Aprobada sin saber: la realidad que develó la chica de las frutillas
Una nena boliviana escribió sobre el empleo rural de sus padres y su texto, que se volvió viral y habla de trabajo infantil, puso bajo sospecha a la industria frutihortícola
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MAR DEL PLATA.– Una chica boliviana y una profesora rural provocaron una pequeña revolución digital. Sin embargo, algunos las acusan de mentirosas.
Hace poco más de dos semanas, Lucía Gorricho, la docente, se encontró con que una de sus alumnas no sabía los contenidos por los que la estaba evaluando, pero sí sobre su realidad como hija de trabajadores del campo. A instancias de la maestra, y con prolija letra de imprenta, la chica (cuya identidad se preserva) escribió un texto en el que cuenta su vida entre los cultivos de frutilla.
La profesora lo difundió en su blog, su hermano lo compartió en Facebook y empezó el terremoto. El post fue compartido 35.000 veces y la nota publicada en LA NACION tuvo medio millón de lectores (la tercera entre las más vistas este año). La mayoría de los millones de comentarios que recibió aplaudían la actitud de la maestra y la sabiduría simple de la estudiante.
En Gloria de la Peregrina, un paraje a una hora de Mar del Plata por la ruta 226, donde empezó la historia, las repercusiones también fueron enormes, pero en algunos casos menos amables hacia la maestra y su alumna.
"No cuenta la verdad", dice una compañera de la chica. "La maestra es una militante política", acusa uno de los encargados de la quinta donde trabaja el padre de la alumna. "Mostraron algo que todos saben, pero de lo que nadie habla", las defiende la quiosquera que atiende a la vuelta de la escuela.
El conflicto se desató alrededor de lo que el texto de la chica, de 14 años, denuncia, casi sin quererlo: trata laboral y trabajo infantil, dos situaciones habituales en la industria de la frutihorticultura argentina y por las que en esta zona hubo allanamientos que terminaron con procesamientos judiciales. "Algunos niños trabajan ahí aproximadamente de la edad de 13 años para arriba [sic] y algunas embarazadas también, pero no hacen tanto esfuerzo o si no, no trabajan", escribió la chica en su examen.
El escenario

Una escuela, un par de casas y geografía de lomadas y mucho verde: Gloria de la Peregrina es el lugar menos pensado para lanzar una historia con vocación viral. El terreno está cruzado por plantaciones de cebolla, tomate, lechuga, frutillas y el resto de las frutas y verduras que conforman el cinturón frutihortícola de Mar del Plata, el segundo en importancia del país, después del de La Plata. A diferencia del paisaje de kilómetros de monotonía que dibujan los cultivos de cereales y oleaginosas, las frutas y verduras se producen en terrenos más chicos y variados.
La naturaleza se congració con este rincón tranquilo de la provincia de Buenos Aires, pero nada de eso tranquiliza a Fabricio Panasia, el director de la escuela secundaria del paraje. Uno de sus 260 alumnos es la chica de las frutillas. "No estamos acostumbrados a los medios", dice, parado en la puerta de la escuela.
La que también está nerviosa es la alumna boliviana, que primero se esconde en la escuela al ver a los periodistas, pero luego accede a cruzar unas palabras. De ojos achinados, piel cetrina y mirada inteligente, dice estar sorprendida con todo lo que pasó, sonríe cuando cuenta que la pone contenta lo que la gente escribe al enterarse de su historia y asegura que le gustan las frutillas y que las comía cuando iba al campo de pequeña.
Mientras habla, muchos de sus compañeros caminan por las calles de tierra hacia el campamento de El Frutillar, como se conoce en el pueblo la quinta donde la empresa Cifsa produce sus cultivos. La chica de las frutillas tiene su casa en el pueblo, pero muchos otros alumnos viven dentro del predio de la empresa, en construcciones precarias, al borde de los cultivos.
La mano de obra de la industria de la frutihorticultura -aquí y en el resto del país- está copada por inmigrantes bolivianos, en su mayoría muy humildes. Sus condiciones de trabajo motivaron denuncias, allanamientos y procesamientos. Detrás de varias de estas causas está la organización La Alameda, que en 2011 disfrazó a algunos de sus colaboradores de Reyes Magos y logró que los dejasen entrar a las quintas. Con cámaras ocultas registraron lo que luego denunciaron como trabajo infantil y trata laboral. El campo de Cifsa, donde trabaja el padre de la chica de las frutillas, fue uno de los acusados. El juez archivó la causa, pero la Cámara Federal de Mar del Plata pidió reabrirla. Otra de las empresas frutihortícolas denunciadas es Huertas del Sudeste, uno de cuyos titulares, Juan Martín Constantino, fue procesado por el juez federal Santiago Inchausti por el supuesto delito de trata de personas con fines de explotación laboral. "No se busca cerrar las quintas -explica Daniel Adler, fiscal general de Mar del Plata-, pero sí generar condiciones para que la explotación laboral no sea una variable de los costos."
Lo que está en discusión es el sistema mismo de producción de la fruta y la verdura en la Argentina. A diferencia de los cultivos tecnificados que utilizan más capital que mano de obra, el frutihortícola es un negocio de muchos hombres y mujeres arrodillados en la tierra desde temprano cuidando que cada planta rinda su máximo potencial. Refugio histórico de inmigrantes recientes, en las últimas décadas fueron las comunidades bolivianas las que reemplazaron a italianos y portugueses -ya egresados a profesiones más burguesas- en el arduo trabajo de cultivar la tierra.
La "escalera boliviana", como algunos especialistas llaman el proceso de ascenso social de los trabajadores de la industria, tiene en su cúpula a los que lograron comprar un parcela de tierra y venden directo al mercado. En el último escalón están los peones, que hacen el trabajo pesado y cobran un porcentaje de la producción. Esto, dicen los críticos, es lo que genera incentivos perversos para que, buscando agrandar lo exiguo de la paga, los peones muchas veces empleen a toda su familia, incluyendo a los menores, en las largas jornadas bajo el sol del campo.
Justina no se llama Justina, pero pidió que no se revelara su nombre por miedo a perder su trabajo de peón en una de las quintas. Tiene 51 años, que parecen más. Es retacona y de piel curtida. Está desde hace tres décadas en la Argentina y siempre trabajó en el campo. Cuenta que sus jornadas arrancan a las 7 y que en época de cosecha no tiene franco. Su temporada de cultivo de tomate comienza cerca de la primavera, cuando preparan la tierra para plantar. Luego cuidan las plantas hasta que rinden sus primeros frutos, alrededor de Navidad. La cosecha llega hasta abril. "Lo más difícil es la paleada", dice, en referencia al trabajo para preparar el terreno, antes de la siembra. Tiene Mar del Plata a una hora, pero sólo va a la playa una vez al año, para las Fiestas.
Su trabajo es duro, pero dice que está mejor que en Bolivia. Gana el 25% de lo que su patrón le dice que saca por cada cajón. "Nos trae un papel con la cuenta", explica. Admite que sus hijos trabajaron en la cosecha -"ponían las mangueras del bromuro [se usa para desinfectar los suelos]", dice-, pero asegura que ahora ya no lo hacen. "Yo les digo que estudien para salir del campo y no ser esclavos", explica.
El campamento
María del Carmen Martín es pediatra en la sala de atención primaria de Batán, una zona de producción en las afueras de Mar del Plata, y atiende a muchos trabajadores rurales bolivianos. Antes, estuvo ocho años en la salita de Gloria de la Peregrina, de donde es la chica de las frutillas. Conoce historias como la de Justina de primera mano, pero igual sufre al escucharla. "Son rehenes", dice.
Ricardo Velimirovich, presidente de la Sociedad Frutihortícola de General Pueyrredón, donde quedan las quintas de Batán y Gloria de la Peregrina, no está de acuerdo. "Es muy simple: si la gente no está contenta, se va", señala sobre los trabajadores bolivianos. Velimirovich es consultor en riego y recorre las quintas en su Ford Falcon de principios de los noventa. Al ser pesado, dice que le permite aferrarse mejor en los caminos de barro de la zona. También asegura que la paga por porcentaje es beneficiosa para los trabajadores. "Prefieren ser socios, no quieren un sueldo fijo", explica.

Todo el episodio de la chica de las frutillas y su examen lo tiene muy enojado porque considera que detrás hay intereses políticos o inmobiliarios que apuntan a dañar a la industria. Hace unos pocos días, se queja, la quinta de Cifsa recibió una inspección del gobierno. "Tienen todo en regla", afirma, mientras, junto con algunos de los empleados jerárquicos de la firma, LA NACION recorre el establecimiento.
Son 30 hectáreas rodeadas de un murallón a las que se ingresa luego de franquear un portón con seguridad privada. Hay cultivos de frutillas, máquinas donde las procesan y el campamento de los trabajadores. Cifsa es uno de los productores grandes de la zona y de los más avanzados en tecnología. Traen los plantines de frutillas congelados desde los Estados Unidos y cosechan en verano, al revés que el resto de la industria.
También son de los más ordenadosen la relación con sus trabajadores. Tienen una guardería donde cuidan a los chicos cuando sus padres salen a trabajar y el campamento es humilde, pero prolijo. Cada unidad familiar consiste en un rectángulo de tres ambientes pequeños y conectados. Las construcciones son de chapa y madera. El baño está afuera y se comparte. Como la mayoría de las viviendas rurales, no cuentan con cloacas ni gas. Sí tienen luz. "Esto arrancó como un campamento temporario, pero la gente se fue quedando", dice Velimirovich. En la zona de Mar del Plata, Cifsa emplea a 140 trabajadores permanentes y suma 500 temporarios para el tiempo de la cosecha.
En Mar del Plata, Lucía Gorricho, la profesora, se sorprende y disfruta por el revuelo causado con la entrada en el blog. Circulan amenazas sobre una posible sanción que recibiría, pero no se asusta. "Esta experiencia demuestra que hay otra forma más inclusiva de educar ", dice.
Mientras tanto, se ilusiona con el cuaderno Rivadavia tapa dura que le regaló a la chica de las frutillas. Le dijo que lo use para escribir un diario y espera ansiosa para leerlo.
La evaluación que originó la discusión

"Los bolivianos pueden soportar más el campo que los argentinos porque los bolivianos tienen el trabajo más pesado y los argentinos están en las oficinas o ¿será porque ellos sí pudieron estudiar? Yo pregunto en mi casa porque no estudian. Porque no hay tiempo es la misma respuesta que me dan todos los días... Algunos niños trabajan ahí [en la cosecha de frutillas] aproximadamente desde los 13 años para arriba y algunas embarazadas también, pero no hacen tanto esfuerzo o si no, no trabajan. Eso depende de ellas. A veces lo hacen para ayudar a sus maridos. Algunos de ahí, bueno casi todos, son juntados."
Con la colaboración de Darío Palavecino
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