
Conectar con la luna llena puede ser una experiencia beneficiosa para la salud mental: contemplar su luz blanca y serena invita a hacer una pausa, encontrar calma y dejarse envolver por una sensación de paz
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En las tardecitas de luna llena, ellos se juntan, con mate y reposera, y la ven salir del río, en la costa de Vicente López. Lo vienen haciendo desde hace años y lo disfrutan serenamente mirando el horizonte. A veces las nubes les juegan una mala pasada y a la luna hay que adivinarla allá, detrás de la bruma. El grupo de “lunáticos” forma parte del taller llamado “Nos relajamos contemplando la luna llena” que es uno de los grupos gratuitos del Programa de Salud Mental Barrial del hospital Pirovano. Es que se trata de hacer salud más que pelearle a la enfermedad y, convengamos, nada como la luna para sosegar los espíritus y templar la salud del alma.
Si hace mucho frío, se abrigan; si hace calor, van con ropa liviana; si hay mosquitos, llevan repelente y, si llueve, van a un bar cercano a leer poemas y textos acerca de esa luna que la meteorología impide ver. El asunto es compartir ese momento de luna llena y río, junto a otros que saben valorar la cuestión. Charlan, traen textos acerca del tema, rememoran lunas de su pasado… y así la pasan bien, luna mediante.
En algún momento se decía que la persona abstraída “estaba en la luna”, y se lo mencionaba como algo negativo. “Estás en la luna de Valencia” era otra expresión para nombrar un estado que, sin dudas, atentaba contra la idea de una vida llena de productividad, con tiempo a full. La luna, para esa manera de ver la vida en modo producción, es el enemigo, pero no, no es el enemigo, como bien lo saben los asistentes del taller mencionado y, también, los astrónomos, los astronautas, los enamorados, los poetas y aquellos que viven en zonas sin luz eléctrica, en donde la luna es el farol que ilumina en la noche.
También lo saben aquellos que, a través de la ventana del departamento, de repente se la encuentran allá arriba, justo en el ángulo de los edificios contiguos, y le agradecen que les recuerde que hay todo un cielo allá arriba, una enorme ventana a la maravilla, que, si bien queda tapado por tanta arquitectura, está allí, acompañando.

¿Habrá alguna universidad que valide científicamente que hace bien tener alguna conexión con la luna? Habría que averiguarlo. No sea que muchos enamorados a lo largo de los siglos se hayan equivocado al adjudicarle a nuestro satélite el hechizo de su sentir o que esa luz blanca y serena que ilumina la noche de campo no sea, de verdad, una compañía que aleja los fantasmas que habitan lo oscuro.
La actual epidemia de ansiedad, angustia, mentes rumiantes y soledades desoladas mucho tiene que ver con el encierro en un mundo de imágenes que, de diferentes maneras, hacen perder la idea de la proporción de las cosas.
“El poeta solo pretende meter su cabeza en el cielo. El lógico es el que pretende hacer entrar el cielo en su cabeza. Y es su cabeza la que revienta”, decía Chesterton. Podemos entender la frase como una descripción de la intención de “cranearlo” todo (el “lógico”), proyectando a futuro, dominando variables, haciendo foco excesivo en un estilo de eficiencia casi mecánica, pero que niega la importancia de los “momentos luna”, que es el que podemos ver en los chicos que se detienen a mirar un punto, una hormiga o la luna misma, sin necesidad de ir a una clase de mindfulness para lograr entrar en ese estado que resetea todo y permite que la vorágine no nos lleve puestos.
Hay un puentecito en el corto camino que hay entre la ruta 41 y un pueblito llamado Vagues, vecino de San Antonio de Areco, en el que, en las noches de luna llena, algunos autos se detienen y la esperan. Algunos saben que llegará; otros pasan y deciden parar. Se asoma en el horizonte y va subiendo, mientras los observadores, en inesperada cofradía, intercambian algunas palabras, unidos por el mismo sentimiento de asombro.
Hay teros lejanos, alguna lechuza, pero la luna dice lo suyo en silencio, mientras sube e ilumina. Todos los presentes saben que será difícil luego describir lo que están viendo, que será solo un “vi la luna llena salir, fue muy lindo” y esa vivencia de lo maravilloso quedará en el camino y se perderá en el lugar común. Por un lado, da tristeza que sea así y que pueda parecer un simple espectáculo, uno más. Pero igualmente la vivencia queda. La luz blanca hace lo suyo para abrir por un instante la ventana a esa “otra cosa” que va más allá de las palabras y los pensamientos.
No podemos pedirle a los que habitan las ciudades que tengan a la luna como compañera permanente, pero sí podemos aconsejar que se respeten, al menos, los “momentos luna” de la vida, la propia y la de los otros. No es vagancia ni locura. Es un “misterio maravilloso” quizás, de esos que no hace falta desentrañar para que hagan bien y nos permitan ver lo cotidiano con nuevos ojos. La luna está allí, sin pedir nada a cambio. Será cuestión de encontrarla.



