuidad entendida como apertura: la posibilidad de mirar sin prejuicios, de empezar de nuevo y de habilitar procesos sin la carga del exceso. A esto se suma una cualidad clave de nuestro tiempo: la elegancia silenciosa, un lujo sutil que no busca imponerse, sino acompañar.
En su libro Psicología del color, la especialista alemana Eva Heller profundiza en los múltiples significados del blanco y aporta una lectura especialmente reveladora para el presente. Heller explica que el blanco es el color de los comienzos, de lo nuevo, de lo que todavía no fue escrito. Simboliza limpieza, verdad y honestidad, pero también puede expresar distancia y necesidad de orden cuando el entorno se vuelve caótico.

La autora distingue además dos dimensiones menos evidentes pero fundamentales. Por un lado, el blanco político, asociado históricamente a la neutralidad, la rendición y la suspensión del conflicto: un color que no toma partido, que detiene la confrontación y propone una tregua. Por otro, el blanco espiritual, ligado a la trascendencia, la elevación y la búsqueda de sentido, presente en rituales, símbolos religiosos y momentos de transformación interior.
En ambos casos, el blanco aparece como un umbral: un espacio de pasaje, de redefinición y de conciencia.
Desde lo físico, el concepto se vuelve aún más potente. La luz blanca contiene todos los colores del espectro visible. No es ausencia, es totalidad.
Y desde lo simbólico, esa idea se traduce en un mensaje claro: Cloud Dancer no propone vacío, sino posibilidad. Es un punto de partida, un espacio disponible donde todo puede construirse sin limites.
En moda, este blanco se traduce en prendas de líneas simples, texturas nobles y siluetas que priorizan el cuerpo real y el confort. Su versatilidad lo convierte en un aliado esencial: permite que otros colores se luzcan, se expresen con mayor intensidad y encuentren un equilibrio visual más armónico. El blanco no compite, acompaña; no eclipsa, realza. Funciona como un escenario que potencia la paleta completa, desde los tonos más vibrantes hasta los más profundos.

En diseño y en los espacios, aporta calma visual y sensación de orden y limpieza, con un impacto directo en el bienestar emocional.
En la imagen personal, actúa como un lienzo que amplifica a la persona antes que al ornamento, dejando que los detalles, los gestos y los acentos cromáticos cobren verdadero protagonismo.
Pero el blanco no solo habla desde la emoción: también lo hace desde los símbolos colectivos. Es el color del Papa, asociado a lo sagrado, a la autoridad espiritual y a la idea de trascendencia.
Es el color del vestido de novia, emblema de comienzos, promesas y proyectos compartidos. Es también el color de los delantales de los médicos, ligado al cuidado, la ciencia, la confianza y la búsqueda de sanación. En todas estas representaciones, el blanco aparece como sinónimo de bien, verdad y perfección, no en un sentido inalcanzable, sino como ideal.
Elegir un blanco como color del año también habla de madurez. De comprender que el verdadero lujo hoy no está en el exceso, sino en la coherencia, en lo que da lugar.
Cloud Dancer dialoga con una nueva noción de bienestar: menos estímulo, más presencia; menos imposición, más elección consciente.
En ese sentido, el blanco proyecta una idea de minimalismo que va más allá de lo estético. No se trata solo de reducir, sino de elegir mejor. De quedarnos con lo esencial, con lo que suma, con lo que tiene sentido. El blanco propone depurar y, al mismo tiempo, crear el marco perfecto para que lo verdaderamente importante se destaque.
Y quizás ahí esté su mayor mensaje para 2026: el bienestar no se alcanza agregando capas, sino aprendiendo a dar espacio. Espacio para respirar, para conectar y para que cada elección pueda, finalmente, lucirse.
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El amor propio se ha convertido en una especie de mandato cultural: hay que quererse, aceptarse, mostrarse “auténtico”. Pero en la práctica, muchos siguen buscando ese amor en los lugares equivocados: en el espejo, en las redes, o en las compras que prometen llenar vacíos.
La pregunta que vale la pena hacerse no es “cómo me veo”, sino “qué historia me estoy contando sobre mí mismo cuando me miro”.
La relación con la propia imagen no es superficial; es emocional, simbólica y profundamente humana. Alain de Botton, filósofo contemporáneo y autor de Ansiedad por el status, señala que gran parte de nuestro sufrimiento moderno nace de la comparación: “Nos sentimos infelices no tanto por lo que tenemos o somos, sino por cómo creemos que quedamos frente a los demás”. En un mundo donde las redes amplifican esa comparación constante, el amor propio se vuelve un acto de rebeldía silenciosa: dejar de medirse en la vara ajena para volver a conectar con lo que uno realmente valora.
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La ciencia respalda esa idea. Investigaciones de la Universidad de Harvard y de la psicóloga Kristin Neff (Universidad de Texas) muestran que la autocompasión —es decir, la capacidad de tratarnos con amabilidad ante el error o la imperfección— mejora los niveles de bienestar y reduce la ansiedad. No se trata de repetir frases motivacionales frente al espejo, sino de cambiar el tono de la conversación interna. El amor propio no se construye desde la exigencia, sino desde la empatía con uno mismo.
Sentirse en paz es también comprar con concienciashutterstock - Shutterstock
Y eso impacta directamente en el consumo. Según un estudio publicado en Journal of Consumer Research, las personas con mayor autocompasión tienden a comprar menos por impulso. Cuando uno se siente en paz consigo mismo, deja de buscar validación en los objetos. La moda, la cosmética o la tecnología dejan de ser refugio emocional y vuelven a ocupar su verdadero lugar: herramientas de expresión, no de compensación.
En mis años como consultora de imagen, lo veo todos los días: detrás de cada cambio de estilo hay un proceso más profundo que tiene que ver con reconciliarse con la propia mirada.
La ropa puede ayudarnos a narrar quiénes somos, pero nunca puede reemplazar esa conversación interna. Cuando una persona empieza a vestirse desde la aceptación y no desde la carencia, su presencia cambia. Ya no busca esconderse ni impresionar: busca conectar.
El filósofo De Botton dice que la belleza no debería servir para compararnos, sino para inspirarnos. Y ese cambio de enfoque también redefine nuestra relación con la moda y la estética. Amar la belleza —propia y ajena— no tiene nada de superficial cuando proviene de la gratitud.
Estudios actuales sobre salud mental coinciden: el amor propio se entrena. No es una emoción constante, sino una práctica diaria. A veces empezar con algo tan simple como hablarse sin juicio, descansar sin culpa o aceptar el cuerpo tal como es hoy. Pequeños gestos que, sostenidos en el tiempo, cambian la forma en que uno se muestra al mundo.
El día a día nos empuja a compararnos todo el tiempo, por eso amarse a uno mismo se vuelve un acto radical. No es aislarse del mundo, sino aprender a habitarlo con autenticidad. No es renunciar al cambio, sino hacerlo desde el deseo y no desde la carencia. Porque cuando hay amor propio, la imagen deja de ser una máscara y se convierte en una declaración: “Esto soy, y estoy en paz con lo que proyecto“.
La autora es asesora de imagen @danisa_bevcic
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