Cómo fue la vida a bordo en el último viaje del Irízar
Viñetas de la travesía que el enviado de LA NACION no olvidará
1 minuto de lectura'
Comenzar abril a bordo de un emblema como el rompehielos Almirante Irízar no es poca cosa para cualquier hombre de mar. Tampoco lo fue para mí, que no lo soy. Cumplir la última etapa antártica con un buque que ya hizo historia -no hablemos por ahora del futuro- es algo para relatar.
Es que hace catorce días subí con el entusiasmo con que lo hice siempre al gran barco naranja, medio cabezón, por su edificio blanco y sus obstinadas embestidas, y con un ambiente interno generoso, en el que también los tiempos fríos pierden ante la camaradería.
Fueron, en mi tercera pasada por la Antártida, días para el recuerdo. ¡Cómo no recordar entonces aquel domingo primero de mes, cuando el helicóptero Sea King nos buscó en la base Marambio y se posó en la cubierta de vuelo del buque de los hielos, que ya navegaba hacia la base Esperanza!
Era un reencuentro, para mí, con el barco que, cuando está en Buenos Aires, en el Apostadero Naval, miro a diario desde mi ventana de la Redacción de LA NACION. Claro que el reencuentro allá, a casi 5000 kilómetros, a 23 grados bajo cero, es lo que siempre espero.
A sopa y soda
"¡Bienvenido!", me dijo ese domingo Guillermo Tarapow, el comandante, a quien ya conocía, pero sólo de un rápido saludo. Esta vez no fue así. Tuvimos largas conversaciones comida de por medio, aunque Guillermo sólo tomara sopa y soda: "Me estoy cuidando; ya bajé ocho kilos. Es que dentro de unos días voy a hacer mi salto cien en un paracaídas", me comentó en su siempre voz templada y baja, mientras yo tomaba vino de la casa.
Supe rápidamente, apoyado en otro de sus comentarios, que era de esos hombres de antes, esos marinos que nunca abandonaban el buque. Los días me dieron la razón.
En esa cámara, yo ya tenía un conocido, el coronel Mario Dotto, un fantástico impetuoso que una vez más me bajó en Esperanza en otro 2 de abril, para que todos viviéramos emocionados, junto a las familias que allí invernan, el acto por la gesta de las Malvinas. No olvido sus palabras: "Allí quedaron soldados que no tuvieron relevo".
Dentro de un lanchón de desembarque volví al buque al caer la noche y con otra esperanza, la de sacarme el traje antiexposición (amarillo), volver a los mocasines y, después de comer, bajar a lo de Luisito. Lo de Luis tiene nombre de restaurante de San Isidro (La Caleta), pero no es otra cosa que la cantina del barco, allí donde se puede encontrar desde una afeitadora hasta una milanesa, desde un souvenir hasta una cerveza y, como dijo un uruguayo (Dante), "desde un escarbadientes hasta un elefante".
"Vos, siempre acá. Nunca en el gimnasio", le dijo en tono medio vigilante un suboficial a otro. Le respondieron: "Y vos siempre allá, levantando pesas. Nunca te veo por la biblioteca".
De pasada por la capilla, el padre Juan Carlos siempre cantando y allí, bien arriba, en el puente de mando, el silencio que merece la voz de la conducción, más cuando es de noche y los hielos se cerraron proa a la base Jubany, esa que compartimos con los alemanes y que, como dijo un cabo infantil e inocente: "¡Tiene cine y todo!".
Volví a ver con encanto la bahía de Jubany y cómo nos cruzamos con el pequeño, por más moderno que sea, rompehielos norteamericano Palmer. Yo, también como los chicos, pensé: "Me quedo con el mío". Sí, porque el Irízar será para siempre mío.
En el pasaje Drake
Después, la navegación continuó por el estrecho tan temido: el Drake. Los que nunca lo cruzaron preguntaron lo de siempre: "¿Cuánto dura el paso? ¿Se mueve mucho? Esta vez, fue un paso estándar: ni mucho ni poco.
Amarras en Ushuaia, y los que pueden bajar, se bajan, después de haber completado una campaña de cuatro meses. Otros salieron de compras y algunos fuimos a lo de tía Elvira por una exquisita centolla. A la salida de la puerta del restaurante tuve de nuevo la vista imponente de nuestro gran rompehielos en el canal Beagle. Me apuré a abordarlo por esa sensación de las cosas que uno quiere y que se van.
¿Cómo no aprovechar una completa navegación por todo el litoral atlántico argentino? ¡Seguimos! Un par de días de viaje para atravesar la altura de Santa Cruz, algo más hacia Chubut, y por la noche, cuando la gente esperaba el "rancho" (comida), no hubo otra cosa que fuego.
El viaje en el Irízar había terminado; el ancla se había clavado allí en el fondo y vino lo que nunca esperé: la evacuación.
Hoy sólo espero que el rompehielos vuelva, cueste lo cueste y sea cuando sea. El mar también lo está esperando y la Antártida, necesitando; no sea cosa de que esos hielos comiencen a cerrarse porque ya no teman la aparición del coloso puño color naranja.






