Cruzando el mar sobre la hélice de un barco sojero

David Bangoura escapó a los 17 años de Guinea y, sin saberlo, terminó en Rosario
Franco Varise
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17 de abril de 2012  

El sonido de la hélice es imposible de olvidar. Debajo de la piel de David, el rotor gira, gira y se enrosca en sus entrañas. Algo que en palabras sonaría como un ugg-ugg-ugg-ugg interminable, según define. No le pidan a David Doda Bangoura (25) que se dé el pequeño lujo de prescindir de ese sonido. No puede: lo tiene dentro del alma.

Entre la sed y el hambre, las esperanzas y la desesperación. Los más de 20 días cruzando el mar en un pequeñísimo habitáculo seco entre el timón y el casco (bracage, dice) dejan para siempre cosas en la cabeza.

A los 17 años, David emergió por casualidad en el puerto santafecino de San Lorenzo , cerca de Rosario, desde la mismísima panza de un buque de ultramar. La soja cosechada en la rica pampa húmeda viaja hacia China y, en su contramarcha, trae visitas inesperadas. David es una de esas visitas. Su extraordinaria historia comenzó hace ocho años en Guinea-Conakry , un país de Africa ubicado sobre la costa occidental del continente. Un terreno golpeado por la pobreza, el hambre, el sida y los intermitentes desahogos violentos de la política interna.

"Todos los chicos queríamos irnos por problemas de pobreza o de familia... yo estaba estudiando el liceo, quería también cantar, pero no me permitían entrar en la universidad porque mi mamá no apoyaba el régimen... Tenía la esperanza de una mejor vida. Yo necesitaba tener un país...", relata a LA NACION.

David es hoy un "vecino" que divide su tiempo entre Buenos Aires y Rosario. Un trashumante con una vida literalmente de película, pues inspiró el documental El gran río, de Rubén Plataneo , que por estos días se presenta en el Festival de Cine de Buenos Aires (Bafici).

El film recorre los sueños de Black Doh (su nombre musical y hiphopero) y hace el viaje al revés hasta Guinea para llevar la noticia a su familia de que David no ha muerto.

"En ese momento estaba en el Port Autonome de Conakry; siempre íbamos a ver los barcos. Unos amigos estaban juntando comida para viajar... alguien nos dice que aquel buque salía para Europa... en la madrugada nadamos con unas bolsas de gary (harina de mandioca) y unos bidones de agua; subimos al bracage y esperamos dos días hasta que el barco empezó a navegar..."

David emprendió la aventura con otros tres amigos, Abdulay, Lamine y Kámara. El destino era Europa. Pero a los trece días de viaje se quedaron sin agua. El frío de la noche casi a la intemperie, con la única ropa que llevaban puesta y el hacinamiento empezaron a trastocar el ánimo del grupo, que había salido a alta mar cantando y rezando.

"Petit Abdulay empezó a morirse... Estuvimos ocho días tomando agua de mar; quedaba muy poca comida, entonces empezamos a golpear el casco del barco para que nos sacaran, pero nadie respondía... Un día bajé a tomar un poco de agua y era más dulce: así nos dimos cuenta de que habíamos llegado a un país..."

La tierra de Maradona

Hasta ese momento no sabían que el barco de bandera vietnamita estaba ingresando en el estuario del Río de la Plata, muy lejos de Europa. David ya había viajado con esta modalidad varias veces. Antes había hecho cuatro travesías como polizón y siempre fue deportado, incluso de China. La pulsión orgánica por encontrar un "país", como dice, de y cantar hip-hop (Guinea es un país con una cultura musical riquísima) y el clima de su país lo expulsaban hacia el mar. En las diez canciones cuenta los detalles de su aventura con precisión quirúrgica.

"Como a los cuatro días el barco frena y nos suben; eran vietnamitas, que son muy duros, pero como ya estábamos llegando a un puerto nos dejaron en una especie de cárcel con arroz en el piso... después de un tiempo el barco amarró y llamaron a la gente de migraciones..."

El director Rubén Plataneo, durante el rodaje del documental
El director Rubén Plataneo, durante el rodaje del documental

Cuando salieron a la luz del día eran cuatro esqueletos. David, que habla perfecto castellano con una entonación como de príncipe francés, desliza que le teme mucho a la brujería ("Africa tiene mucha brujería", asegura). Cuando los cuatro chicos salieron del barco eran espectros productos de esa brujería, o más bien un milagro de la supervivencia.

"Cuando nos dijeron que estábamos acá nos pusimos recontentos: ¡La tierra de Maradona! El lugar donde nació un jugador así no puede ser malo; nos morimos de risa, cantamos contentos abrazados y agradecimos a Dios hasta que nos llevaron al hotel Bahía de Rosario..."

La vida de David ya en tierra fue y sigue siendo difícil. Pero no deja de agradecer la calidez de una sociedad donde la gente negra es tan rara como un extraterrestre. Quiere mencionar, con los ojos llorosos, el cariño que le prodigaron Claudia ("fue nuestra madre"), la familia de su amigo Martín (que lo alojó por muchos años) y a "mis productores" de la película, que, además, viene acompañada de la edición de su primer disco (Cruzando el mar) cantado en español, soussou y francés..

"Estoy muy feliz y orgulloso de mi disco, pero todavía me falta terminar de estudiar... hasta que no tenga un título no me voy a sentir satisfecho... por mi mamá. Ahora sé que encontré por lo menos un país", cierra el relato. Una historia mínima, asombrosa que, quién sabe, podría estar apenas comenzando.

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