
El cine de barrio vuelve a vivir
El Gobierno de la Ciudad anunció un plan para recuperar tradicionales salas que actualmente cumplen otras funciones
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Los dos viejos proyectores ingleses marca Strong del cine El Progreso de Villa Lugano juntan polvo desde hace más de 15 años. La coqueta sala que fue el orgullo del barrio durante medio siglo se convirtió en templo evangelista, como tantas otras en la ciudad. Pero el séptimo arte tendrá su revancha.
Livio Lazarini está entusiasmado. A los 71 años recibió la noticia de que la Dirección de Promoción Cultural del gobierno porteño elaboró un plan para recuperar y reciclar tradicionales cines de barrio y eligió como primer beneficiario a El Progreso. Aquel que ayudaron a construir sus padres, fundadores de la sociedad de fomento de la zona, que hoy él preside.
"Volver a ver una película aquí sería un sueño hecho realidad", relata a La Nación , sentado sobre el posabrazos labrado de una de las 500 butacas de la sala y mirando hacia el cartel que dice "Jesús es la salvación", allí donde en abril próximo estará otra vez la enorme pantalla de antaño.
El proyecto de la Comuna prevé recuperar durante 1998 seis cines en los barrios de la ciudad que actualmente no tienen salas en funcionamiento.
En ellos se organizarán ciclos de películas clásicas y se estrenarán films experimentales que no hayan pasado por el circuito comercial. Funcionarían de jueves a domingo, con entrada libre, aunque tal vez se cobre un bono contribución opcional.
"Cada vez hay más salas cinematográficas, pero están más concentradas geográficamente. En todo el sudoeste de la ciudad no hay un solo cine que funcione", explicó Cecilia Felgueras, titular de Promoción Cultural.
En esa parte del mapa se encuentra El Progreso -Riestra y Murgiondo- y la otra sala que ya está anotada para ser reabierta: el Oliden, de Mataderos, situado en Oliden y Artigas.
Saavedra y Villa Urquiza podrían ser otros de los barrios que recuperarán el cine. Pero como el dinero no sobra -se piensan gastar 5000 pesos en cada sala- la Subsecretaría de Cultura está en plena búsqueda de pantallas para reciclar acordes al presupuesto.
Como en Cinema Paradiso
Según aseguró Felgueras, los vecinos y empresas privadas colaborarán con el Gobierno en la misión.
Y en Lugano no faltan voluntarios.
Carlos Saberio rememora cuando, con 15 años y pantalones cortos, recorría las filas de butacas de El Progreso y vendía caramelos y chocolates. Hoy, tiene 81 años e integra la sociedad de fomento, que es dueña del cine.
"En 1981 lo tuvimos que cerrar y hace un tiempo debimos alquilarlo a un pastor para poder pagar los impuestos y mantener las actividades culturales que ofrece la sociedad. Siempre tuvimos la ilusión de recuperar la sala", explica.
También Enrique Bonsergent (72), presidente de la Junta de Estudios Históricos de Villa Lugano, está esperanzado. Recuerda cuando El Progreso era el lugar del barrio donde se formalizaban los romances juveniles.
Los vecinos tampoco olvidan las funciones de de los años treinta, cuando sólo había un proyector y había que hacer un intervalo de tres minutos en el medio de la película mientras el operador cambiaba de rollo. "Yo salía a vender con el cajoncito, en medio de gritos y silbidos", cuenta Saberio, entre risas.
Desde 1945 todo fue distinto con dos proyectores.
Los grandes pasaron por esa pantalla. Desde Charles Chaplin hasta Humphrey Bogart y Charlton Heston. Luis Sandrini, Pepe Arias o Enrique Serrano no les iban a la zaga. Pero luego, el nivel decayó, aseguran en la sociedad de fomento, y decidieron cerrar la sala. "Para dar una idea, pasaban casi siempre las películas de Isabel Sarli", indica Lazarini.
Ahora, tras 15 años, el cartel situado sobre la entrada volverá a iluminarse. Los antiguos proyectores serán retirados, tal vez para adornar un museo. Nuevas máquinas ocuparán su lugar. La magia volverá.
El negocio, visto por quien apaga la luz
Pocas personas son más indicadas para opinar sobre la vida de las salas cinematográficas que quien conoce qué pasa dentro de ellas, aún cuando se apaga la luz.
Desde hace décadas, Alfredo Storchi viste un traje azul de acomodador cuyos botones brillan tanto como muchas estrellas de cine.
Cuando tenía ocho años -de eso hacen ya 56-, Storchi encontró su lugar en el mundo: empresario precoz, instaló un quiosco al lado de una sala cinematográfica.
Como si su futuro estuviese definido por un estricto guión, su historia siguió irremediablemente unida al cine. Aunque trabajó en un sanatorio, nunca dejó se ser caramelero y, desde 1966, se convirtió en acomodador. Y es, a veces, quien apaga la luz.
Hoy se lo puede ver, linterna en mano y siempre con buenos modales, guiando a los espectadores del cine Gaumont, en Rivadavia al 1600.
Opiniones encontradas
Este hombre, que conoció los lujos y las grandezas del cine de antaño, no se resigna al presente de esta actividad. "No es el mejor momento para el cine", opinó.
En cambio, Rodolfo DeGrazia, director de operaciones de General Cinema Theatres, está exultante. Su empresa tiene un complejo de ocho salas en Morón y otro de 12 en Quilmes y planea seguir expandiéndose.
De Grazia dijo a La Nación : "La gente se acerca al cine porque hay un buen material fílmico, nacional incluido, por el crecimiento en la cantidad de pantallas, y por el servicio que brindamos".
El experimentado acomodador Storchi no comparte plenamente el criterio con el que estas compañías -junto a la General Cinema operan en la Argentina la National Amusements Village y Cinemark- satisfacen las demandas del público Storchi argumentó: "La gente que está acostumbrada a ir al cine no va a estos lugares porque está incómoda. No le gusta que coman a su lado."
Pero, justamente, el concepto de comodidad es el caballito de batalla de los nuevos multicines.
En estos lugares, el espectador ya no tiene que ocultar los dulces en la cartera. Tiene luz verde para ingresar en la sala abastecido de tanto pop corn, hot dogs, jugos, gaseosas y helados como pueda ingerir.
Eso sí, murió el clásico "bombones, chocolates, caramelooooos", que pregonaban los carameleros mientras se abrían paso entre las hileras, bandeja en mano, rozando rodillas.
"Acá todo está en función del cliente. Las butacas son reclinables con apoyacabezas y apoyavasos y, además, los espectadores disfrutan de la comida que les llevamos hasta su asiento", comentó un empleado de Cinemark 8, situado en Puerto Madero.
Pero el empleado de la moderna sala -que prefirió no dar su nombre- coincidió con Storchi en que no es frecuente ver a los "cinéfilos" en estas pequeñas salas. "El blanco al que apuntamos son los más jóvenes. Es posible que a la gente grande le guste otro tipo de sala, más tradicional", dijo.
Diferencias de estilo
Aun así, las diferencias entre las salas tradicionales y los nuevos cines son evidentes. La emblemática figura del acomodador deja lugar en los multicines al usher (joven multifunción entrenado para recibir al cliente y hasta para limpiar el piso).
Otra diferencia es la propina. La moneda que se desliza de una mano a otra es una institución inamovible entre los acomodadores, pero para los ushers no existen.
Storchi confía en el futuro, pero sabe que pasaron los tiempos en que los hombres vestían galas para ir al cine y las mujeres olvidaban estolas en lugar de celulares. Como la película, es parte de "Lo que el viento se llevó".
Construirán 12 salas más
En pocos meses, la ciudad tendrá un nuevo complejo de cines ultramodernos: 12 salas, restaurantes temáticos, entretenimientos familiares y un gigantesco estacionamiento comenzaron a ser construidos por la cadena internacional Village Cinema S.A. en Vicente López entre Junín y Uriburu, en el corazón de Recoleta.
El terreno, de 3500 metros cuadrados, había sido destinado a la edificación de departamentos hace 15 años, pero las obras -aparte de la excavación de un pozo- nunca avanzaron. El lugar fue una gran preocupación para los vecinos de la zona, porque allí se juntaba basura y se escondía gente sospechosa.
Pero el anuncio del proyecto de la empresa norteamericana fue recibido con beneplácito por muchos vecinos de Recoleta, que no tienen dudas de que, con el proyecto, el barrio tomará un nuevo impulso.
La mayoría de los comerciantes de la zona consultados por La Nación tiene gran confianza en que el emprendimiento vuelva a traer al gran público que, según sus opiniones, se ha ido para otros centros, en especial a Puerto Madero.
Armando Taurozzi, fundador y ex presidente de la Asociación Amigos de Recoleta dijo: "Viene a llenar un anhelo que hace tiempo esperábamos. El barrio estará más iluminado".
Otros fueron más prudentes, como Miguel Lantermino, presidente de la Asociación Vecinal de Recoleta, que indicó: "Es un agregado más, no va a ser de gran importancia para el barrio y, sobre todas las cosas, su éxito dependerá mucho de la suerte. Porque, en estos momentos, las grandes salas son una moda, pero no sabemos qué ocurrirá más adelante".
Según pasan los años
- 1998: según datos privados, este año la cantidad de espectadores de cine podría llegar a los 23 millones de personas.
- 1997: 21.812.555 espectadores de todo el país concurrieron a 598 salas. Desde 1996 hasta diciembre último se edificaron 92 salas.
- 1996: 21.547.318 personas asistieron a las 493 salas.
- 1995: 19.839.104 personas concurrieron a 457 salas.
- 1992: había 280 salas, a las que asistieron 20.411.040 personas.
Fuente: sobre datos del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales.
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