Toxicidad social: cuando el entorno enferma

Baja productividad, irritabilidad, falta de concentración o adicciones a drogas son comportamientos que resultan del "malhumor ciudadano"
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4 de octubre de 2008  

Pasar diez minutos, media hora y aún más, ante un canal de televisión que repite las noticias más escabrosas del día sin escatimar golpes bajos requiere una importante actividad mental para contrastar esos mensajes con otros, obtenidos del contacto con el mundo, y concluir que no es esa que muestra la pantalla la única realidad. Que no necesariamente tiene que sucederle a uno todo lo que ve en pantalla.

Si se comparase la reacción, al cabo de un tiempo, de grupos de personas con diferentes grados de exposición a ese tipo de mensajes y diferentes grados de actividad social que les permita contrastar el bombardeo de información que reciben, pocas dudas caben acerca de dónde se encontraría gente más deprimida o con trastornos de ansiedad, por ejemplo. El neurobiólogo Jorge Colombo, investigador del CONICET, considera ese fenómeno –y muchos otos de los que normalmente ocurren en la vida social– en términos de una "farmacología del medioambiente" que puede llevar fácilmente a una "toxicidad social".

Lo bueno es que si ciertos factores de ese medioambiente "tóxico" se pueden revertir, podrían darle a las personas más elementos para resolver las tensiones de la vida cotidiana de una manera menos destructiva y más productiva, es decir, convertirse en una suerte de "farmacología social" realmente "terapéutica".

"El enriquecimiento social y afectivo, o del ambiente físico, genera condiciones virtuosas para el desarrollo cerebral y mental hasta la adolescencia. Pasado ese periodo inicial –apunta el especialista– estas condiciones continúan generando un refuerzo positivo de comportamientos productivos". Científicos de todo el mundo han analizado ésto tanto en grupos humanos como en animales de experimentación.

Por el contrario, "la marginalidad, la desocupación, la inseguridad personal, la noción de inmovilidad social, la banalidad predominante en muchos medios de comunicación masivos, la falta de perspectivas personales, la ausencia de expectativas positivas y otros factores", explica Colombo, "pueden considerarse como parte de una farmacología social que genera comportamientos dispares, y en un contexto no completamente metafórico".

Su inquietud "está muy lejos de pretender originalidad en cuanto a las bases científicas", según él mismo explica: "Sería una visión monocular soslayar la injerencia directa que tienen las decisiones de políticas públicas sobre la salud mental y los comportamientos de una comunidad", aclaró.

Voces por fuera, emociones por dentro

Tanto los estímulos del ambiente como la ación de drogas psicoactivas se traducen en el cerebro al lenguaje de las interacciones químicas entre los neurotransmisores y las neuronas o células nerviosas. Las drogas psicotrópicas activan, inhiben o bloquean, dentro de las neuronas, los reeptores que las hacen sendibles a neurotransmisores. De esta manera se producen "artificialmente" estados de alerta, ansiedad, receptividad, agresividad, depresión o sueño. Las condiciones ambientales objetivas, incluidas la palabra y el gesto, se incorporan al ser percibidas y adquieren una forma similar: la de "mensajes" electroquímicos que circulan a través de la trama de circuitos cerebrales, "gatillando" distintas respuestas tanto racionales como afectivas.

Vengan de donde provengan (de los medios o del entorno), las noticias generan rechazos, adhesiones, adicciones, depresión, excitación, apego, tanto como sus expresiones contrarias, o simplemente indiferencia. Todos ellos moificadores del comportamiento que, por cierto, no vienen en cápsulas. "Los estados de abulia, depresión, ansiedad, manía, y euforia han sido descriptos en la historia como resultado tanto de maladaptacion como de éxito social, como también por falta de alimentos esenciales, o la ingesta de compuestos naturales o sintéticos que afectan el estado emocional, la autocrítica o la identidad", argumenta el neurobiólogo.

Desde su óptica, fenómenos como la baja productividad individual, irritabilidad, falta de concentración, formas sociales de autismo, adicciones a drogas, comportamientos caracterizados por desinterés o el relegamiento de reglas u ordenanzas públicas serían expresions de ese "malhumor ciudadano".

Venenos y antídotos

La contención de un niño, de un anciano, de una persona enferma o en una pareja producen relajación y sensación de seguridad, o todo lo contrario si las condiciones se perciben agresivas, explica el científico. Respuestas neurovegetativas como taquicardia, hipertensión, gastritis, alteraciones del tránsito intestinal, alteraciones del sueño o bien conductuales (falta de concentración, impulsividad) o emocionales (inestabilidad, agresividad, indiferencia) son un denominador común a ciertos elementos "farmacológicos" del medio ambiente.

La presencia protectora de la madre para el bebé sería la primera manifstación vital de la influencia del medio ambiente. Como lo demostrara ya el psicólogo experimental estadounidense Harry Harlow en la década del ’50, incluso con monos sucede que si la madre está cerca el pequeño tiene una actitud exploratoria del ambiente, mientras que en su ausencia permanece en un rincón en actitud pasiva y retraída.

En la última década, agrega Colombo, diferentes grupos de investigación acumularon evidencia sobre cómo las condiciones socioeconómicas modulan la emergencia y el desarrollo de aspectos básicos de la conducta inteligente. Y ciertas formas de entrenamiento cognitivo han demostrado poder beneficiar el ajuste al medioambiente, o la respuesta ulterior a condiciones negativas.

La pregunta clave es cuáles serían los "antídotos" para los efectos tóxicos. "La respuesta es sencilla, pero el proceso aparenta ser muy dificultoso, pues se trata de generar una sociedad con mayor bienestar, eliminar la inequidad en la distribución de la riqueza, mayor y mejor educación, menor impunidad de los niveles directivos, tender a construir una sociedad más acorde con las necesidades fundamentales de la población y generar predictibilidad de las condiciones de vida a futuro. Por ello es que la mayor responsabilidad la tienen los hacedores y ejecutores de políticas públicas, los mayores proveedores de ‘toxinas sociales’ en la actualidad." Y no solamente habría que eliminar los "factores tóxicos sociales" sino también proveer los medios para "desintoxicar" a los más afectados.

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