
El desafío de trabajar a 40 grados bajo cero
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"Recorrer un kilómetro en el Polo no es lo mismo que en otro lado -relata el físico Julio Rodríguez Martino-. Primero, es muy cansador caminar con tanta ropa y, con menos oxígeno. Cualquier esfuerzo se siente muchísimo más. Tenemos que sentarnos cada tanto y pasar 10 minutos tranquilos, tomar un poco de agua y, después, seguir trabajando."
Para el científico argentino, que regresará al continente helado por segunda vez para instalar el detector de partículas subatómicas Amanda, de la Universidad de Estocolmo, la experiencia de trabajar en esos climas extremos no es nada fácil.
"Es muy peligroso sacarse cualquier prenda o descubrirse la cara, se siente un dolor muy intenso. Muchas veces tenemos que construir una especie de pared para aislarnos del viento y calefaccionar la zona con aire caliente, pero nunca logramos elevar la temperatura a más de 10 grados bajo cero. Y a veces tenemos que sacarnos los guantes, porque si no lo hacemos no tenemos destreza manual para realizar ciertas tareas..."
Para evitar contratiempos, todos los científicos que van a trabajar a la base antártica deben pasar por un riguroso examen físico. "Nos hacen análisis de sangre, electrocardiogramas y, en especial, nos revisan para asegurarse de que no tengamos problemas dentales, porque, una vez allí, ya no pueden pasar a buscarnos antes de la fecha prevista."
Aunque en los edificios -totalmente aislados- la temperatura alcanza niveles que permiten circular cómodamente en remera, en el exterior el clima helado y muy, muy seco no hace concesiones.
"Lo principal es no dejar la piel expuesta -dice-. Por eso, además de usar ropa térmica, muy aislante del frío, es fundamental no olvidarse el pasamontaña."
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