
Barras y narcos: acribillaron a “Juancito” Gómez, el hincha sin lealtad que dio el salto de la tribuna de Rosario Central a la de Newell’s
El asesinato de este joven reabre el mapa de la guerra por el poder en las hinchadas rosarinas y el crimen organizado
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ROSARIO. Juan José Gómez, de 26 años, fue acribillado en la puerta de un complejo de departamentos de Garibaldi al 2400, en inmediaciones del barrio Itatí, en Rosario. Según los primeros testimonios, un sicario le disparó desde Peugeot 208 gris y escapó sin ser identificado. Gómez era cercano a Andrés “Pillín” Bracamonte, exjefe de la barra brava de Rosario Central, asesinado en noviembre de 2024 en las inmediaciones del “Gigante de Arroyito”. Sin embargo, en los últimos tiempos se lo asoció con lo más denso del paraavalanchas del archirrival “canalla”: Newell’s Old Boys. Esa mutación solo se explica por la relación simbiótica que, en esta ciudad, tienen narcos y barras.
Gómez alcanzó a ser trasladado al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (HECA), pero los médicos no pudieron hacer más que constatar su muerte, producto de los múltiples disparos recibidos en el cuerpo. Los autores del crimen aún no fueron identificados.
El nombre de la víctima no era ajeno a las páginas policiales. Y su historia condensa la lógica que rige hoy en el ambiente del fútbol rosarino: hinchas que saltan de una tribuna a la otra según el humor de las bandas narco que manejan el negocio, y que terminan muertos cuando dejan de ser útiles o quedan del lado equivocado de una interna.
Dentro de la barra de Rosario Central, Gómez integraba junto a su hermano —apodado “Gamuza”— la facción Los Guerreros. De ese espacio fueron desplazados tras el suceso que partió en dos el mapa de las hinchadas de la ciudad: el doble crimen de “Pillín” Bracamonte y de Ricardo “Rana” Attardo, acribillados el 9 de noviembre de 2024 a pocas cuadras del Gigante, en una calle que esa noche tenía convenientemente la luz cortada.

Bracamonte había gobernado la barra “canalla” durante más de 25 años. Su caída dejó la conducción vacante y desató una pelea sorda por quién se quedaba con el paraavalanchas y, sobre todo, con los negocios que orbitan alrededor: reventa de entradas, estacionamiento, control territorial y, cada vez con más peso, la distribución de droga.
En ese vacío se impusieron Los Menores, la banda del norte de Rosario a la que la propia investigación judicial ubica en la planificación y la logística del crimen de Pillín. Su jefe, Matías Gazzani, es hoy el prófugo con la recompensa más alta de la Argentina.
Desplazados los sectores ligados al “viejo orden”, hinchas como Juancito quedaron a la intemperie. Y ensayaron una salida arriesgada: cruzar la vereda futbolera. Unos seis meses después de la muerte de Bracamonte, Gómez se trepó al paraavalanchas de Newell’s junto a Juan Domingo “Cascarita” Ramírez, otro simpatizante que también había cambiado de tribuna. La lealtad no se medía por los colores, sino por los negocios, la protección y la conveniencia.
Cascarita, de 51 años, fue baleado el 22 de julio de 2025 frente al Hospital de Niños Víctor J. Vilela y murió dos semanas más tarde. El crimen fue vinculado a la interna de la barra leprosa, un territorio donde —como estableció la Fiscalía de Rosario— distintos sectores de Los Monos absorbieron hace tiempo la hegemonía de la hinchada.
Ese cruce de Central a Newell’s, lejos de ser una anécdota, es la marca de época: las barras dejaron de ser tribus futboleras autónomas para convertirse en apéndices de estructuras criminales mayores. Quien cambia de camiseta no cambia de club: cambia de patrón y queda expuesto a represalias de ambos lados.
La otra cara de Gómez asomó en septiembre de 2025, cuando quedó involucrado en la causa por el llamado “autoatentado” de Norma Acosta. La fiscalía a cargo de Pablo Socca lo imputó al considerar que Acosta le había encargado organizar una balacera contra su propia casa de pasaje Larguía al 3400 para intentar responsabilizar a jefes policiales y presentarse como víctima de una represalia por supuestas denuncias de corrupción.
El fiscal concluyó que la mujer había mentido. Gómez fue imputado por intimidación pública agravada y abuso de armas; se entregó en la división de Asuntos Internos y estuvo diez meses preso hasta que lo liberaron en julio pasado. Poco más de un mes después de recuperar la libertad lo mataron.
Ese episodio ilumina otra zona gris: el uso de barras como mano de obra para operaciones que rozan a la propia policía. La causa se cruzó, además, con la megainvestigación por el fraude en la compra de combustible para la Policía de Rosario, uno de los expedientes que dejó al descubierto la porosidad de las estructuras estatales y los vasos comunicantes con el mundo del delito organizado.
El crimen de Juancito Gómez no tiene todavía una hipótesis firme ni imputados, pero se inscribe en una serie: la de los “perdedores” de la guerra que abrió la muerte de Pillín Bracamonte.
Casi dos años después de aquel doble homicidio, la barra de Central no logró estabilizar un liderazgo indiscutido, Gazzani sigue prófugo y las esquirlas siguen cayendo sobre los eslabones más débiles de la cadena: los hinchas de segunda línea que cambiaron de bando buscando sobrevivir y encontraron exactamente lo contrario.
En Rosario, cada uno de estos crímenes se lee menos como un ajuste futbolero que como un capítulo del mismo relato: el de las organizaciones criminales que hicieron de la pasión por el fútbol una herramienta más de su negocio, y de las tribunas, un frente más de su guerra.
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