
A seis meses de la noche del horror
Cuatro madres de adolescentes muertos y cuatro jóvenes sobrevivientes volvieron a la puerta de República Cromagnon
1 minuto de lectura'
Pasaron seis meses, pero volver al lugar de la tragedia les provoca un dolor tan lacerante como el de aquella noche. Cuatro madres que perdieron a sus hijos en Cromagnon y cuatro jóvenes que sobrevivieron se reunieron ayer, a pedido de LA NACION, frente al santuario que recuerda la tragedia.
"Acá estaban los cuerpos de los chicos, todos iguales, con la cara negra por el humo y semidesnudos", es lo primero que dice Miriam Araneda, mamá de Leonardo Chaparro, fallecido en el incendio, al llegar al lugar donde funcionaba la disco República Cromagnon.
A su lado, a paso lento, caminan Diego Taibo, de 22 años, Damián Najmías, de 19, y Félix Coya, de 19, tres sobrevivientes que viven en la zona de Once. Temerosos y angustiados, ven con nostalgia los tiempos en los que iban a recitales de rock.
"Después de lo que pasó, uno se siente como perseguido. Siempre está presente la muerte", confía Félix, que por un tiempo dejó su trabajo en un estudio jurídico y sus estudios de abogacía. "Me costaba concentrarme", recuerda.
Gracias al apoyo de sus jefes, su amigo Damián conservó su empleo en un locutorio. "Desde un principio me dijeron que me iban a bancar", dice el también estudiante de Ciencias Económicas.
Para Diego todo fue mucho más difícil. "La peleé solo", afirma, con la mirada perdida. Una y otra vez repite, con dolor, que sus padres no lo apoyaron. "Me llamaron después del incendio para saber si estaba bien. Después de eso, nunca más", revela el joven que jura que jamás volverá a ser el de antes.
La noche y las salidas también cambiaron. La primera vez que Damián y Félix fueron a un lugar donde había una gran concentración de gente fue en febrero último. Decidieron ver el partido entre Racing y Argentinos Juniors, pero se quisieron ir antes de que empezara el juego. La multitud los asustó y buscaron, sin éxito, la salida.
Diego, que seguía a Callejeros a todos lados, ahora casi no soporta estar en un lugar cerrado. Sólo volvió a presenciar un recital el sábado último para festejar su cumpleaños en un local de Palermo Viejo. "Lo miré de lejos, no me acerqué al escenario, ni hice «pogo»", cuenta.
Al igual que la mayoría de los sobrevivientes, Félix, Damián y Diego se realizaron numerosos estudios médicos y aún continúan con tratamiento psicológico semanal. Pero lo que más los alivia es reunirse con otros que vivieron el mismo horror.
"Es increíble. Cuando ellos [los sobrevivientes] están juntos se genera una especie de burbuja. Sólo ellos entienden lo que pasaron", ilustra Mercedes Blanco, mamá de Lautaro. de 13, que falleció en la tragedia, y de Mailín, de 17, que salió con vida.
Síndrome de angustia
"Los chicos habrán muerto en vano si no existe un cambio en la sociedad", afirma Mercedes, mientras apretuja contra su pecho la imagen de su hijo fallecido.
Lo que ella llama el "síndrome de los 30", una fuerte angustia que se apodera de ella cuando se acerca esta fecha, la ahoga.
Lo mismo le sucede a su hija Mailín, que si bien había acordado acompañar a su mamá hasta el santuario, unas líneas de fiebre y el desgano la dejaron en cama.
Fue el regreso a la escuela normal N° 5, de Barracas lo que ayudó para que Mailín, de a poco, se recuperara. Estuvo 22 días internada, la mitad en terapia intensiva, a raíz de la quemadura de su tráquea y bronquios. Y hoy sigue bajo estrictos cuidados.
Margarita Aramayo Noboa escucha el relato de Mercedes y repasa con la mirada las cientos de fotografías emplazadas en el santuario, en la esquina de Bartolomé Mitre y Ecuador.
Ella perdió a dos de sus cuatro hijos en República Cromagnon. Lucía, Cecilia y Daiana estuvieron el 30 de diciembre último en la disco de Once. Sólo Lucía se salvó. Sus hermanas no lograron escapar del boliche devenido trampa mortal.
"Yo todavía las espero. A veces pienso que en cualquier momento llegan", dice, mientras que con un pañuelo blanco enjuga sus lágrimas.
Marina Ferreira Leal, de 20 años, abraza a Margarita con ánimo de consolarla. De cabello lacio negro y tez blanca, fue Bárbara, su hermana gemela, la que la rescató.
En su cabeza quedaron grabadas las palabras que escuchó cuando el humo tóxico invadía cada rincón de la disco. "Nos vamos las dos o nos quedamos juntas adentro", fue la advertencia de Bárbara.
"Ahora, cada vez que la veo le doy las gracias", cuenta Marina, que hace seis meses vive un calvario. "Nadie se acuerda de los sobrevivientes. Tenemos fantasmas, dormimos con la luz encendida... República Cromagnon nos cagó la vida", protesta.
Coinciden con la joven Miriam y su amiga Sandra Zerpa, que también sufrió la muerte de un hijo.
"La Justicia se burla de los padres. No entendemos de leyes ni de causas, sólo queremos luchar por la memoria de nuestros hijos", señala Miriam. Sin embargo, está convencida de que lo último que hará en su vida es dejar de pelear. "Este dolor también nos fortalece", sostiene.
Desamparados
A esta madre de La Matanza, además, la preocupa su situación económica. Su marido se quedó sin empleo y ella saca unos pocos pesos por cuidar a una señora mayor.
"La atención psicológica es mala. Nos atienden una vez por semana en sesiones grupales y en un solo lugar", se queja.
"Mamá, tené cuidado cuando salís", es lo que le repite Aldana, de 7 años, a su mamá Sandra cada vez que atraviesa la puerta de su casa. No quiere que le pase lo mismo que a su hermano Gastón, de 13, que se fue una tarde a un recital y nunca volvió.
Cada vez que vengo al santuario coloco una foto de Gastón. Pero antes de irme, la saco. No lo quiero dejarlo acá, solo", confiesa Sandra, mientras retira la imagen y, junto con las otras madres y sobrevivientes, se aleja del lugar. Todos con el mismo dolor que cargan hace seis meses.
1
2Un verano extremo en la costa: sismo, meteotsunami, remolinos de viento, sudestada y temporal, ¿solo casualidad?
3Qué se sabe de la salud de la influencer que se accidentó con un cuatriciclo en Pinamar
4Después de los therians, llegó el “Hobby dogging”: de qué se trata la nueva tendencia de pasear a perros imaginarios

