
De Cuevana y el sueño libertario a la industria educativa
La transformación de Tomás Escobar, creador de uno de los sitios más populares del país
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El devenir es misterioso. Hasta hace muy poco, Tomás Escobar, que acaba de ganar el prestigioso premio MIT, era considerado uno de los enemigos públicos número uno de la industria del cine y la televisión.
Su anterior "criatura", Cuevana. com, que permite ver películas y series gratis, llegó a convertirse en el paraíso de miles de personas que podían acceder a contenidos sin pagar un peso. Pero para Escobar, que por esos tiempos apenas tenía 22 años, el éxito no fue un fruto dulce, todo lo contrario. Cuando Cuevana empezó a llamar la atención por la cantidad de usuarios que albergaba, las demandas por infringir los derechos intelectuales de las películas y series que se ofrecían en el sitio comenzaron a llover sobre su cabeza inquieta. Lo que había empezado como un pasatiempo entre amigos podía transformarse en su peor pesadilla.
"Nosotros lo pensamos como un servicio porque consideramos que la industria ha demorado mucho en los desarrollos obvios del acceso a los contenidos en Internet", decía Tomás en mayo de 2011 a LA NACION, durante una breve entrevista donde también destacaba la invalorable ayuda de sus compañeros de la escuela secundaria Mario Cardosio y David Fernández. Y en tren de esbozar algunas explicaciones sobre cómo Cuevana se había convertido en un superéxito agregaba: "La mayoría de los canales de televisión tiene una programación basura y, por lo general, la gente no puede cumplir o adaptarse a los horarios que imponen, así que Cuevana permite administrar tus propios tiempos para ver lo que querés". Vale recordar que por aquellos tiempos (en avances tecnológicos dos años son una eternidad) todavía no había desembarcado en la Argentina Netflix y el mecanismo On Demand apenas asomaba. Lo curioso es que este chico sanjuanino de 22 años, estudiante de ingeniería en computación en Córdoba, ya había popularizado su Cuevana en la Argentina y nadie podía detenerlo.
Pero todo tiene un final. En un momento Tomás se encontró en una encrucijada: había desarrollado algo maravilloso, pero que a la vez era ilegal. O al menos tal como estaba concebido no podía seguir funcionando normalmente. Incluso cuando la industria de Hollywood lanzó una ofensiva internacional para "cazar" piratas de contenidos online en todo el mundo (en ese momento cayó Dotcom) el nombre de Escobar empezó a circular. No pocos pensaban que el jóven sanjuanino podría terminar legalmente muy comprometido.
Desde el principio de Cuevana, Tomás buscó una salida honrosa. Tuvo reuniones con empresarios para vender el sitio, pero era imposible. Luego de un tiempo muchos le perdieron el rastro. Ahora emerge triunfante, a los 25 años, con Acámica, un sitio del que quizá todos hablemos dentro de poco.
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