Acequias desbordadas y lagunas en las calles: el problema ambiental que altera a una ciudad y no se logra resolver
Los habitantes de Los Corralitos reclaman hace tiempo por las fallas del sistema cloacal; la comuna declaró la emergencia, pero las obras tardan en cumplirse
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MENDOZA.- “Respiramos mierda todo el día”. “Caminamos sorteando líquidos cloacales”. “Consumimos verduras de la zona con agua contaminada”. “Recibimos los desechos de todo el Gran Mendoza”. “Hay casas que se están viniendo abajo por la humedad”. “Tenemos cascada propia; no envidiamos a Adorni”. Los vecinos de Los Corralitos, uno de los distritos más importantes de Guaymallén, el departamento más poblado de esta provincia, están cansados de vivir en medio de graves desbordes de las aguas servidas.
Así, producto de la inacción de años, con colectores vetustos y colapsados, la situación se desmadró y llevó a que la comuna declare la emergencia ambiental. Sin embargo, poco y nada cambia. La pelota se pasa de un organismo a otro, con parches momentáneos o promesas de infraestructura, a largo plazo, mientras los habitantes ven pasar los días reclamando soluciones de fondo.
Ahora, intervino la Justicia, con posibles imputaciones por contaminación a los responsables del sistema, operado por la empresa estatal de agua y saneamiento (Aysam). De hecho, en los últimos días, los vecinos avanzaron con análisis microbiológicos en muestras de agua y efluentes de la zona, realizados por especialistas de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo), para demostrar el riesgo sanitario al que están expuestos, para que los fiscales tomen cartas en el asunto, sin dilaciones. Frente a esto, desde el Departamento General de Irrigación (DGI), salieron el viernes 15 de mayo a aclarar que el agua de red de la localidad “es apta para consumo”.

La tensión no se detiene y el temor de los ciudadanos crece con el correr de los días, tapados de incertidumbre. “Hace más de tres años que estamos desamparados. Convivimos con las cloacas en nuestras caras, a flor de piel, y con el temor de que nos enfermemos. Nos sentimos ciudadanos de segunda, con autoridades incompetentes, que miran para otro lado, recibiendo la mierda de todo el Gran Mendoza”, se quejó a LA NACION Gladys Giustozzi, de 74 años, vecina del barrio e impulsora del reclamo, en las inmediaciones de las avenidas Severo del Castillo y Dos de Mayo, punto neurálgico del desborde, donde se observan máquinas, mangueras y cañerías superficiales, funcionando las 24 horas.
“Tenemos ríos de mierda y también cascadas, aunque no sea la de Adorni; no le envidiamos nada”, ironizó con indignación la mujer, quien asegura además no poder dormir por las noches por el ruido de las bombas, cisternas y grupos electrógenos. “Tengo que tomar miorrelajantes y ansiolíticos. Todo esto nos tiene muy mal”, señaló.

El jueves 14 de mayo, los lugareños decidieron volver a las calles para protestar y mostrarse “unidos por el barrio”, con las consignas de “Basta de desbordes cloacales”, “Transparencia y salud para todos” y “Juntos logramos cambios”. Organizaron un reclamo pacífico con velas para exigir respuestas concretas en el corto y mediano plazo.
De hecho, dieron a conocer los resultados de los análisis del Laboratorio de Biotecnología de la UNCuyo que se hicieron con el dinero que juntaron entre todos: algunas muestras, en agua de grifo de una vivienda y de pozos de la zona, fueron catalogadas como “no apta para consumo humano”, con presencia de bacterias coliformes y Escherichia coli.

El DGI, a través de un comunicado oficial, firmado por la Dirección de Regulación y Control de Agua y Saneamiento (Dircas) indicó que mantiene “un esquema de monitoreo permanente” sobre las redes de agua potable de distintos operadores comunitarios y aseguró que “los parámetros de calidad del servicio de agua potable se mantienen dentro de los rangos establecidos por la normativa vigente”.
Los vecinos se muestran desconcertados. La preocupación los invade. Ya no saben qué hacer y a quién acudir para tener respuestas concretas, después de tres años de reclamos, principalmente a Aysam. Es más, llegaron a tener acequias desbordadas y lagunas en las calles y dentro de sus viviendas, que se evidencia en el deterioro de pisos y paredes. Por eso, desde hace un año, en la intersección de esas arterias se colocó un sistema de bombeo para evitar que los líquidos sigan ingresando a los hogares, al igual que conexiones by pass para descomprimir la tubería principal, sobre todo luego de una tormenta intensa. Reciben alguna visita política de manera esporádica con promesas de soluciones, pero también sabiendo que el panorama es incierto, por la falta de obras durante décadas, con problemas estructurales en los colectores, deteriorados por la corrosión, la presión de los desagües pluviales, las conexiones clandestinas y el ingreso de residuos de todo tipo.
“Nadie nos cuida”
“El problema no es solo estar en el medio de las cloacas, con olores nauseabundos, sino la contaminación que esto supone en las fincas de la zona, que riegan con agua de acequias y canales, donde se observan los vuelcos para descomprimir los colectores”, aportó Marcela Esper, otra habitante del lugar.

“Estamos hartos y nadie nos cuida como se debe. Es una vergüenza vivir así. Nos hemos cansado de reclamar. Hubo días que teníamos agua dentro del negocio. Las paredes no se caen porque no quieren”, se lamentó Abril, empleado de un comercio de la zona. “Llevan millones gastados y todo sigue igual, sin soluciones estructurales de fondo, con promesas y más años de espera”, apuntó otro poblador de Los Corralitos, encolerizado.
LA NACION consultó a los distintos organismos oficiales y autoridades en la materia, quienes reconocen la gravedad del problema, por la falta de acción durante años y la necesidad de nuevas obras. De hecho, la comuna impulsa la construcción de un nuevo colector aliviador, de aproximadamente 7 kilómetros, que se extenderá por Severo del Castillo hacia el norte hasta calle Los Pinos, el que podría reducir en un 50% los caudales en la zona. En medio de la polémica y los constantes reclamos, semanas atrás se anunció la realización de esa obra en conjunto con Aysam, pero con un plazo estimado de ejecución que superará un año.
Así, a raíz de la emergencia sanitaria y ambiental declarada, se han definido otras estrategias, que los vecinos ven con desconfianza. Entre ellas se hace hincapié en la construcción de cámaras de retención para filtrar sólidos, como arena, piedras y escombros, que causan obstrucciones y el refuerzo del sistema de bombeo. En tanto, el municipio asegura mantener controles sanitarios y ambientales permanentes. Asimismo, Aysam, comandada por Humberto Mingorance, quien podría recibir cargos formales en la Justicia junto a responsables técnicos, insiste en que no hay contaminación del agua de la zona ya que los parámetros no se han visto alterados, según los análisis bacteriológicos que se realizan oficialmente.

“Se está haciendo todo lo técnicamente posible. El colector fue pensado para 180.000 habitantes y ahora hay 600.000. Eso se tendría que haber renovado hace 20 años”, indicó el funcionario, quien descartó renunciar a su puesto. Y agregó: “Ya presentamos un plan de gestión ambiental con acciones para evitar el contacto de los líquidos con personas y cultivos. Si hay una imputación, vamos a aportar toda la información técnica y científica de por qué pasó lo que pasó y por qué estamos haciendo lo que estamos haciendo”.
A esto se suma otro inconveniente: el DGI, ente madre del agua en la provincia, que también tiene a cargo la supervisión de Aysam, después de idas y vueltas y denuncias en su contra, decidió no autorizar nuevos vuelcos cloacales de la compañía en los canales de la zona, como el reconocido Canal Pescara. Así, la situación mantiene en vilo a la comunidad por la inacción acumulada.
En tanto, empiezan a surgir reclamos de otros sectores del departamento, aledaños a Los Corralitos, que comenzaron a sentir oleadas nauseabundas, por lo que temen que el problema se está derivando, de manera oculta, a otras cañerías y cauces de la zona. “Es todo muy llamativo, curioso y asqueroso lo que pasa. Desde hace unos días, sentimos olor a cloaca en el ambiente; algo que no pasaba, y tememos que nos estén tirando la pelota a nosotros”, se quejó Eduardo, un vecino que reside en el límite de Rodeo de la Cruz, Los Corralitos y Colonia Segovia.

“A lo largo de los años, han demostrado que no hay política ambiental seria y que no pueden controlar y definir prioridades. Hoy, Mendoza quiere hacer minería, pero no puede contener un desborde cloacal. Queremos el progreso, pero nos sentimos desprotegidos”, se quejó otro poblador.
Así las cosas, son cada vez más los habitantes de Guaymallén que se muestran indignados por el colapso del sistema cloacal, mientras intentan hacer sus vidas exigiendo lo básico: aire puro, obras y controles para evitar que la contaminación los arrase.








