
El análisis de la noticia: Largo viaje de cinco preguntas en busca de sus respuestas
Por Claudio A. Jacquelin
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Una correcta crónica periodística, dicen hasta los más elementales manuales de la materia, debe responder a cinco preguntas básicas (las famosas 5W, en inglés): ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿quién?, ¿dónde? y ¿por qué?
A dos años del asesinato de José Luis Cabezas, cualquier cronista que se embarque en la construcción de la crónica del más brutal ataque a la prensa desde los años de plomo debe admitir que está condenado al fracaso si quiere abordar el relato y satisfacer esa exigencia.
Apenas el cuándo y el dónde de ese quinteto de interrogantes básicos podrían salvarse íntegramente.
Miles de fojas de una investigación concluida hace ya dos meses y a poco de comenzar el juicio oral con el que la Justicia procura ponerle un cierre definitivo al caso no alcanzan para aproximarse sin riesgo de equivocarse a una respuesta contundente.
Por eso, a 730 días de la muerte de José Luis Cabezas, la pregunta que más inquieta es la madre de muchas preguntas; ¿por qué no se pudo saber la verdad de este crimen?
La respuesta no es fácil, porque a los hechos que no permitieron aún llegar a la historia definitiva deben sumárseles acciones u omisiones y luego añadir intenciones, que, como se sabe, no son tangibles ni incontrastables.
Fantasmas y sospechas
Sólo algunos elementos nos permiten acercarnos a una respuesta o, al menos, ayudan a apaciguar la angustia provocada por los fantasmas, sombras y sospechas que siguen rondando uno de los asesinatos por los que la sociedad argentina reclamó su esclarecimiento con más contundencia y persistencia .
El factor político parecería ser a estas alturas una de las claves de la falta de respuestas.
Mientras la sociedad casi sin fisuras se unió tras el reclamo, los funcionarios (especialmente bonaerenses y nacionales) dividían y restaban esfuerzos entre rumores, acusaciones y defensas de variados personajes, instituciones u organizaciones.
La mayoría de las crónicas y muchos testimonios fundados aportaron datos para concluir que el empresario Alfredo Yabrán y su ejército privado no eran ajenos al hecho, lo mismo que una vasta coalición de policías (en actividad o en retiro forzoso).
Pero tanto sobre unos como sobre otros ha habido reiteradamente un manto protector que habría sido impermeable a cualquier honesta y profesional investigación, aun si ésta hubiera existido.
Cosas que se dijeron
El autor de la profecía autocumplida ("sacarme una foto es como pegarme un tiro", y el tiro no tardó en llegar) estaba demasiado cerca de los hombres más próximos al Presidente como para que cualquier rasguño a su inocencia no se constituyera en una puñalada al poder central.
La bonaerense había sido hasta hacía muy poco la "mejor policía del mundo" para el gobernador Duhalde, mientras la revista Noticias, con una foto tomada al jefe de esa fuerza de seguridad por José Luis Cabezas, la llamaba "Maldita policía".
Y entre negativas políticas a abordar a fondo una y otra línea, el juez de una pequeña ciudad, sobre el que pendía como una amenaza un sumario de la Suprema Corte provincial, llevaba un caso para el que su experiencia profesional no parecía aportar toda la ayuda que necesitaba.
Marchas y contramarchas, armas que sembraban dudas, pistas sembradas que florecían en atajos muertos, presuntos inocentes convertidos en sospechosos y presuntos sospechosos a los que muchos se afanaban en consagrarlos inocentes fueron marcando el rumbo de la investigación y de la historia oficial.
En medio, la desesperada familia del fotógrafo muerto, una desorientada y angustiada opinión pública y casi toda la prensa han procurado desmalezar el terreno sin las herramientas adecuadas ni el poder para llegar al sendero de la verdad.
Dos años, 730 días, parecen entonces demasiado tiempo para que persistan abiertos tantos interrogantes sobre el crimen más brutal que sufrió en ese lapso no sólo un periodista ni la prensa, sino el país en general.
Aún hoy la crónica sigue dependiendo de las respuestas que todavía no han dado -vaya uno a saber por qué- demasiados funcionarios políticos ni judiciales.






