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La propagación masiva del coronavirus a comienzos de 2020 y las medidas adoptadas por los distintos gobiernos para enfrentar la pandemia provocaron alteraciones sin precedente en la vida de las personas. Estos cambios, súbitos y en muchos casos inevitables, hicieron mella en la salud mental de niños y adultos, ya sea porque padecieron la enfermedad o trabajan en contacto permanente con ella; porque tienen miedo a lo que pueda sucederles a ellos o a sus seres queridos; por la pérdida de vidas y los duelos; o incluso porque las restricciones dispuestas para prevenir los contagios les provocaron sentimientos de angustia, depresión y pánico.
“En la población en general -a partir de los 18 años- lo que observamos mayormente fue un aumento de los cuadros de ansiedad ligados a la situación de pandemia. Se trata de gente que, más allá de las restricciones establecidas, no quiere salir de su casa ni interactuar con ninguna otra persona”, explicó en diálogo con LA NACION Pablo Fridman, jefe de Servicio de Salud Mental del Hospital Dr. T. Álvarez.
De acuerdo con el especialista, el aumento de esta patología se registró tanto durante los períodos de confinamiento como en los sucesivos, un poco más flexibles. Consiste en un “redoblamiento del encierro y del aislamiento motivado básicamente por el temor a la infección” y su intensidad varía en función de cada paciente.
“Usualmente, los cuadros que se llaman ‘de ansiedad’ en términos genéricos engloban a los cuadros de angustia, que incluyen a los trastornos de pánico, que serían su expresión máxima. La diferencia entre ansiedad y angustia es que la primera se da más en el plano social y la segunda a nivel corporal, con síntomas como opresión, taquicardia y sudoración”, detalló. También aclaró que, por lo general, ambas se manifiestan de manera conjunta e implican un padecimiento importante, por lo que “deben ser tratadas para evitar que se agraven”.
Según Fridman, la ansiedad surge de una “sobrerreacción” a una situación de riesgo como la planteada por la pandemia, pero no serían efecto directo de las restricciones. “No creo que la cuarentena sea de por sí una causa de trastornos de salud mental, pero sí puede contribuir a agravar depresiones o ansiedades previas. Los problemas observados tienen que ver más con pacientes no tratados o con cierta predisposición a estos cuadros, que el aislamiento puede desencadenar o aumentar”, sostuvo.
Por otra parte, el psiquiatra destacó la importancia de la asistencia en materia de salud mental al personal sanitario abocado a combatir la pandemia. “Hemos observado síntomas como sobrecarga, estrés laboral y extrema tensión por la responsabilidad que implicó el tratamiento de una enorme cantidad de pacientes y de sus familiares”, explicó.
También remarcó la necesidad de acompañar a familiares y pacientes que atravesaron los modos más graves de la enfermedad. “Una persona que ha pasado un tiempo en terapia intensiva, con riesgo de vida e intervenciones, atraviesa una situación traumática que genera un efecto de conmoción a nivel subjetivo y de su medio. Lo que no se dice muchas veces es que los pacientes que logran sobrevivir a la enfermedad quedan con ciertas secuelas que requieren de tratamientos para superar la situación y evitar secuelas de tipo hipocondríacas”, afirmó el especialista, y agregó: “También es importante la buena elaboración y metabolización de los duelos frente a una ausencia repentina y no prevista”.
Por otra parte, el médico neurólogo y director del Instituto de Neurología Buenos Aires (INBA), Alejandro Andersson, alertó sobre los trastornos en materia de salud mental desarrollados por quienes se contagiaron de coronavirus y lo transitaron con o sin síntomas. Los enmarcó dentro de lo que se conoce como poscovid, Covid prolongado o Covid crónico, al que definió como un conjunto de síntomas y enfermedades que aparecen entre el día uno y el 180 después de recibir el alta y que pueden ser de lo más variadas: desde pérdida del olfato, dolores de cabeza y cansancio hasta la famosa niebla mental o déficit cognitivo.
El neurólogo aludió en ese sentido al artículo publicado en abril de 2021 por la revista especializada The Lancet, sobre un estudio de la Universidad de Oxford en el que se analizó la evolución de 236 mil pacientes poscovid. Los investigadores se focalizaron en 14 afecciones neurológicas y psiquiátricas -desde ACVs hasta brotes psicóticos- y determinaron que el 34% de los participantes había sufrido alguno de dichos trastornos. En los hospitalizados en terapia intensiva, el número ascendía al 50%, y en las afecciones más frecuentes en todos los casos fueron la ansiedad y la depresión.
Consultado acerca de cuáles de estas patologías trató en los últimos meses, Andersson puntualizó sobre la psicosis poscovid, que tiene una incidencia estimada del 1,5%. “Sucede cuando alguien pierde el contacto con la realidad y puede llegar a provocar alucinaciones. En general, se trata de un pensamiento sin lógica, inconexo y desorganizado. Personalmente, he evaluado a personas que presentaron este cuadro tras algunas semanas de haber sido dados de alta”, sostuvo.
Y completó: “También he tratado a jóvenes y adultos con cuadros psiquiátricos incompletos. Entre ellos, a un adolescente que, tres semanas después de padecer un Covid leve, entró en un estado de apatía y perplejidad con pérdida de memoria. La verdad es que la mayor parte de los pacientes presentan este tipo de cuadros, que son incompletos y con estados psicóticos mínimos. Todos los casos que vimos fueron reversibles y no tenían antecedentes psiquiátricos”.
De acuerdo con el neurólogo, la evidencia científica recabada hasta la fecha plantea la necesidad de que los servicios de atención se doten de los recursos necesarios para tratar las mencionadas afecciones. “Si el Covid agudo saturó las terapias intensivas, este Covid más crónico va a saturar los consultorios externos y los servicios de neuropsiquiatría”, advirtió.
Frente a este otro desafío de la pandemia, en el país pusieron en marcha una serie de acciones para brindar asistencia en materia de salud mental en este contexto. LA NACION hizo un relevamiento de las alternativas ofrecidas por el Estado nacional, la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires, que incluyen desde líneas de asistencia telefónica hasta operativos específicos desplegados en hospitales y otros centros de salud. En general, los programas apuntan a tres grandes grupos: los infectados y sus familias, el personal de salud y la población en general.



