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WASHINGTON.- Anna Ivanova, una artista de 28 años, hojeaba cartas antiguas en un puesto de mercado de pulgas de Sofía, Bulgaria. Se encontró con una serie de notas de 1947, escritas en papel azul por una mujer que compartía su nombre.
Esta mujer, Anna Mihaylova, escribía cartas de amor obsesivas a un hombre llamado Milcho Radev. Mihaylova describía que se sentía loca e irritada. Escribía que no soportaba nada, que le gustaría dispararle al mundo entero para que solo quedaran ella y Radev. “Está constantemente pensando en él”, dice Ivanova.
El afecto de Mihaylova era unilateral. “Ella sigue notando que él no responde, o que no le importa, o que no parece sentir lo mismo”, dice Ivanova. Le recordó su propio enamoramiento. Reunió todas las cartas que pudo.
Luego comparó sus entradas de diario con ellas. Ivanova escribió sobre el deseo que sentía por la persona con la que salía, sobre el cansancio de pensar constantemente en él y sobre decidir que “todo es mentira, después todo es verdad y después todo vuelve a ser mentira”.
Revisó cinco años de diarios y descubrió que, incluso cuando cambiaba la persona que le interesaba románticamente, experimentaba “la misma relación una y otra vez”. Esas relaciones estaban definidas por pensar demasiado hasta el punto de la obsesión. A veces la obsesión se apagaba, pero otras veces duraba años. Recordó que finalmente se dio cuenta: “Estoy en limerencia”.
El término “limerencia” fue acuñado por Dorothy Tennov en la década de 1970 para describir el profundo enamoramiento romántico. Se caracteriza por pensamientos frecuentes sobre una persona amada, estados de ánimo dependientes de sus acciones y fantasías intensas. Si bien la limerencia aparece en el arte y la literatura a lo largo de la historia (pensemos en el “Oh, amor pendenciero, oh, odio amoroso” de William Shakespeare y la “unión extática” de Simone de Beauvoir), el uso del término explotó desde la llegada de las redes sociales.
Las búsquedas de “limerencia” aumentaron un 500% en los últimos cinco años, según Google Trends. Bajo el hashtag #limerencia, se publican 43.000 videos en TikTok y 46.000 publicaciones en Instagram. También surgieron foros y grupos de apoyo.
“De repente vimos que la limerencia aparecía por todos lados”, dice Lynn Marshall, una psicóloga de 58 años de la Universidad de Chichester, en Inglaterra. Las redes sociales crearon un mundo digital preparado para la limerencia, lleno de información e incertidumbre, dos elementos que activan el sistema de recompensa del cerebro y alimentan la fijación.
Se están lanzando nuevas funciones para enganchar a los usuarios alimentando la obsesión. En junio, Meta lanzó Instagram Plus, un servicio de US$3,99 por mes que permite ver cuántas veces una persona observó una historia, con registro horario incluido, y buscar una cuenta específica dentro de la lista de visualizaciones.
“Están vendiendo el telescopio y el camuflaje al mismo mercado”, escribió en un correo electrónico a The Washington Post Matt Hannan, de 28 años, exingeniero de software de Meta.
“Mucha gente joven usa Instagram como una aplicación de citas y como el principal escenario donde se construye el posicionamiento social”, explica Hannan, que trabajó en la empresa entre 2021 y 2024. “Estas funciones venden mejor información para ese juego: quién te está mirando, con qué intensidad y cuál es tu posición”. Meta no respondió al pedido de comentarios de The Post.
Las cartas cargadas de limerencia de Mihaylova parecían haberse extendido durante cuatro días consecutivos, mientras que la limerencia de Ivanova duró tres años. Una de las razones por las que los episodios de limerencia duran más en línea es el acceso sin precedentes a la información, dice Marshall, la psicóloga. En las redes sociales, podés encontrar familiares, amigos y actividades de una persona: material perfecto para alimentar fantasías.
Después está la incertidumbre sobre cómo interpretar señales, como una historia de Instagram, algo que favorece espirales de sobreanálisis. Marshall explica que las personas en estado de limerencia pueden pasar horas intentando descifrar señales ambiguas en línea como muestras de interés o de desinterés. Ivanova recuerda haber buscado respuestas cuestionando el comportamiento online de la persona con la que estaba obsesionada: “¿Cuándo le dio ‘me gusta’ a mi foto? ¿A la foto de quién más le dio ‘me gusta’?”
La limerencia comparte rasgos de un enamoramiento, salvo que esos rasgos ocurren con una “enorme intensidad”, dice Marshall. “Es abrumadora, intensa y altera la vida cotidiana”.
Pero su detonante suele ser un gesto ordinario: una ceja levantada, una mirada prolongada o una sonrisa. “No hacen falta más que unas pocas semanas para pasar de pensar un poco en esa persona a pensar en ella las 24 horas del día, los siete días de la semana. Aparece en tus sueños”, explica Marshall. “Cuando hablás con personas que atravesaron una limerencia, pueden decir exactamente en qué momento apareció esa sensación”.
Ivanova puede hacerlo. Su última etapa de limerencia comenzó cuatro meses después de empezar a salir con un hombre. La pareja tenía planes que finalmente se frustraron porque él no pudo asistir. “Empecé a obsesionarme con interpretar la situación”, dice. Esa experiencia la inspiró a crear un libro de ilustraciones que representa la limerencia en la era de internet.
Aunque la limerencia evolucionó en línea, una característica sigue siendo la misma: los objetos de deseo suelen resultar sorprendentes. Marshall cuenta que muchas personas con las que habla son limerentes por alguien que ni siquiera les resulta especialmente atractivo físicamente o con quien sería inapropiado mantener una relación. Muy a menudo, además, conversa con personas casadas. “No tienen ninguna intención de dejar a su pareja y, sin embargo, sienten limerencia por alguien más”, dice.
El neurocientífico Tom Bellamy, de 50 años, comenzó a escribir un blog sobre limerencia bajo el seudónimo “Dr. L”. Había desarrollado limerencia por una compañera de trabajo de la Universidad de Nottingham, en Inglaterra. Él estaba casado, y ella también.
Recordó haber percibido “algo inusualmente atractivo” en ella. Hoy Bellamy interpreta ese destello como el comienzo de la limerencia. Es el momento en que la norepinefrina, una hormona liberada por las glándulas suprarrenales, genera sensaciones de euforia. Al mismo tiempo, niveles elevados de dopamina impulsan a la persona a buscar contacto. Si ese contacto resulta gratificante, la oxitocina, conocida como la “hormona del amor”, inunda el cerebro.
Bellamy encuestó a 1500 adultos y concluyó que más de la mitad experimenta limerencia. A medida que esta aumenta, la señal de dopamina que impulsa la búsqueda de recompensas se vuelve más intensa. Al mismo tiempo, se debilita el funcionamiento ejecutivo del cerebro, encargado de regular el deseo. Las endorfinas alimentan los momentos de euforia, lo que Bellamy describe como un “equivalente natural de la heroína”. Al igual que ocurre con una droga adictiva, la persona limerente necesita cada vez más de su interés amoroso para obtener el mismo efecto.
Las aplicaciones como Instagram están repletas de “material de refuerzo accesible”, sostiene Bellamy. Ver una imagen de la persona deseada ofrece una recompensa rápida, pero termina generando vínculos emocionales en la vida real. La obsesión se convierte en un ritual y los entornos de redes sociales funcionan como su infraestructura.
La ironía de todo esto es que la limerencia suele nacer de un deseo de cercanía, dice Bellamy. Por eso, no le sorprende que la soledad y la limerencia hayan aumentado al mismo tiempo.
Para salir de la limerencia, hay que cortar el suministro. Bellamy recomienda limitar el contacto tanto como sea posible para evitar que se sigan reforzando las recompensas. Advierte que aparecerá un dolor similar al de la abstinencia. Marshall se refiere a este proceso como “matar de hambre”.
Ivanova hizo todo lo que pudo para superar la limerencia. Dejó de comunicarse con su último interés amoroso. Eliminó sus cuentas de sus perfiles en redes sociales. Se abstuvo de buscar su nombre para encontrar actualizaciones sobre su vida.
“No podía ver nada, pero no dejaba de pensar. Era constante”, dice. “Me llevó meses y meses”.




