
Apnea: cuando lo único que escuchás es tu propio latido
El jueves 19 de mayo pasado en Veracruz, México, después de permanecer sumergida en una pileta durante 5 minutos 29 segundos, la periodista y apneísta Ludmila Brzozowski alcanzó el récord argentino de apnea estática. ¿Qué piensa y siente alguien mientras escucha latir su corazón bajo el agua?
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Por Federico Bianchini, para Revista Brando - En general, el ambiente de las competencias de apnea es así: silencioso. Aquí, además, hay una música relajante, que se suma a este silencio. Un silencio hecho por varias personas. Algunas en el agua, haciendo su calentamiento; otras en el pasto en uno de los extremos de la pileta, charlando, relajándose antes de entrar a su calentamiento. Cada una en su mundo. Las que ya terminaron su prueba respetan este silencio.
En posición horizontal, boca arriba, siempre en el agua, con parte de los oídos sumergidos, empiezo a aislarme de ese silencio. Hace calor, más de treinta y cuatro grados centígrados. Me siento liviana. Mi hermana Eloísa, que también es mi coach, me va llevando a la zona de competencia, frente al juez.
—Ludmila, two minutes.
La voz me saca de la tranquilidad. Pienso en quedarme así, en esta posición, y cuando llegue el momento de la inmersión, girar y ponerme boca abajo. Pero nunca lo hice y no voy a innovar justo ahora, así que me pongo de pie. Tengo poco tiempo para concentrarme de nuevo. Almorcé liviano: arroz blanco, sin queso, sin nada, con gusto a arroz. Apenas un poco de palta. Un vaso de agua con jugo exprimido de medio limón. Y hace un rato, cuando me agarró ganas de comer algo dulce, unas obleas de vainilla.
Siempre me preguntan en qué pienso antes de sumergirme, como si no existiera la posibilidad del no-pensamiento. Y sí, se puede. No es necesario ser buda o monje tibetano. No pienso en nada. Me escucho. Sin tocarme, me siento. Hay algo más allá de lo racional; hay algo muy fuerte que tiene que ver con lo sensorial, una conexión con lo que pasa en el cuerpo, los últimos segundos para terminar de inducirme en este estado íntimo.
—Five, four.
El juez empieza el conteo regresivo. Cierro los ojos y me concentro en mi respiración y en mantener ese estado de relajación muscular que logré en el calentamiento. Aún así, es inevitable alterarme al escuchar esa voz.
—Three, two.
Mis ojos, cerrados, miran hacia dentro. Atenta al conteo, empiezo a abstraerme, a conectarme conmigo. Dejo de escuchar la música y sólo oigo los números, la voz de mi hermana Eloísa. Mi propia respiración se va calmando de a poco: me impermeabiliza de pensamientos.
—One. Oficial top.
Cuando probé la pileta unos días antes, noté que había un motor. Quizás, de los filtros. Ese día me gustó escucharlo porque me aislaba del sonido exterior, de lo que pasaba fuera del agua. Mi hermana Eloísa me mira con la mano en el reloj. El juez cuenta.
—One, two, three, four.
Detrás de mí, el buzo de seguridad.
—Five, six, seven, eight, nine.

Me sumerjo. Suelto la mano del borde. Siento que mi hermana agarra la tirita del neopreno, me acomoda, me deja derivar.
Escucho el motor: es continuo, persistente; tapa todo el sonido que viene de afuera y sólo deja sonar al corazón.
Estoy quieta, boca abajo, permanezco. Siento el motor de fondo, un ruido leve. El sonido del corazón se escucha demasiado, lo tapa. Puede transformarse en algo molesto, así que decido convivir con él. De alguna manera me invade. Me prendo y me apago. Me prendo y me apago. Me prendo y me apago. Me prendo hasta que el tiempo desaparece. Me abstraigo, me relajo, difumino. Ya no tengo cuerpo: sólo soy un corazón que flota en medio de esta pileta enorme. Sístole, diástole. Sístole, diástole. Sístole, diástole.
Al cerrarlos, recuerdo que tengo ojos.
Y veo flashes, ¿un fotógrafo?, que transformo en relámpagos, en estrellas fugaces que atraviesan este espacio ingrávido. Floto líquida en este universo personal y profundo.
Quieta, lo recorro como si volara.
Sé que el dióxido de carbono se acumula y, lento, satura la sangre. Floto, cada vez con menos oxígeno. Siento las costillas, que abrazan a los pulmones. Me relajo. Siento los pulmones como bolsas infladas.
¿El tiempo? ¿Qué tiempo? Aquí, ¿abajo?, no existe pasado, presente ni futuro.
No existe pelo, brazos, huesos ni miedo. No existe nada de lo que hay afuera. Aquí, ¿abajo?, a veces, al principio, el tiempo pasa lento y pesado y una lo ve como un gran hipopótamo que se mueve con dificultad, como si encima llevara una alfombra gruesa y mojada. Trata de caminar, pero le cuesta. Es un poco gracioso por la forma de moverse, por cómo anda con esas piernas cortas, la cabeza grandota y el hocico que apenas asoma de la alfombra. Luego, después de que pasa, ya no hay nada. Sólo sístole y diástole. Sístole, diástole. Un corazón flota estático junto al borde de esta pileta clorada. En algún sitio, lejano, un motor perseverante no detiene su sonar. Sístole y diástole. Sístole y diástole. Y luego, ya no hay motor ni corazón. Sólo latido.
Soy un latido que se vuelve líquido. De a poco, se disuelve en el agua hasta desaparecer.
Y ya no hay nada. Sólo silencio: Agua. Silencio, agua y libertad. Un silencio humano y denso. Y en ese silencio solitario siento una puntada sutil, un pequeño tirón en los músculos respiratorios y recuerdo, entonces sí, que debajo del agua hay un cuerpo. Debajo del agua estoy yo. Yo, dentro de este cuerpo.
—Tres minutos —dice mi hermana Eloísa.
¿Ya? Y entonces sé que voy a lograrlo. No por haberme entrenado mucho sino porque en los últimos años entendí cómo funciona mi cuerpo y mi cabeza en estas situaciones. La sangre se acidifica. El cerebro ordena activar la respiración, renovar el aire y estabilizar el PH. Sé que empiezo a luchar contra ese cuerpo. Sé que el dióxido de carbono se acumula en la sangre entrenada. Pero prefiero la lucha al engañoso estado de tranquilidad. Prefiero las contracciones. Este espasmo violento que me sacude el diafragma y vibra en los omóplatos y la espalda.
Muevo el cuello para relajarme. Para dejar que todo fluya naturalmente. Pienso: cinco contracciones más. Me sacudo. Resisto. Pienso: sólo cinco contracciones más. Me sacudo, resisto, me engaño: cinco más.
Ya no soy corazón, no soy latido ni silencio. Soy una fuerza que va en contra del espasmo. Soy un impulso que rodea y acompaña a un cuerpo arisco.
—Tres cuarenta —dice Eloísa. Fuerte, para que la oiga.
Cinco contracciones más. Por dentro, me sacudo: resisto. Presto atención a las sensaciones.
—Cuatro —dice Eloísa.
Y con la mano me toca el hombro derecho. Estoy bien y se lo indico: levanto apenas el índice de la mano derecha. Verifico cómo avanza la vasoconstricción: de a poco la sensibilidad se aleja, como el hipopótamo con la alfombra encima.
Empiezo a salir del trance, de la fantasía de inmensidad, de a poco, empiezo a despertar.
—Cuatro treinta —dice Eloísa. Vuelve a tocarme el hombro. Vuelvo a mover el índice.
Falta poco para lograrlo. Quiero llegar a los cinco minutos. Tengo que seguir relajada. Es el último esfuerzo. Tengo que estar atenta.
Los espasmos se acercan entre sí. Me marcan por dentro. Siento las piernas lejos, como si no fueras mías. El ritmo cardíaco baja. Los vasos sanguíneos se estrechan, el consumo de oxígeno se reduce. La presión intratoráxica aumenta en todas las direcciones. La sangre se redistribuye, lenta, hacia el corazón, los pulmones y el cerebro. Por el frío, la vasoconstricción, los dedos de las manos se endurecen, pero siguen respondiendo. Estiro los brazos y las piernas. Los activo sin moverme demasiado, los pruebo para ver qué pasa cuando emerja, los desperezo.
Eloísa vuelve a tocarme el hombro. Vuelvo a mover el índice.
—Cinco —me dice Eloísa—. Andá abriendo los ojos.
Me pongo en otra posición. Estoy incómoda. El sistema nervioso contrae los vasos sanguíneos periféricos. Siento, por un momento, una imperiosa necesidad de respirar, tomar agua, se me reseca la garganta, el aire está ahí nomás, pero me controlo. El ácido láctico se acumula. Los músculos se contraen.

Relajo las piernas, dejo que floten, apoyo las manos en el borde y siento a mi hermana que me toca el hombro y muevo el índice de la mano derecha. Junto las manos sobre el borde, pero luego sumerjo la derecha para, aún sumergida, antes de emerger, sacarme la pinza que me aprieta las fosas nasales.
—Cinco diez. Andá abriendo los ojos.
¿Cuándo salir? La decisión es difícil.
—Agarrate.
Luego de tanto tiempo debajo del agua, catártico, el cuerpo se emociona.
—¿Ok? —dice Eloísa.
Sé que quiere que salga. Siento su mano en el hombro derecho. Y vuelvo a mover el índice. Estoy bien.
—Cinco dieciocho.
Puedo seguir. Entrené para esto. El cuerpo aguanta, pero me da incertidumbre lo que pasará al emerger si sigo aquí abajo, conteniendo la respiración, alejando el umbral dentro de este espacio aislado en el tiempo.
—Vamos. Moviendo las piernas.
Decido salir.
Y sí, salgo.
Me saco las antiparras, le hago la señal al juez. Sonrío. Inspiro profundo y exhalo pasiva. Respiro y al respirar paso de silencio a latido, de latido a corazón, de corazón a cuerpo, de cuerpo a Ludmila Brzozowski, con todo lo que eso implica. Me constituyo con la boca pastosa: la saliva blanca y seca, el olor del cloro. Me acomodo el pelo detrás de la oreja. Sonrío. Veo a los fotógrafos. Respiro y al respirar paso de silencio a latido, a corazón, a cuerpo y siento un hambre intenso, un hambre desesperado; y frío, mucho frío. Respiro de silencio a latido, a corazón, a cuerpo, a persona, pero veo a la jueza levantando la tarjeta blanca y sé que la prueba es válida, el récord argentino.
—Five twenty nine.
Un cansancio epidérmico, extenuador, como si me hubieran exprimido, la sensación, plena, de que pude hacerlo y, por dentro, un torrente de adrenalina muy parecido a la felicidad. No me importa tener las uñas moradas por la falta de oxígeno. Le doy la mano a los jueces, y luego la abrazo fuerte a mi hermana. Tan fuerte que la levanto. Abrazo, también, al buzo de seguridad, a quien no conozco, pero no me importa porque la alegría es enorme, sanguínea y, sobre todo, celular.
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