
El doctor José Miguel Palacios desarrolló una técnica que permite salvar a la madre y evitar la histerectomía (ablación del útero) en casos de malformaciones placentarias que hasta ahora eran intratables
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Placenta ácreta; placenta pércreta ... Mencione estas palabras delante de un obstetra y verá su gesto de preocupación. Son los nombres de un drama que se precipita sin previo aviso en uno de cada 5000 nacimientos, y constituye una de las principales causas de muerte materna. Peor aún: no respeta edad, país ni condición económica.
Ahora, un médico argentino está a punto de quitarle a estos males el sinónimo de tragedia. Es el doctor José Miguel Palacios Jaraquemada, docente de la Facultad de Medicina de la UBA y flamante galardonado con el premio al mejor trabajo de obstetricia de la Sociedad Argentina de Obstetricia de Buenos Aires, por sus investigaciones relacionadas con el diagnóstico de este problema. ¿De qué se trata todo esto?
Viaje al interior
Si uno hiciera un viaje imaginario al útero de una embarazada se encontraría con el bebe en plena formación, unido mediante el cordón umbilical a la placenta. Este órgano es el encargado de nutrir al feto durante los nueve meses que dura el embarazo y está adherido a la pared del útero a través de una membrana que es sumamente importante, porque permite luego del parto o la cesárea que la placenta se separe fácilmente del útero y pueda ser extraída sin dificultad.
Pero en ocasiones, esa membrana se adhiere al útero con notable firmeza ( placenta ácreta ). En otras, la placenta atraviesa los tejidos del útero hasta adentrarse en la vejiga, como si se tratara de las raíces de una planta ( placenta pércreta ).
Cuando los obstetras tienen pacientes con múltiples cesáreas y la placenta se ubica en el sector inferior obstruyendo completamente el canal natural de parto (placenta previa oclusiva), pueden encontrarse con un panorama realmente inquietante en la cirugía. La excesiva cantidad de arterias y venas anormales hacen que extraer el recién nacido y proteger a la madre sea una tarea muy complicada. Es que una vez abierta, la placenta debe ser sacada de allí. Entonces, el útero y la vejiga se hacen trizas. El desgarro es terrible y la hemorragia, imparable (cerca de un litro por minuto). Ligar las dos arterias principales de la pelvis (arteria ilíaca) puede dar una oportunidad, aunque en general no da resultado, ya que la sangre vuelve por caminos alternativos; una treta del cuerpo humano para proteger el embarazo, pero que en este caso juega en contra.
Entonces, ya sin más opción, se extrae el útero en condiciones muy adversas. Con suerte, la mamá sobrevive, pero el volumen de sangre perdido puede ser enorme (el récord fue una paciente a la que se le transfundieron 75 litros). Aun así, en los casos de percretismo la mortalidad es muy alta.
Con olor a formol
Impresionado por la muerte de una colega por esta causa, hace ocho años el doctor Palacios Jaraquemada decidió buscar una solución al problema.
Entonces se sumergió en el mundo de la circulación pélvica, una intrincada red de vasos sanguíneos que abastece al útero; quizás, uno de los sistemas más complejos de todo el cuerpo. La idea parecía simple: extraer el bebe de manera segura, cerrar la circulación y luego quitar la placenta adherida en forma anormal. Finalmente, reconstruir útero y vejiga antes de restablecer el flujo de sangre. Pero llevarla a la práctica no resultó tan sencillo.
"Me decían que era casi imposible -recuerda-. Fueron años enteros de dedicación y esfuerzo y mucho olor a formol en la 2º Cátedra de Anatomía de la UBA. Siempre estimulado por mi jefe, el doctor Horacio Conesa. Luego de tanto trabajo, la solución apareció."
El especialista comprendió que para evitar la hemorragia masiva lo más importante no era la arteria ilíaca, sino la aorta abdominal. También se concentró en seleccionar las distintas entradas arteriales al útero y en la utilización de ligaduras selectivas y un sellador especial.
En 1995, cuando intervino a las primeras pacientes, experimentó la satisfacción de comprobar que su método daba resultado y el bebe y la mamá volvían juntos a casa. El útero se salvaba y todo evitando al máximo la pérdida de sangre. Tampoco era necesario pasar por los terribles momentos de angustia, clásicos en este tipo de intervenciones. Con el tiempo la técnica también se adaptó perfectamente para asistir nacimientos en los que dentro del útero, junto con el bebe había miomas gigantes, tumores benignos que también pueden provocar hemorragias descontroladas.
Faltaba algo más. Algo no menos importante que la técnica quirúrgica. "No se trata de acudir a la ayuda del obstetra ante una emergencia, sino de prevenir y programar las cosas -explica Palacios-. Un inconveniente es que estas enfermedades no siempre pueden ser detectadas correctamente con una ecografía común."
Para Palacios Jaraquemada, entonces, llegó el momento de desarrollar una estrategia diagnóstica. Junto con el doctor Claudio Bruno trabajó en la Fundación Científica del Sur con resonancia magnética obstétrica. Las imágenes que obtienen ahora son de calidad notable. "Las utilizamos en casos de duda. No sólo aparecen las placentas anómalas, también podemos saber por dónde conviene abordar el útero en el momento de la cesárea", explica.
Pacientes de lujo
Recientemente, Palacios Jaraquemada comenzó a trabajar en el hospital Durand, donde según el propio investigador las mujeres son tratadas como pacientes de lujo , aunque no tengan cobertura. Allí, junto con los doctores Mario Pesaresi y Susana Hermosid intentan formar un grupo interdisciplinario para atender estos casos. "También trabajamos con la doctora Adriana Sarto, una brillante hematóloga de la Academia Nacional de Medicina que estudia indicadores específicos que aparecen en la sangre cuando hay riesgo de acretismo o percretismo. Estos estudios nos han permitido conocer y tratar factores de riesgo desconocidos hasta hace poco", agrega Palacios.
El primer paso son los antecedentes de la paciente. "Hay que prestar especial atención a aquellas mujeres que simultáneamente tienen tres o más cesáreas anteriores y placenta previa oclusiva. También merecen mayor atención aquellas mujeres con varios raspajes uterinos e igual anomalía placentaria", agrega.
Hasta el momento, los números de Palacios Jaraquemada son alentadores. Lleva operados más de 40 casos. En situaciones normales muchas de esas mamás habrían muerto y probablemente todas habrían perdido el útero. Pero gracias a la nueva técnica, 37 aún lo conservan. "En tres casos, el útero se perdió por complicaciones ajenas a la técnica", recuerda.
Quizás la mejor estadística sea pequeña, pero elocuente: "No tengo contacto con todas las mujeres que operé, pero sé que tres de ellas volvieron a concebir. Una no respetó las condiciones posoperatorias y desarrolló una nueva placenta pércreta. La volvimos a operar y una vez más salvamos su útero", concluye.
Una técnica en busca de escuela
Por el momento, el doctor José Miguel Palacios es el único que domina la técnica de cirugía con conservación de útero.
"La posibilidad de transmitir conocimientos es otra de las metas que me propuse -admite-. El problema es que los alumnos tendrían que tener un excelente conocimiento previo de la circulación pelviana que es sumamente compleja, y en general no hay personas así en el país. De todas maneras, el de la formación no deja de ser uno de mis objetivos"





