
Cuando el dolor de perder a un ser querido se convierte en lucha
Padres y familiares de víctimas de accidentes cuentan cómo se vive tras la tragedia
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Lejos de los fríos números están las historias de los que sufren las consecuencias de los accidentes. Entre ellos están Alberto y Cristina Reparaz, padres de Gastón, el joven de 18 años que falleció en un accidente de tránsito en Vicente López el 25 de mayo último.
Un Renault Mégane embistió la motocicleta en la que él viajaba, en el cruce de la avenida Maipú y Alberdi, en Olivos. La moto, conducida por un amigo de Gastón, se dirigía por Maipú hacia el Norte y en el momento en que disminuyó su marcha para girar a la izquierda y tomar Alberdi el automóvil la chocó. Las circunstancias del accidente aún son motivo de investigación judicial.
La pérdida de Gastón, o "el Abuelo", como le decían sus amigos, motivó a los Reparaz, entre tanto dolor, a pedir justicia por su hijo. "Las leyes de tránsito son muy débiles. La realidad es que los que preparan el auto están manejando un arma. Mientras nos quedemos de brazos cruzados sin hacer nada esto va a continuar", dice a LA NACION Alberto Reparaz.
Y pide: "Necesitamos que se presenten más testigos. Le pedimos a la gente que pueda aportar algo que no tenga miedo y que nos escriba a transitoporlavida@yahoo.com.ar".
El dolor por la muerte de su hijo es indisimulable. Con todo, Alberto se muestra fuerte y decidido: "Tengo una bandera y no voy a bajarme de esta lucha, quiero justicia", asegura. A su lado, Cristina sostiene la foto de Gastón y se pregunta: "¿Dónde está el asesino de mi hijo? El está muerto y su asesino no sólo está libre, sino que no tiene prohibido manejar".
Gastón compartía los mismos gustos con su padre: las motos y las carreras del TC. "Era un amante de los fierros, como yo, que soy un viejo motoquero. Pero él era muy respetuoso de las normas viales", dice. Cristina intenta mantenerse calma para explicar lo que siente, pero no puede. "Tengo mucha bronca. Gastón era demasiado bueno. Todavía pienso que mi hijo va a volver", cuenta.
La experiencia del dolor
Distinto es el caso de Sergio Rosales. El ya pasó hace algunos años por lo que están viviendo los Reparaz. Más allá de eso, las heridas por la pérdida de sus seres queridos nunca sanarán. "No hay un solo día en el que no piense en Celia y en Vanina", dice a LA NACION Sergio, que desde hace un mes es el orgulloso padre de Lucía Morena.
El 30 de agosto de 1999, Sebastián Cabello atropelló y mató a Celia Carman y a su hija Vanina, de tres años, cuando corría una picada por la avenida Cantilo. La madre y la pequeña iban en un Renault 6 cuando Cabello, al volante de un Honda Civic, se las llevó por delante a 137,65 kilómetros por hora.
El Renault 6 estalló en llamas y madre e hija murieron carbonizadas. En lo que se constituyó en la condena más dura dictada en el país por un accidente de tránsito, Cabello fue sentenciado a 12 años de prisión por homicidio doloso, pero tras haber cumplido menos de dos años en prisión, la Cámara de Casación Penal cambió la calificación por la de homicidio culposo y le redujo la condena a 3 años.
"Desde mi experiencia, digo que no sirve luchar. Estuve casi 7 años luchando para que el asesino de mi mujer y de mi hija quedara preso. En un principio su caso sentó un precedente, pero al poco tiempo estaba en su casa. La Justicia se burla de las víctimas. ¿Si las leyes están bien? Sí, el problema es cómo las aplican los jueces. Lo importante es que los jueces, para variar, estén del lado de las víctimas", explica Sergio. Y agrega: "Si están estudiando un plan de seguridad vial, me gustaría que las autoridades me convocaran; tengo mucho para aportar".
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