Una muerte por violencia callejera es solo la punta del iceberg

Rafael Velasco
Rafael Velasco PARA LA NACION
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25 de enero de 2020  

Una nueva muerte por una pelea callejera a la salida de un boliche. No es la primera. Nuevamente el dolor irracional. Nuevamente la búsqueda de culpables. Hoy el culpable es el rugby. Mañana será el futbol, luego se dirá que es la droga, otros dirán que es la educación? Los culpables son otros, siempre es algo externo.

Sin embargo, llama la atención que no se relacione, por ejemplo, esta violencia irracional con el mundo de la noche con el que nadie sabe qué hacer (excepto, claro, los dueños de la noche), en el que los padres han perdido liderazgo, porque de verdad no saben adónde ni a qué van sus hijos e hijas, y si lo saben, lo disminuyen diciendo que "son jóvenes". No saben en manos de quiénes quedan: de los que lucran con la noche y sus derivados: el alcohol, las drogas. Es una tierra de nadie, sin adultos responsables. En este contexto, los padres y madres que cuidan a sus hijos son vistos como "guardabosques", "ortivas", "cuidas", etc. Los adolescentes no quieren ser sindicados como hijos de semejantes progenitores. Los otros padres, que dejan hacer, dicen: "Son chicos"... Sin embargo, parece que algunos de esos adolescentes son capaces de matarse unos a otros.

Llama la atención que nadie se pregunte, tampoco, si no tiene nada que ver este tsunami cultural en el que parece ser que los niños no son de nadie y tienen derecho a todo con casi ninguna obligación. La consagración de los derechos del niño ha sido un gran avance, pero en algún punto está resultando una suerte de caballo de Troya. Un ejemplo foráneo: una funcionaria del gobierno español decía, hace muy poco, que "de ninguna manera se puede admitir que los hijos son de los padres". Es verdad, no son "propiedad de nadie", pero entonces ¿cuál es el rol de los padres?, ¿para qué están? Llama la atención que esa misma funcionaria sostiene aquello de "mi vientre, mi decisión". Parece ser que durante la gestación ese niño es propiedad de la persona gestante, pero al nacer ya no. ¿Quién se hace cargo de los niños? Ya algunos padres hasta temen ponerles límites a sus hijos porque estos los amenazan con que los van a denunciar.

El problema es más complejo aún cuando a una generación que ahora está en situación de ser padres se la ha formado en que no hay que frustrar a los niños, por lo tanto no hay que decir que no, no hay que poner límites, hay que ser "piolas", amigos de los hijos. Un padre de los "antiguos" decía: "Para amigos tienen el club, la cancha, la escuela. Yo soy su padre, no su amigo". En el libro El gesto de Héctor, Luigi Zoja dice que la paternidad se daba -en la mitología grecorromana- en el momento en el que el padre levantaba a su hijo y se lo ofrecía a los dioses. "Héctor se quita el casco, lo pone en el suelo y puede abrazar al niño. Formulando un deseo para el futuro, eleva a su hijo hacia lo alto con los brazos y con el pensamiento. Este gesto será, para siempre, la marca del padre". Y esa es una decisión personal y libre de hacerse cargo. Faltan más Héctor.

Se afirma que el patriarcado es el culpable de la mayoría de los males y sin embargo hoy es difícil encontrar padres, porque su imagen está difuminada y hasta mal vista. En muchos casos carece de relevancia porque se fue de casa, o porque no trae el sustento dado que está sin trabajo, o porque trabaja como esclavo y está frustrado y sus hijos no quieren ser como él... Desde determinados sectores se lo estigmatiza como "un rol propio del paradigma heterosexual dominante". Padres ya casi no hay. Y cuando no hay padre, paradójicamente, queda el macho, el depredador sin ley. ¿No tendrá que ver eso también con esta violencia sin control? Hay que recordar que es Freud -no Pío X el que dice que el padre es el que pone orden ante la horda primitiva. Sin padre, es decir sin ley, la violencia se adueña de la escena. Pero la ley, el límite, tiene mala prensa. Ni hablar de la palabra autoridad, inmediatamente hay que hacer una serie de distinciones para no quedar como un retrógrado, porque se confunde autoridad con autoritarismo.

¿Ninguna de estas cosas tiene que ver con esta violencia entre jóvenes? ¿No tiene que ver, también, cómo se les ha quitado toda autoridad a maestras y maestros en las escuelas? ¿No tiene que ver que los funcionarios educativos, en vez de apoyar a los docentes, dan la razón a padres enardecidos que se quejan porque el docente -con virtudes y defectos ha puesto una mala nota o una "sanción" (otra palabra tremenda hoy)? ¿No tendrá que ver que muchos docentes, conociendo esto y temiendo en no pocos casos ser golpeados por furiosos progenitores, deciden "bajar un cambio" y hacer como que no ven, terminar la clase y seguir?

Y en medio de todo esto, los niños, que luego son adolescentes y jóvenes, que crecen sin "figura paterna" (es decir, sin ley o sin una referencia contra la que rebelarse), que en la escuela no tienen referencias, que escuchan que son sujetos de derechos y no de obligaciones, que ven que la sociedad premia eso, que están solos en el mundo de la noche, que es el mercado en el que lucran los que tienen oscuros intereses... ¿qué resultado esperamos?

No es el rugby, no es el fútbol. O al menos no es solo eso. Somos nosotros. Necesitamos replantearnos desde la base algunas cosas: ¿qué es la familia?, ¿qué lugar ocupa la escuela en todo esto?, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por dar orientación y consejo a los niños y jóvenes que la vida nos confía.? Son algunas de las cuestiones centrales.

La violencia homicida, como la que tanto nos escandaliza en estos días, es solo la punta del iceberg. Podemos seguir rasgándonos las vestiduras o profundizar un poco más.

El autor es sacerdote jesuita

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