El financista que hará de su colección un museo

Aldo Rubino inaugurará el fin de semana próximo el Macba
Loreley Gaffoglio
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25 de agosto de 2012  

Es el mayor broker de banca privada del Wells Fargo Bank. Reside entre Sunny Isles, en Miami, y Recoleta, y trajina el circuito de arte global, con la ubicuidad y la avidez del conocedor que no quiere perderse de nada. Desde hace tres años, un desvelo lo consume: abrir su colección de arte al público, con un museo propio de vidrio y concreto enclavado en el corazón de San Telmo.

Y ahí está Aldo Rubino, el financista de 52 años, un selfmade man de arraigadas convicciones humanistas, supervisando junto a su mujer los detalles finales para la apertura, el sábado próximo, del Macba, el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires.

Seis millones de dólares de inversión, un acervo de 150 obras inscriptas en la abstracción geométrica internacional y un sueño todavía postergado: dejar las finanzas en dos años para dedicarse full time a la gestión cultural. Sin dudas, una rara avis.

Constanza Cerullo, su mujer, arquitecta y curadora, lo secunda en su cruzada. Encarnan un team de sintonía perfecta. "Si tuviera que comenzar hoy de cero el museo, no lo hago -confía a LA NACION-. El clima en el país está demasiado convulsionado. Y un proyecto de esta escala necesita de un contexto pacífico y de una comunicación más fluida con el exterior."

Audaz en sus compras de arte, se define, no obstante, conservador en sus inversiones y en el asesoramiento a su cartera de clientes, la mayoría tenistas. Sus amigos Juan Ignacio Chela y Guillermo Cañas, por caso, contribuyeron inicialmente con la financiación del museo. "Ganar cuesta mucho; perder es fácil y recuperar, casi imposible", alecciona sobre el mercado bursátil.

Hijo de inmigrantes calabreses radicados en el Abasto, su ascenso social, dice, estuvo empujado por el imperativo familiar de "educación y trabajo". Su padre, veterano de la Segunda Guerra, prisionero en Libia, se casó con su prima y al llegar a la Argentina manejó un tranvía y trabajó para Parque Davis. Luego, la familia logró abrir un almacén en el Abasto. Allí, él y su hermano -"coleccionista por contagio"- ayudaban a la par de sus progenitores.

Rubino recibió una educación humanista, con marcada sensibilidad por las manifestaciones artísticas, en la escuela pública. Eran tiempos en que los concursos de manchas copaban las calles y la aspiración se centraba en poder ir al Colón a ver ballet o escuchar un concierto. Todas pasiones que les transmitió a sus tres hijas, de entre 23 y 18 años, fruto de su primer matrimonio.

Consustanciado con las finanzas, en Química Hoechst, el laboratorio que creó la Novalgina, obtuvo su primer empleo. Por entonces, admiraba al economista Aldo Ferrer y soñaba con llegar algún día a ser ministro de Economía, mientras despuntaba el vicio por los museos y las galerías.

La colección

Una obra de Héctor Médici fue su primera adquisición en los 80, que continuó con pintura figurativa argentina. Obras de fuste de Quirós, Quinquela y Berni engrosaban su colección, cuando su desvelo estético dio un giro copernicano.

Hubo un antecedente en ese cambio de rumbo. Fue la retrospectiva de Wassily Kandinsky, de 1987, en el Museo de Arte Decorativo. Todavía recuerda el orden de las salas en el que se mostraban las distintas etapas del maestro ruso hasta llegar a la geometría y la abstracción. Pero el quiebre definitivo sobrevino con la compra en Londres de una masterpiece del op-art, firmada por Víctor Vasarely. Aval , de 1970, es hoy una de las estrellas de su colección, junto con el histórico mural del cinético Carlos Cruz Diez y los lienzos del norteamericano Kenneth Noland y la inglesa Sara Morris.

"Ahí debí desandar 20 años de coleccionismo y desprenderme de obras muy queridas, como el collage Juanito Laguna pescando entre latas . Pero cuando uno toma la decisión de armar una colección con determinado perfil, es un tema hasta de sanidad mental, no económico, el desprenderse de lo que no encaja. Pero por cada obra figurativa que vendía, compraba otras dos geométricas", recuerda.

Esa gramática resume todo lo que le gusta: las vibraciones y la pureza en las líneas; la "electricidad" y el juego óptico, lo cambiante de una obra según la ubicación de la retina. Y, especialmente, la explosión del color, un sello de identidad en la colección del Macba.

"Concibo el coleccionismo como algo público; no me gusta atesorar sin mostrar. Para mí la obra es como un ser humano: tiene vida y lo mejor que te puede pasar es compartirla con la sociedad", grafica.

Hoy su acervo está repartido entre la Argentina, Uruguay y los Estados Unidos. "Ojalá pudiera tener a mis obras todas juntas en el país, y más, teniendo un museo. La Argentina es el lugar donde creo que deberían estar. Pero me resulta imposible por los costos de importación -se sincera-. Sería bueno que se anulara el IVA del 10,5% para el arte con destino público."

A diferencia de otras colecciones, la suya no creció con un acento en lo nacional, si bien cuenta con un gran número de artistas argentinos. "El énfasis es internacional, de manera de contextualizar sin fronteras a la abstracción geométrica. No creo en el nacionalismo cultural. La apertura enriquece", instruye el hombre que admira tanto a San Martín, Fangio y Favaloro como a Michel Jordan y Roger Federer.

"Todos ellos -concluye- encarnan los valores de lo que yo llamo «el eje del bien»."

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