Cachorros en pañales: el primer amor perruno tampoco se olvida
En su debut, nuestra columnista fanática de los animales cuenta cómo jugaba a ser veterinaria cuando apenas podía caminar y recuerda a Bebé, amiga y compañera
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Mi historia con los animales se remonta hasta prácticamente mi nacimiento. Cuentan mis padres que ya de bebé, cuando apenas caminaba, todo perro o gato que me cruzaba quería tocar. Obviamente a esa edad esa posibilidad estaba vedada, por los peligros de contagio de no sé qué enfermedad, bacteria o suciedad. Pero apenas fui un poco más grande y pude decidir más o menos por mí misma, mi amor incondicional por los cuatro patas se imprimió en mí de manera indeleble, hasta el día de hoy.
Recuerdo mis vacaciones de la infancia en el campo de unos parientes, en Junín, donde las horas de siesta obligada eran solapadamente violadas para escaparme con mi hermana y mis primos al galpón. Allí, año tras año, las perras del lugar parían cachorros que durante esos meses se convertían en mis mejores amigos.
El tema es que yo, a mis cuatro años, pasaba horas quitándoles pulguitas, restos de barro, revisando sus dientitos, orejas y dedos de las patitas, como si supiese. Para entonces ya anunciaba a quien quisiera escuchar, que de grande sería "doctora de perros y gatos", y, en el mientras tanto, no privaba a mis padres de dolores de cabeza, levantando de la calle todo bicho moribundo que veía. Contaba para ello con la anuencia de mi padre, "bichero" como yo, pero no así con la de mamá, que a regañadientes soportaba "por unas horas" a esas pobres criaturitas mientras las despulgaba, bañaba e intentaba ubicarlas.

Tanta fue mi insistencia en tener un perro que, previamente, mis padres intentaron disuadirme de la idea con otros animales: tuvimos dos o tres conejos, que nunca superaron el año de vida en el departamento. Era esperable, con dos niñas en edad de jardín de infantes, los pobres bichos no soportaron el acoso y los juegos infantiles.
Finalmente, y tras años de insistencia, cuando tenía ocho años llegó Bebé a casa, una cachorra fox terrier de cinco meses, algo más crecidita ya para evitar muertes precoces. Fue sin dudas un camino de ida; Bebé nos acompañó en viajes, mudanzas y aventuras.
Fue una incorporación más que positiva para la familia, en la que cada uno tenía asignada una tarea que, muchas veces entre quejas, cumplíamos, y que a la larga contribuyó a inculcarnos conceptos de responsabilidad y cuidado por el otro.
Bebé murió casi a los 11 años, ya enfermita con varios tumores mamarios, prácticamente ciega y sorda, de la peor manera. La gorda tenía la costumbre de dormir bajo el auto de papá, en el quincho de la casa a la que nos mudamos cuando yo estaba en la secundaria.
Mi papá conocía su escondite y antes de salir revisaba pacientemente el lugar, la movía con cariño, le hacía unas caricias y la colocaba frente a la entrada de la cocina, sobre una alfombrita. Pero el destino quiso que una mañana, inmerso en una disputa por teléfono, se olvidara de chequear si Bebé estaba abajo del auto.
Un repentino salto al salir marcha atrás fue la alarma y el anuncio de que era demasiado tarde. La lloramos como al ser muy querido que había sido y la enterramos en el fondo del jardín, donde a ella le gustaba descansar en una cama de cal rodeada de rosales y jazmines. Por suerte su herencia siguió con nosotros unos años más: Tota, la única cachorra que tuvo, había nacido un par de otoños antes.
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