Coronavirus. Estuvo varado en un pueblo fantasma de Francia, escribió un libro para contarlo y María Kodama le puso su sello

Nicolás Serra con su hijo en Méribel, en el corazón de los Alpes franceses
Nicolás Serra con su hijo en Méribel, en el corazón de los Alpes franceses Crédito: Gentileza
Ariel Ruya
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21 de mayo de 2020  • 11:25

Nicolás Serra es arquitecto. Estuvo dentro de una película de ciencia ficción durante un puñado de días y quiso contarla. Las palabras, a veces, derriban esos muros que él mismo suele construir. "Me quemaban, me ahorcaban. Tenía que sacarlas", cuenta , ahora, cuando ya todo terminó. Estuvo encerrado en un pueblo fantasma, volvió a Buenos Aires, cumplió la cuarentena y en apenas un mes, escribió un libro. Su primer libro. Que tiene un cierre envuelto para regalo: un escrito de María Kodama.

"Me gusta escribir, pero nunca publiqué nada. Cuando llegué a Buenos Aires y me metieron en cuarentena con mi hijo en una habitación de hotel durante 11 días, no tenía un pomo que hacer., y más con un chico de 19 años. Yo suelo levantarme a las 6.30; no podía despertarlo, entonces, se me ocurrió que podría escribir, para contarles cómo estaba y cómo la habíamos pasado, a mi mujer y a mis otros dos hijos, que estaban en mi casa. Todos los días, escribía un capítulo nuevo. Lo iba mejorando y cuando llegué a casa, me resultó tan divertido, que lo terminé. Una librería amiga me dijo que le había encantado y que lo publicara", cuenta Serra su propia historia. El arquitecto convertido en escritor, que se fue de viaje a un paraíso con su hijo Justo, su hermano Gonzalo y su sobrino Mateo y acabó durmiendo en una pesadilla interminable .

Se reían y esquiaban todos los días en Méribel, en el corazón de los Alpes franceses, un lugar exclusivo para el clásico deporte invernal. Pero el avance del nuevo coronavirus los tomó por asalto. Metido en un pueblo fantasma -ya estaba casi todo cerrado y no había gente, solo un pequeño negocio a punto de quedarse sin alimentos-, alquilaron el último auto disponible rumbo a Ginebra, con la esperanza de alcanzar un vuelo de Iberia a Madrid y, desde allí, confirmar otro viaje, de Lan Chile a Santiago. Rumbo a Suiza, fueron frenados por la policía en el camino, porque ya no se podía circular. El aire -y la carretera- ya no era libre.

Como tenían en su poder los boletos, los dejaron pasar. Llegaron a Madrid, en donde estuvieron dos días. Luego de largas horas en el aeropuerto de Barajas y de subirse al avión rumbo a Santiago, fueron bajados, porque les indicaron que las fronteras con la Argentina ya estaban cerradas. Luego, solo porque la moneda cayó del lado de la fortuna, consiguieron un vuelo directo a Buenos Aires, por Iberia, y llegaron al Aeropuerto Internacional de Ezeiza el sábado 21 de marzo.

Para el regreso tuvieron suerte: consiguieron un vuelo directo a Buenos Aires, por Iberia, y llegaron a Ezeiza el sábado 21 de marzo
Para el regreso tuvieron suerte: consiguieron un vuelo directo a Buenos Aires, por Iberia, y llegaron a Ezeiza el sábado 21 de marzo Crédito: Gentileza

Cuenta que fue pionero en el arte de la cuarentena obligatoria de los recién llegados. Apenas aterrizó, fue invitado a pasar dos semanas en un hotel, cuando el martirio general recién empezaba. Llegó a las 2 de la mañana al establecimiento, se levantó un puñado de horas después y empezó a tipear. Le pegaba al teclado desde las entrañas, los recuerdos le brotaban naturalmente. Risas, angustias, dolores. Lo escribió en un mes. "La necesidad de escribir me ahorcaba. Era un auxilio, me levantaba antes de las 6 de la mañana y me ponía a escribir", sostiene. Dos o tres horas durante las mañanas, recortaba las impurezas del texto, se inclinaba por una breve siesta y volvía a la carga frente a la computadora durante las tardes. El hotel está a pocos metros de su casa, de Carolina Marino, su mujer, y de Benjamín y Olivia, sus otros hijos, que los esperaban ansiosos, todos los días. Se veían por las videollamadas de WhatsApp, pero la historia imposible viajaba por correo electrónico, capítulo a capítulo.

Serra escribía, Olivia -sobre todo ella, la pequeña-, leía. Los días transcurrían como en las historias del pasado, cuando las cartas de un mundo a otro lo eran todo. El arquitecto se metió en un universo nuevo, de editores, correctores, expresiones y vocablos. Lo suyo, de todos modos, fue algo más que un breve glosario de sujeto y predicado. "Méribel Ski Tour 2020, Una historia impensada basada en hechos reales", es un envase de 158 páginas de intensas emociones, con el sello distinguido de la contratapa, a cargo de María Kodama.

Inmediatamente, se comunicó con Maizal Ediciones. Lo imprimieron y le prometieron que lo iban a editar. Allí fue cuando surgió un nombre asombroso: la viuda de Jorge Luis Borges. "Mi vieja la conoce. Me dijo: mandáselo, que le va a encantar. 'Dale, tal vez me interese', me contestó María. Y así fue. Y escribió lo que escribió. Jamás imaginé que iba a editar un libro, después de todo lo que nos pasó. Nunca en la vida", se sorprende.

El arquitecto Serra con su hijo Justo, su hermano Gonzalo y su sobrino Mateo
El arquitecto Serra con su hijo Justo, su hermano Gonzalo y su sobrino Mateo Crédito: Gentileza

En dos semanas va a estar en la calle y va a salir unos 900 pesos. Teresa Rojas, su madre, y Kodama mantienen una relación social y cultural. Tanto le agradó la obra -que es un recorte vivo de lo que ocurre en el mundo-, que se puso a escribir unas líneas, referidas a la historia y, acaso, con un guiño al gran escritor, referido a las vueltas -y vueltas- de la vida.

Dice así:

Nicolás Serra en su libro Méribel Ski Tour 2020 relata lo que le sucedió a él y a su familia en el viaje de vacaciones.

Los que iban a ser unos días de descanso, se transformaron en una pesadilla, en una prisión a raíz del coronavirus que se convirtió en una pandemia obligando a cerrar las fronteras de los países para evitar de este modo el contagio.

Recuerdo un cuadro que pintó Juan Manuel Blanes (1830-1901) sobre la fiebre amarilla en Buenos Aires. Dos hombres abren una puerta, son los médicos Dres. Manuel Argerich y José Roque Pérez que cubren sus bocas con un pañuelo, en el suelo vemos a una mujer, que ha muerto por la peste y a un niño tratando de alimentarse del pecho de su madre.

Buenos Aires padeció un brote de la "fiebre amarilla", muy intenso en 1871. Ésta acabó con el 8% de la población en los momentos más graves, se cobró unas 14.000 vidas, muriendo 250 personas por día. Esto trajo como consecuencia que las familias más tradicionales abandonaran sus casas de San Telmo, donde aún podemos ver algunas de esa época, y se trasladaron a la Recoleta.

En 1877 Máximo Terrero, marido de Manuelita Rosas, viajaba a Buenos Aires para recuperar las tierras y posesiones de su suegro, tomadas por Urquiza después de derrocar a Rosas en la batalla de Caseros entrando con tropa del Brasil, país con el que estábamos en guerra. Terrero cuenta que el 24 de marzo llegó a Montevideo, a las 6 de la mañana, 3 días y 18 horas de Río de Janeiro, "quedaremos en cuarentena. Saldremos de Buenos Aires, donde completaremos los 15 días desde el 20 que salimos de Río de Janeiro".

Este libro tiene la ventaja, como el cuadro de Blanes, de dejar el testimonio vivido, por escrito, para que las futuras generaciones puedan apreciar que lo sucedido hace tantos años, sucede hoy como si el tiempo fuera circular y por lo tanto repite una, y otra, y otra vez los mismos hechos."

María Kodama

Mayo de 2020

Amante de la adrenalina (esquí, paracaidismo y kite surf), Serra se pellizca: esa rúbrica es cierta. Los proyectos de la arquitectura, por ahora, están frenados. De pronto, se encontró con el papel en blanco, dispuesto a colorear con una historia mínima que será una extraordinaria anécdota en un futuro no tan lejano. Ahora es cuando recuerda aquel llamado de LA NACION , cuando el motor ya estaba en marcha y el paraíso del ski se había convertido en una trampa.

"Teníamos que salir ya, yo lo estaba esperando a mi hermano y pensaba, ¿con quién mierda está hablando por teléfono? 'Estoy hablando con un periodista'. Y después, fue una travesía. Porque no nos querían dejar pasar a Ginebra, porque faltaban demasiadas horas para el vuelo y nos decían que teníamos que ir a pasar la noche a un pueblito de por ahí. Aerolíneas ya no nos contestaba, no había forma de volver. Fueron largas horas de angustia", recuerda el hombre, que ya no camina por las paredes.

"Hasta que de repente, en cuestión de horas (por lo menos para nosotros) la cosa fue cambiando y se transformó en algo realmente peligroso, algo nuevo, insólito. Nunca antes vivido". Así acaba el primer capítulo. Lo que sigue, es el viaje de cuatro sujetos a través de un laberinto. El final, esta vez, es feliz. "Tenía una ansiedad que me ahorcaba, que me apretaba la garganta. Escribí, escribí todo lo que pude. Hubiera quedado en la computadora, se lo habría dado solo a mis amigos, pero cuando a Kodama le pareció interesante, me mandé", cuenta Serra. Que aprovechó el drama de la pandemia para escribir el libro de su vida.

Por: Ariel Ruya
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