
Algunas se hacen en segundos y otras en seis meses: el mundo detrás de las velas para León XIV
En una fábrica de Lomas del Mirador que funciona desde 1960 conviven máquinas y procesos artesanales; ante la visita del Papa, crearon un cirio conmemorativo y se preparan para una mayor producción
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Hay velas que necesitan unos segundos y otras que necesitan medio año. En un sector de la Cerería Lumen Christi, en Lomas del Mirador, varias piezas blancas entran juntas en un recipiente con cera caliente y salen teñidas casi de inmediato. El color todavía puede cambiar: el rosa, por ejemplo, terminará de afirmarse después. A pocos metros, unos grandes cirios permanecen guardados y protegidos de la luz. Esos no tienen apuro. Antes de salir de la fábrica deberán esperar, como mínimo, seis meses.
Entre ambos extremos transcurre buena parte del trabajo de un taller que fabrica velas religiosas desde 1960. Hay máquinas con decenas de piezas alineadas, tubos de aluminio, cajas, estantes cargados de mercadería y manos que intervienen allí donde la mecanización no alcanza. Pablo Mariano y Diego José Bruzzese, dueños de Lumen Christi, avanzan por esos sectores mientras muestran las diferencias. Un diámetro obliga a cambiar la mecha; una advocación determina una combinación de colores; un cirio pascual debe hacerse de a uno. En las últimas semanas, además, apareció entre esa producción una imagen que hasta ahora no formaba parte del paisaje cotidiano del lugar: la del papa León XIV.

La vela está dentro de un recipiente transparente. Lleva la imagen del Pontífice, la bandera argentina, una oración y una referencia a noviembre de 2026. El formato ya existía y la fábrica lo utiliza para distintas advocaciones, pero esta versión fue preparada especialmente ante la anunciada visita del Papa a la Argentina entre el 8 y 11 de noviembre próximo. “En cuanto nos enteramos de que venía, creamos una vela especial”, cuenta Pablo a LA NACION. Diego la toma y la muestra. No hubo que inventar un producto distinto, explica, sino adaptar uno que ya fabricaban para convertirlo en una pieza conmemorativa de esa visita.
Todavía faltan cinco semanas para noviembre, pero la preparación empezó antes en este taller. Los dueños dicen que prevén incrementar la producción ante la expectativa de una mayor demanda y que cuentan con elementos pensados para celebraciones al aire libre, entre ellos fanales de vidrio para proteger las llamas del viento. También señalan que mantienen contactos vinculados con las distintas actividades previstas durante la visita. Por ahora, sin embargo, el efecto más concreto de esos preparativos está ahí, sobre una mesa: cabe dentro de una mano.
El recorrido continúa y la vela de León XIV queda atrás. En otro sector, un trabajador toma varias piezas blancas y las acerca a recipientes con cera coloreada. El movimiento se repite con rapidez: bajar, sumergir una parte, retirar. Verde y rojo para San Expedito; blanco y celeste para la Virgen de Luján; otras combinaciones identifican a diferentes santos y vírgenes. “Cada santo tiene su color”, dice Diego. Algunas tonalidades aparecen enseguida; otras necesitan un tiempo hasta alcanzar su aspecto definitivo.

La escena revela algo que las hileras uniformes de velas no permiten advertir a simple vista. Buena parte de la producción sale de máquinas, pero otra continúa dependiendo de la precisión de quien la manipula. Uno de los trabajadores que realiza esas tareas lleva 29 años en la fábrica. “Hay mucho de oficio”, dicen mientras lo observan trabajar. La frase encuentra una demostración inmediata en esas manos que saben exactamente hasta dónde debe entrar cada vela en el color para obtener las franjas buscadas.
Diferencias
Tampoco todas las piezas que parecen iguales lo son. Cambian los largos, los diámetros, los materiales y las mechas. Una vela de diez centímetros de diámetro no puede utilizar el mismo cordón que otra de ocho, porque la combustión debe guardar relación con su tamaño para evitar que chorree o se agriete. Las destinadas al culto litúrgico que produce Lumen Christi contienen, según detallan, cera de abeja y reciben un baño final del mismo material, comprado a productores bonaerenses. El amarillo tenue que se observa en muchas de ellas no proviene de una tintura. En las de parafina, en cambio, el color sí puede incorporarse para obtener las combinaciones asociadas con la devoción popular.

En los estantes, las variantes se multiplican hasta el punto de que Pablo y Diego admiten que no saben de memoria cuántos modelos fabrican. Hay velas altas, bajas, redondas y cuadradas; distintos diámetros, materiales y colores. Lumen Christi es la marca vinculada específicamente con el culto católico, mientras que Trébol reúne las de parafina y Aromo, otra de las marcas de la firma, está orientada a velas aromáticas y difusores.
Pero entre todo lo que se fabrica allí hay una pieza que impone otro ritmo. Para hacer un cirio pascual no alcanza con poner en funcionamiento una máquina y esperar que se multiplique la producción. La cera caliente se vierte dentro de un tubo de aluminio y cada unidad se trabaja por separado. Mientras fragua, hay que introducir una varilla para impedir que queden burbujas de aire en el interior y luego volver a completar el molde. “Es una pavada, pero importantísimo”, advierte Diego sobre ese paso: una burbuja puede afectar después el funcionamiento de la vela.
Cada tubo permite producir, como máximo, un cirio por día. Una vez desmoldado, todavía falta la terminación y, después, la espera. Los Bruzzese muestran las piezas almacenadas y protegidas de la luz. Deben permanecer allí por lo menos seis meses para que el material se asiente, explican. Por eso trabajan durante todo el año en un producto cuyo principal momento litúrgico llegará con la Pascua y la Navidad. La fabricación exige así una previsión particular: no solo materia prima y trabajo, sino también espacio para dejar estacionado durante meses aquello que ya fue producido.

La pausa de esos cirios contrasta con las velas que, unos metros atrás, cambiaban de color en segundos. Esa convivencia entre velocidades forma parte de lo que definen como una fábrica “semiartesanal”. Hay volumen, máquinas y distribución a distintos puntos del país, pero también piezas que siguen saliendo una por una de un molde y procedimientos que dependen de trabajadores con años de experiencia.
La historia de Lumen Christi comenzó en 1960. Según relatan Pablo y Diego, la fábrica fue creada por Juan Antonio, abuelo de una amiga de ellos, con la idea de producir velas destinadas al culto católico. Después continuó al frente del emprendimiento la siguiente generación de aquella familia y, con el tiempo, ellos tomaron la posta. El nombre, “luz de Cristo” en latín, marcaba desde el origen la orientación de la producción. Para explicar por qué una vela ocupa un lugar central dentro del culto, vuelven al cirio pascual: se enciende durante la Vigilia Pascual como símbolo de la resurrección de Jesús y desde esa llama se transmite después la luz al resto de la comunidad.
Devoción popular
A esa dimensión litúrgica se superpone otra, más cotidiana, que también puede verse en los estantes: la devoción popular. La persona que enciende una vela a un santo, a una virgen o por un ser querido alimenta una variedad de colores e imágenes que la fábrica fue incorporando a su catálogo. Con el tiempo también sumó productos que no elabora allí, como hostias producidas por religiosas, vino de misa, incienso, carbón y tulipas de vidrio. La intención, explican, es que una parroquia pueda llevarse en una misma compra buena parte de lo necesario para una celebración.

Es en ese circuito donde la visita de León XIV vuelve a entrar en la conversación. Los Bruzzese reconocen que un acontecimiento de esas características tiene también una dimensión comercial. “Uno entiende que es un momento donde tenés que producir más porque va a haber más demanda”, dice Pablo.
Se trata, por ahora, de una previsión. Diego habla del efecto hacia adentro: “Movilizó la fábrica. Los muchachos están todos contentos”. Para ellos existe además la posibilidad de que su trabajo forme parte de un acontecimiento que consideran excepcional.
El antecedente que recuerdan es la elección del cardenal Jorge Bergolio como el papa Francisco. Aseguran que entonces percibieron no solo un incremento de las ventas, sino también un mayor acercamiento de personas a las iglesias y a actividades vinculadas con la fe. Más tarde llegó la pandemia de Covid-19, disminuyó la presencialidad y las transmisiones de misas por internet se extendieron. Frente a la visita de León XIV, observan ahora la posibilidad de un nuevo movimiento, aunque su dimensión solo podrá conocerse cuando el acontecimiento efectivamente ocurra.
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