El adiós a un mito de la gastronomía porteña
Su casa de comidas, santuario del fútbol
1 minuto de lectura'
José Luis Blanco Sánchez, más conocido como José Luis, murió anteayer.
Era autor y alma de su restaurante homónimo de Recoleta, que con tanto empeño manejó durante casi diez años. Asturiano de buen y bien comer, conocía todas las cocinas de España y con ellas armó "José Luis", con una carta clásica que tuvo pocos cambios, contrariamente a las tendencias actuales. En eso también se mostraba su carácter, recio, franco y socarrón, fiel a su gente y a sus amigos.
Comenzó en la gastronomía en una esquina de la calle Tacuarí, donde LA NACION lo conoció, y donde se ganó el aprecio de tanta gente que encontró en el restaurante una de las mejores cocinas españolas de la capital -y del país- tanto que en poco tiempo se colocó en la zona más elegante de Recoleta.
Allí su clientela se elevó con personajes de más alto nivel, desde empresarios poderosos, ciudadanos españoles, periodistas prestigiosos, gente de la cultura, artistas, políticos de raza y de los otros, bodegueros encumbrados, deportistas y, especialmente, futbolistas, ya que cultivaba esa pasión, hincha del Sporting de Gijón y amigo entrañable de Alfredo Di Stefano, con quien disfrutaba cada enero en la capital española. Adornó una especie de santuario futbolero en un rincón del local, con estandartes, banderines, fotografías y otros símbolos.
Poco se sabía de su vida privada, sí de sus hijas mellizas que lo amaban.
Se rodeó de personal femenino. En la cocina de su restaurante había pocos hombres, sólo el jefe y algún que otro colaborador.
Un sello propio
José Luis Blanco dejó en su casa de comidas el sello de su estilo que muy difícilmente cambiaba ni por consejo de los críticos. O "de poder" por sus comensales, que pagaban cualquier precio por los productos legítimos de España que se esmeraba en conseguir.
El mismo tomaba las comandas y manejaba el salón, entretenía a los clientes con su gracia y sus anécdotas, siempre enterado de todo.
Invirtió en cocineros españoles de gran formación, jóvenes y modernos, que renovaron su cocina.
En 2003, recibió una mención del The New York Times entre cuatro restaurantes porteños, pero ya el cáncer lo desafiaba y en poco tiempo terminó con sus ganas y con sus fuerzas.




