
Cómo es ser culto a fines del siglo XX
Definir qué es culto hoy en día parece casi imposible. ¿Qué pasa si dominamos la filosofía griega, pero no manejamos Internet? ¿Se puede decir culto alguien que admira a la Gioconda, pero que frunce el ceño ante los animales muertos suspendidos en formol que el artista británico Damien Hirst presentó con gran éxito en la Royal Academy? ¿Y si cumple con todo esto, pero se suena la nariz con los dedos?
Claro que estamos ante un fenómeno relativamente nuevo. En la Edad Media, por ejemplo, culto era simplemente quien se movía con facilidad por las páginas de la Biblia, o en el siglo XVIII, quien lo hacía por las de la Enciclopedia francesa.
"En este fin del milenio, en cambio, el concepto se ha fragmentado. Hoy coexisten tres tipos de hombres cultos que se articulan con dificultad, entre los cuales nadie puede moverse con fluidez."
Así sostuvo José Emilio Burucúa, profesor de historia moderna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), director de la maestría en sociología de la cultura de la Universidad Nacional de General San Martín y el primero de los intelectuales que La Nación consultó sobre el tema.
El primer tipo de persona culta es, según Burucúa, el hombre de los nuevos saberes: el semiólogo, el especialista en comunicación y todos aquellos adscriptos al giro lingüístico, como Umberto Eco.
También está el epistemólogo o científico, que se ocupa de los nuevos problemas de las ciencias -incluidos los morales-, como Linus Pauling, que fue Nobel de Química y de la Paz.
Finalmente, subsiste el hombre culto tradicional, que conserva los lazos con el pasado; por ejemplo, Isaiah Berlin o George Steiner.
A la hora de dar definiciones, Mariano Grondona se refirió a la etimología del término y le dio un significado que escapa los límites temporarios: "Culta es una persona que le agrega valor al mundo. La palabra misma está ligada a cultivo , a todo lo bueno que el hombre le suma a la naturaleza. Culto no se nace, se hace. Por eso es fundamental la educación, un proceso a través del cual cada uno sale a descubrir su valor como persona".
Lo mismo opinó el escritor Rodolfo Rabanal. Para él, la educación es absolutamente necesaria, aunque aclaró que la cultura es mucho más que conocimientos científicos y académicos: "Es algo integral, que incluye comportamientos y saberes de los que no se es demasiado consciente. Es un bien asimilado".
Cultura y dinero
Por su parte, María Esther de Miguel subrayó que, mientras la genialidad es un don, la cultura es un atributo adquirido. Claro que para conseguirlo "no hace falta dinero sino curiosidad, saber abrir los ojos y tener la sensibilidad a flor de piel".
La autora de "Un dandy en la corte del rey Alfonso" recordó que cierta vez Miguel de Unamuno se encontraba en una posada cuando, por casualidad, oyó la conversación de unos labriegos. "Escuchad qué cultos son estos analfabetos", les dijo a los eruditos de la Universidad de Salamanca que cenaban con él.
Grondona también enfatizó el hecho de que la cultura no responde a distinciones de clase o trabajo.
"Es culto desde el zapatero que hace con arte su oficio hasta el escritor serio o el administrador de empresas. La noción se ha ampliado tanto que en la actualidad se habla del arte del cocinero o del modisto", subrayó.
Durante su visita a Buenos Aires, invitada por el Instituto Goethe, Sigrid Loffler, directora del suplemento cultural de Die Zeit (el semanario alemán que lidera la opinión pública de su país), insitió en que ya no hay diferencias entre cultura popular y de elite.
"No estamos hablando de una tendencia, sino de un hecho: la misma persona que anoche estaba en la ópera, hoy escucha a Michael Jackson. Cada individuo puede ser receptor de fenómenos culturales que están en las antípodas", aseguró. E ilustró el fin de toda fronteras con los nuevos temas que aborda su sección: "Desde los graffiti hasta la estética de los Rolling Stones".
Generalistas v. especialistas
Uno de los grandes problemas de este fin de siglo es, para Gregorio Weinberg, doctor honoris causa de la UBA, que ser culto ya no parece tan importante. "Nuestra sociedad no valora hoy a la persona culta -afirmó-. Prefiere al especialista, cuyas limitaciones no advierte. La explosión de conocimientos a la que asistimos condena rápidamente al especialista a la obsolescencia y sólo una sólida cultura general puede rescatarlo de este riesgo."
En el mismo sentido se expresó Fernando Devoto, historiador del Instituto Ravignani de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA: "De Adam Smith en adelante, toda la lógica del capitalismo lleva a una creciente especialización. Pero para ser culto hace falta la combinación de conocimientos generales con una actitud contemplativa, ociosa y, por supuesto, los tradicionales buenos modales; no el uso directo de todos los saberes como instrumento de trabajo".
También el periodista y escritor Carlos Ulanovsky subrayó la influencia del capitalismo. "Hoy se ha impuesto una versión consumista del ser culto; pura acumulación de prestigio, dinero, páginas leídas, cuadros coleccionados... La actitud cambió como consecuencia de una vida social regida por el mercado", insistió.
Pero no todo es negativo. "Ciertamente, contamos con más recursos para ser cultos que en épocas pasadas", afirmó en diálogo con La Nación Antonio Battro, especialista en nuevos medios educativos. Para él, los viajes frecuentes, los sistemas de información al instante y la memoria de la civilización en bancos de datos permiten ampliar notablemente el panorama cultural de millones de personas.
Pero aclaró que no debemos confundir los medios con los fines: "A medida que las herramientas masivas se vayan perfeccionando se nos exigirá mayor creatividad personal y audacia intelectual. La cultura no está en cabalgar desaforadamente sobre estas nuevas ondas sino en producirlas, cada uno a su manera, en forma local, cultivando su jardín".
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