
A pulmón, los vecinos levantaron su plaza
En Chacabuco y San Juan, San Telmo, parquizaron el terreno con ayuda de una empresa; un guardián voluntario la vigila
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Son las 20.30 de un lunes cualquiera. Reina y Diana se pelean cerca de la reja que encierra la fuente que a esta hora ya no lanza agua. Felipe hace su entrada triunfal, como si fuera un galán enano de cine, y las dos cachorras se acercan para hacerle fiesta. Los tres perros salen corriendo como impulsados por un deseo irrefrenable, mientras sus dueños se paran a fumar quizá el último cigarrillo de la noche.
Hablan del tránsito, cuidan a sus mastines, se acercan a mirar las nuevas reformas y discuten sobre la importancia de tener a un jardinero que se haga cargo.
Federico, que como todas las noches pasea a Romualdo, piensa que la cancha de bochas, una especie de conquista social para los vecinos, tendría que tener "un techito" para los días de lluvia porque, "después de todo, La Peñaloza se lo merece", dice.
La escena en "La Peñaloza", denominada rotundamente "La Plaza", se repite todas las noches en la esquina de Chacabuco y San Juan, en San Telmo.
La plaza Rosario Vera Peñaloza era, hasta hace dos años, una verdadera lágrima. Como si hubiera hecho honor a la mala reputación del barrio, ("nido de pungas y usurpadores", como lo rotuló un conocido periodista), estuvo prácticamente abandonada desde que se creó, a fuerza de demoliciones para darle lugar a la autopista que se alza a pocos metros. Cruzarla a medianoche era una escena de turismo de aventura. Tierra de nadie. Ni hablar de llevar a los chicos... Una quimera.
Basurero de jeringas y preservativos, dormitorio de algún alinyerado que no encontraba lugar en la plaza Constitución.
Pero los vecinos pudieron más que el olvido. Y el dinero, claro, puesto por Autopistas Urbanas SA (AUSA), que asumió el padrinazgo de "La Peñaloza" hace un año, ahora centro de reunión de un puñado de vecinos que se enorgullecen de tenerla cerca y que aportaron la mano de obra para la cancha de bochas.
"Es como un rito -explica Beba, madre de mellizos que juegan en el arenero-. Yo saco a los chicos todas las mañanas; traen las bicicletas, juegan al fútbol y tienen amigos."
¿Peligro? Ninguno. Y si no, que lo cuenten sus protagonistas. "Mi mamá -cuenta Gisella, 10 años- nos deja venir a todos. Nosotros no tenemos miedo porque desde ese edificio -dice, señalando en el horizonte los departamentos de Piedras y San Juan- nos vigila la mamá de ella",dice, señalando a Jimena, 9 años.
"Iniciamos obras de infraestructura básica porque la plaza estaba muy deteriorada. Demolimos una vivienda usurpada y la gente que vivía ahí fue ubicada en distintos albergues por intermedio de la Secretaría de Desarrollo Social. Ahí construimos un playón de juegos", dice a La Nación Fernando Caeiro, director de AUSA.
"Además, remodelamos el arenero y construimos cuatro cámaras para que el agua escurra cuando llueve. El arenero es rastrillado lunes y viernes para que los chicos no corran peligro. Renovamos y pintamos muchos juegos, construimos varios caminos para que la gente no cruce por el pasto y por las rampas, pusimos la fuente, parquizamos, instalamos el sistema de riego y construimos la cancha de bochas", detalló Caeiro.
Según el director de AUSA, una de las discusiones con Alberto Gaitán, el jardinero, fue por la sobreplantación: "Los vecinos aportaban árboles sin orientación. Encontramos la plaza llena de gomeros".
No todo son rosas, sin embargo. Muchas de las madres se quejan por la sobreabundancia de perros y otros, por la reja de la fuente, "una de las cosas más feas que he visto", según definió Andrea.
El deporte de todos
Pero desde hace cuatro meses, "La Peñaloza" tiene un orgullo para mostrar: la cancha de bochas.
Comenzó tímidamente, como una iniciativa de los vecinos, y se convirtió en una especie de club de barrio. La construyeron paralela a la reja que encierra la sucursal del Registro Nacional de las Personas, y ya tiene 52 "socios", que aportan tres pesos por mes para el mantenimiento.
"El que quiera, que venga. Vamos a poner otra mesita para que la gente pueda tomar mate", cuenta Gaitán. Y abunda, orgulloso: "Acá vamos a hacer la canchita de tejo". Caeiro, a su lado, agrega: "Poco a poco, va a convertirse en un polideportivo", y ríe locamente de su propio deseo.
Los sábados es habitual escuchar los "bochazos" de este deporte, que atrapó a algunos jóvenes, como María y Federico, que religiosamente los sábados toman clases para "mejorar el estilo".
Como todos quieren más, ya se está proyectando la construcción de una parrilla, una mesa más grande y un armario para guardar los elementos. En rigor, algunos sábados, cuando el sol del mediodía invita a un tentempié, es habitual el olor al carbón quemado: los choripanes y lomitos sólo están vedados para los perros.
El "decano de los bocheros" tiene 76 años y se llama Balbino Moreno. Su mujer, Laura Prieto (74), espera pacientemente que Moreno termine el partido. "Venimos todas las tardes, y ahora la placita está hermosa. Además, nos encontramos con amigos que hicimos acá", contó Prieto. Silvia Flores es otra de las asiduas visitantes de la plaza, igual que Mario Guillotti, que en la década del setenta fue campeón sudamericano de boxeo.
La cancha de bochas tiene su propia escuela, aunque algunos viejos jugadores se quejan porque los aprendices no dejan lugar a los expertos.
Pero a no preocuparse, porque en "La Peñaloza" todo está previsto: media docena de árboles protegerán a los bocheros del sol del verano y cuatro palos firmes, enterrados a los costados de la cancha, están listos para recibir "un toldito".
Las manos anónimas que cuidan del jardín
Hace diez años que cuida media manzana de verde con el mismo amor que cuidaría su jardín. Y lo cierto es que "su" plaza está cada día más linda.
Es jubilado y trabaja ad honórem para mejorar su pequeño rincón de la ciudad. Como no cobra -ni quiere cobrar- un sueldo por lo que hace, ninguno de sus vecinos ignora lo que su tarea significa.
"Don Gaitán es el protagonista de los cuentos que invento para mis nietos. Es el que vuela con los pájaros, el que habla con las flores y el que alimenta a los árboles. Cada tarde, imagino alguna historia para Ramiro y Camila, pero él es siempre el personaje central", confiesa Ana Sosa, vecina de San Telmo.
Alberto Gaitán es uno de los tantos personajes anónimos que tiene Buenos Aires. Pero merece dejar de serlo.
Se levanta a las ocho y, antes de desayunar, iza la Bandera y abre las rejas que custodian los juegos de la plaza. Tiene 74 años, aunque aparenta mucho menos. "Esto es un ejercicio buenísimo", explica.
Dice que le dedica tres o cuatro horas por día al cuidado de la plaza, pero los vecinos y su esposa no opinan lo mismo. Fue nombrado "intendente" de la plaza Rosario Vera Peñaloza por la municipalidad hace diez años, cuando las cosas eran distintas.
Por encargo del barrio
"Empecé a ocuparme de la plaza porque me lo pidió Susana. Ella juntó monedita por monedita y me compró las primeras herramientas para que yo trabajara: la carretilla, la manguera, la pala", recuerda Gaitán.
Susana es Susana Chávez, tiene 72 años y atiende el puesto de diarios en la esquina de Piedras y San Juan hace 34. Cansada de ver un baldío, sin verde ni árboles, pidió ayuda a sus vecinos. Ella fue quien pidió a Gaitán que se hiciera cargo del espacio verde.
Según cuenta Susana, cada metro cuadrado de la plaza tiene su historia. Una historia que ella, Gaitán y un puñado de vecinos sienten como propia. "Ese ombú lo donó una señora. Era un bonsai, y miralo ahora", dice, señalando un gran árbol que ya no debe acordarse de que alguna vez vivió en una diminuta vasija de barro.
"Aquél es una araucaria. Es el árbol más caro que tenemos en la plaza. Nos cobraron 200 pesos -precisa-. Creo que nos estafaron, pero bueno, ya prendió y está lindo, ¿no?" Susana recuerda, en un envidiable ejercicio de memoria, cuánto costó cada árbol, cuándo se colocaron los juegos y por qué cada cosa está donde está. Sin ir más lejos, sus nietos invitan a jugar a sus amiguitos a "la plaza de la abuela".
Para conseguir el padrinazgo de Autopistas Urbanas SA (AUSA), Gaitán no tuvo vergüenza en tomar del brazo al jefe del gobierno porteño, Fernando de la Rúa, para que viera con sus ojos el descuido que reinaba en la plaza. Relata con orgullo su hazaña y muestra la foto de aquel día.
El pedido formal
"De la Rúa me dijo: "Bueno, Gaitán, ¿qué es lo que necesita?" ¡Para qué! Le hablé como media hora y le dijo a Nicolás Gallo (secretario de Producción y Servicios): "Le das a este hombre todo lo que necesite, por los diez años que trabajó gratis"."
Gaitán vive a pocos metros de la plaza Rosario Vera Peñaloza. Tan cerca que desde su ventana la ve. Y la cuida.
"Es tremendo. Escucha un ruidito y ya se asoma a la ventana para ver qué pasa. Vive para esa plaza", rezonga Lucía Valentino Bérgamo, la mujer de Gaitán.
Sus vecinos también protestan. "Me retan porque yo estoy jugando a las bochas y no me puedo concentrar porque estoy cuidando para que no rompan nada", reconoce Gaitán.
Recorrer la plaza con él implica detenerse cada dos pasos. Para acomodar una planta que se escapó de su sarmiento, para retar a algún chico que juega al fútbol en el césped o para saludar a alguien. Porque después de tantos años, Gaitán camina por la plaza como quien camina por su patio.
Pintor profesional, jubilado como intendente de YPF, el hombre disfruta de ciertos "lujos" que antes no podía darse. Por ejemplo, antes de que se instalara un sistema nuevo, pasaba hasta seis horas regando la plaza. "Ese día le decía a mi mujer que ni me esperara a almorzar."
Con dos hijos y cuatro nietos en su haber, Gaitán tuvo espacio para "adoptar" a la plaza entre sus afectos.
"La verdad es que mi familia me apoyó siempre, pero mi hija, que es médica -agrega orgulloso- me reta porque me quedo al sol durante el mediodía."
El ritual de arriar la Bandera reúne a decenas de chicos cada tarde. "A veces son tantos que vuelvo a subirla para que todos puedan bajarla un poco", revela con picardía.
Toma su tarea como un "ejemplo para hijos y nietos" y no le preocupa ser el quijote que le cambió la cara a una plaza abandonada.
Personaje de cuentos infantiles, vecino admirado y jardinero autodidacto, el trabajo de Gaitán ya no es anónimo.
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