
Hace algunos meses, la noticia de una operación de trasplante de mano recorrió el mundo. Uno de sus protagonistas fue el especialista argentino Martín Favetto
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Si usted hubiera perdido una parte de su cuerpo, ¿cuántos años de vida entregaría para recuperarla? La respuesta de Matthew Scott fue que arriesgaría su propia vida. Y lo logró.
Fue a través de un trasplante realizado en Louisville, Kentucky, Estados Unidos, una operación en la que intervino el traumatólogo argentino Martín Favetto. Egresado de la Universidad de Buenos Aires, Favetto, uno de los 13 médicos encargados de la operación, pasó por el país para visitar a su familia. Es muy joven y algo tímido. Parece como si no tuviera conciencia de la hazaña en la que participó.
-Doctor Favetto, ¿cuál fue su intervención en el equipo quirúrgico?
-Yo fui el encargado de preparar el muñón del receptor y hacer la conexión de los huesos.
-¿Cómo se llegó a este logro de la medicina?
-A principios de 1998 formamos un equipo para estudiar si se podía realizar una operación de este tipo. El doctor Warren Breidenbach, que organizó todo, nos asignó las funciones. El problema no era la conexión de huesos, tendones, arterias y nervios, algo que se hace desde hace mucho tiempo. La mayor dificultad es el rechazo, ya que el cuerpo trata de deshacerse de lo que no es suyo. Ocurre lo mismo, por ejemplo, en el caso de los trasplantes de riñones, corazón o pulmones.
-¿Cómo lo resolvieron?
-Existen drogas que evitan el rechazo. El problema es que también tienen sus riesgos, porque al disminuir la inmunidad, el paciente corre peligro de contraer infecciones y morir. Se le está provocando un cuadro parecido al del SIDA. Claro que cuando las personas tienen patologías cardíacas o del hígado, por ejemplo, si no se operan de todos modos deben enfrentar la muerte.
-¿Pero es ético arriesgar la vida de una persona para que recupere un miembro que no es vital?
-Esa era la cuestión. Teníamos una operación que sabíamos hacer. Teníamos los donantes y la tecnología como para evitar el rechazo. Pero una persona que perdió una mano no corre ningún riesgo de vida y, en cambio, sí podría sucederle al operarla, ya sea por los remedios que le damos o por la cirugía misma.
Momento de decisión
-¿Qué los ayudó a decidirse?
-Por un lado, teníamos un grupo de investigación que estaba haciendo pruebas con cerdos. Sabíamos que el régimen que se utiliza para los trasplantes de riñones funciona y el riesgo es relativamente bajo. Pero, en el caso de una extremidad, creíamos que el rechazo iba a ser mayor, ya que se trataba de un trasplante de tejido compuesto, porque tiene hueso, músculo, tendones, piel...
Entonces, reunimos un panel de especialistas en trasplantes y en ética médica, un grupo de psicólogos y un grupo de pacientes amputados; y en el 98 hicimos un congreso para debatir el tema.
-¿Cómo eligieron al candidato?
-Buscamos a pacientes que estuvieran dispuestos a correr todos los riesgos.
Se creó una lista larga de lo que necesitaba tener ese paciente. Entre otras cosas, debía ser alguien que hubiera perdido ambas manos, ya que así tendría un mayor beneficio corriendo el mismo riesgo. Pero nos dimos cuenta de que muchos de los que se presentaron tenían el problema en un solo brazo.
Además, necesitaba medios como para poder tomar la medicación, que cuesta hasta 12.000 dólares al año, durante el resto de su vida.
Finalmente, debía ser alguien muy fuerte desde el punto de vista psicológico y que pudiera entender los riesgos que corría.
Entonces, encontramos a este paciente que es paramédico , o sea que tiene una idea de los aspectos médicos que involucra una cirugía como ésta; y que estaba usando una prótesis. Realmente nunca se había acostumbrado a la pérdida, que había sufrido 15 años atrás por un accidente pirotécnico.
Una nueva vida
-¿Cómo es él?
-Vive en Nueva Jersey y tiene alrededor de 37 años. Es zurdo y había perdido su mano izquierda. Lo que más le dolía era no poder jugar al beisbol con su hijo.
-¿Qué puede hacer Matthew hoy con su nueva mano?
-Está otra vez trabajando en su ciudad. Puede mover la mano, agarrar cosas, escribir su nombre y hasta tirar una pelota. El último 28 de enero fue la operación y en abril lanzó la primera pelota en un partido de beisbol de su equipo preferido.
-¿Tuvieron el éxito que esperaban?
-Hasta ahora, en un ciento por ciento. Es más, ya tiene sensibilidad en la palma de la mano. No pensamos que iba a progresar tan rápido. De todas maneras, hay que esperar. Todos los años el paciente corre un 50 por ciento de riesgo de rechazo. Es un porcentaje muy alto.
-¿Es la primera vez que se realiza un trasplante de mano?
-No. Se había hecho uno en septiembre de 1998 en Francia. Pero no tuvo el éxito esperado. El paciente era un presidiario de Nueva Zelanda. Pero no pudo ejercer ninguna función con su mano implantada. Además, se escapó de los médicos, dijo que no quería tomar más drogas de inmunosupresión. Hoy no se sabe nada de él. El grupo que realizó el trasplante se deshizo.
-¿Esta experiencia abre la posibilidad de trasplantar otras partes del cuerpo?
-Ya hay cirujanos pensando en trasplantes de nariz, orejas, labios, pechos y ese tipo de tejidos. Pero otra vez entra en juego lo del riesgo de vida. Mi grupo va a continuar perfeccionando el trasplante de manos en el nivel de la muñeca. Porque a medida que el corte es más grande la cosa se complica.
-¿Cuándo va a ser la próxima cirugía?
-Pensamos hacer diez más para ver cómo funciona. Ya tenemos un paciente en lista de espera. Cuando aparezca un donante apto, se toma un avión directo al hospital
Como en las películas
Unos años atrás Martín estaba mirando una película de ciencia ficción en la que trasplantaban a un humano diferentes partes del cuerpo. Apagó la televisión pensando que eso nunca podría suceder: "Pensaba que no había manera de que se pudieran regenerar los nervios". Se equivocaba.
Martín nació en Buenos Aires y tuvo que estudiar en diferentes países, porque su papá trabajaba en una compañía en la que tenía que viajar mucho: "Creo que eso me ayudó en mi carrera en el exterior porque me permitió aprender a hablar en inglés".
En 1985, se inició en medicina en la UBA; más tarde cumplió la unidad docente en el hospital Castex, dónde se especializó en traumatología, y en 1990 se recibió. También en el ex Castex (actualmente Eva Perón), comenzó su residencia. Allí realizaba cirugías de mano, dentro del área de traumatología. El jefe del servicio en ese momento, le consiguió una entrevista para una beca en un Hospital de Louisville.
Cuando terminó su beca le pidieron que permaneciera un año más y luego decidieron que se quedara definitivamente para integrar el grupo que coordina el doctor Breidenbach y ya no piensa en volver, porque renunciaría a las posibilidades profesionales que le brinda el país del Norte.
¿Es posible hacer algo comparable en el país? Según Favetto hay médicos preparados como para hacerlo, pero la dificultad más importante es que no hay donantes. Otro problema es que los familiares, en general, aceptan entregar las vísceras, pero no un parte visible de la anatomía, como una mano. Por eso, también existe la posibilidad de armar prótesis especiales para disimular esa ausencia. Frecuentemente, no se rehúsan a donar el corazón, un riñón o los pulmones. Pero una mano es distinto, porque es visible.
"En los Estados Unidos, se puede disponer de prótesis que disimulan ese hecho", afirma el doctor Favetto.





