El amor enfrenta a la droga
Una fundación creada por seis familias ayuda, en Villa Lynch, a terminar con la adicciones y se ocupa de lograr la reinserción social y laboral de dieciséis jóvenes
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"Embarcate en la búsqueda de un nuevo horizonte. Llevá el timón de tu vida. Dejar la droga es posible."
Con esta invitación, la Fundación Por la Vida se propone mostrarles a quienes no pueden abandonar el fantasma de la drogadicción que una nueva vida es posible.
En una inmensa casona ubicada en Villa Lynch, dieciséis hombres de entre 20 y 30 años pelean a diario con uno de los enemigos más difíciles de combatir.
Un amplio parque lleno de verde y de sol y una sencilla huerta, cuidados por los mismos internos, les propone conectarse con la naturaleza y vivir una vida distinta.
Hace seis años, un grupo de familias descubrió que el drogadicto necesitaba apoyo en esta dura batalla y crearon una institución que los contenga y les de fuerzas. Así nació la Fundación Por la Vida (754-6448).
"Lo que nosotros intentamos, es que las personas dejen de consumir, porque si vienen aquí es porque el consumo les está haciendo imposible la vida", aseguró Patricia Di Paola, la coordinadora psicológica.
Di Paola explicó que para acceder a una terapia ambulatoria "es muy importante la red con la que cuenta el paciente, es decir, si tiene familia, si sostiene algún tipo de actividad, pero fundamentalmente que no esté solo. Alguien que está solo, no puede."
Cuando alguno de estos requisitos falla o cuando el consumo es muy fuerte, lo más aconsejable es indicar la internación del adicto.
Las ganas de recuperarse
La voluntad del adicto por recuperarse es decisiva para el éxito del tratamiento. "En general llegan aquí después de muchos años de consumo", señaló a La Nación Rafael Arcone, el director de la institución.
"En muchos casos, más que de rehabilitación, hablamos de habilitación, porque muchos jóvenes llegan con grandes carencias sociales y afectivas, que implican empezar de cero -reconoció la especialista-. En estos casos, la fundación es una alternativa de vida."
Las modalidades de tratamiento son distintas para cada paciente, para cada historia, para cada necesidad. La internación en comunidad terapéutica plantea una revisión del pasado y de la historia del adicto, para entender cómo llegó a la adicción y a partir de ahí, lograr que cambie.
Arcone añadió que "hay ciertos requisitos para cada modalidad: para acceder a un tratamiento ambulatorio se necesita una familia contenedora y para hacer una terapia residencial, en principio, no se puede tener una actividad laboral diaria."
En la fundación todas las actividades tienen un sentido terapéutico. Tener responsabilidades, crear nuevos hábitos de vida, tomar conciencia de que todo responde a una elección, son pautas que los terapeutas intentan crear en los ex adictos.
El amor responsable
"Nosotros nos manejamos con el principio del amor responsable, es decir, ocuparse del otro", la especialista destacó que con esto se busca combatir la indiferencia, otra característica de los adictos. Así busca las actitudes malas en el otro que luego se discuten. "Es más fácil ver los errores en los demás que en uno.
En esta lucha contra la droga, el papel de la familia del enfermo es decisivo. Por eso la fundación cuenta con un espacio semanal para los grupos familiares, coordinado por psicólogos.
Las terapias son focalizadas con las familias, "porque la idea es que el adicto no se quede a vivir aquí sino que pueda reinsertarse y ser feliz en la sociedad, aceptando lo que tenga que aceptar, y modificando lo que tenga que modificar", explicó Di Paola.
En el tratamiento ambulatorio, en cambio, se trabaja con el grupo familiar desde el inicio. "El adicto está mucho más tiempo afuera que en la institución, con lo cual es importantísimo el papel de la familia, si no, el tratamiento no puede sostenerse."
La última etapa del tratamiento se propone la progresiva reinserción del ex adicto en la sociedad. Para ello, tratan de conseguirle trabajo, lugar donde vivir y un objetivo por el que luchar.
"Cualquier persona tiene que saber que la droga no le puede ganar a la vida", escribió Christian, uno de los internos, en la revista de la fundación. "Desde que ingresé a la comunidad, mis días volvieron a tener sol, mis noches a tener paz... Sé que estoy en el camino que quiero seguir", expresó Gustavo, otro adicto en recuperación. "Este es mi tiempo. Voy a luchar Por la Vida", fueron las palabras de Carlos.
Las frases de estos enfermos en recuperación son el dato más importante de que Por la Vida consigue que recuperen las ganas de vivir y el dominio de sus propias vidas.
Es necesario pedir ayuda
La Nación conversó con Carlos, Claudio y Christian, tres de los integrantes de la fundación, y aunque cada uno está viviendo una etapa distinta del tratamiento, todos tienen las mismas ganas de salir adelante.
"Hace nueve meses y medio que estoy y voy a entrar a reinserción", contó Carlos, de 27 años, a esta cronista. "Consumí durante cinco años, después de casarme. A partir de los cuatro años de consumo, decidí pedir ayuda", confesó Carlos, a quien su mujer lo conectó con la fundación.
"Y no aflojé -dijo orgulloso-. Entré con un objetivo que era salir bien y estoy mejor. Hay que confiar... Yo vine confiando en que iba a salir bien, confiaba en mí mismo y en la ayuda que los otros te dan."
"Yo, en cambio, hace tres meses que estoy acá", explicó Claudio, de 29. "Hace seis años que consumo y estuve detenido tres años. Cuando salí, creí recuperar a mi familia y, con la droga, estaba más perdido que nunca."
Diferencia con la calle
Claudio también reconoció la importancia de pedir ayuda exterior para superar la adicción. "Aquí todos quieren ayudar. En la calle no pasa lo mismo", dijo haciendo referencia a las malas compañías que no lo ayudaban a superar su problema.
"Que mis compañeros, como Carlos, ingresen en la etapa de reinserción me alegra muchísimo. Todos queremos llegar a ese lugar y recuperar todo lo que la droga nos hizo perder", expresó con una ancha sonrisa.
El más reciente de los tres es Christian, un joven de 26 años, que comparte la vida de la comunidad desde hace sólo 11 días. "Antes estuve tres meses y me fui. En los días que estuve afuera me di cuenta de que me sentía desprotegido", reconoció en voz baja.
Christian se tocó el pelo con un gesto nervioso. Después de una meditada pausa, añadió, mientras clavaba su mirada en los ojos de esta cronista: "Acá te sacás todas las caretas". No mentía.
Una batalla compartida
El director de Por la Vida, Rafael Arcone, y la coordinadora Patricia Di Paola, reconocieron que en el camino de los jóvenes hacia la droga se repiten algunas causas: dificultades en el hogar, antecedentes familiares adictivos, marginalidad, depresión. Las toxicomanías más leves suelen ser las de los adolescentes, "por la desorientación propia de la edad y padres muy asustados que no ayudan y asustan".
El egreso de los internos es uno de los momentos más felices para la fundación. Antes del último, protagonizado por cinco jóvenes que se recuperaron con éxito, todos en Por la Vida compartían una satisfacción que se respiraba en el aire. Los egresados simbolizaban una batalla ganada en la que todos habían combatido.



