
El hombre que salvó a cuatro sobrevivientes
Mauricio Donkin los rescató del fuego
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El caddie Mauricio Donkin hablaba por su celular en el Driving Range, cuando el Boeing 737-200 de LAPA perdió el control. Un compañero le tocó el hombro, se dio vuelta y vio cómo la enorme aeronave en llamas venía hacia él.
Cientos de personas gritaban y corrían en busca de un refugio que los salvara de la muerte. Mauricio hizo exactamente lo contrario: se acercó al avión y, en medio del fuego, salvó a cuatro pasajeros que luchaban por no morir quemados.
Un año después de aquella noche, los ojos mojados de Mauricio revelan que su vida no volverá a ser igual después de la tragedia de LAPA. Tampoco lo será la de las familias de las 67 víctimas fatales del accidente ni la de los sobrevivientes que aún pelean por reconstruir su cuerpo.
"No pensé nada. Vi que había vida porque en la parte delantera del avión la gente gritaba y se movía. Primero saqué a un hombre de barba tipo candado y después a otro bajito, que estaban tirados entre restos de fuselaje. Los dejé donde pude. Luego ayudé a una mujer que gritaba: "Sáquenme, sáquenme", y por último, a Benjamín", cuenta con la voz muy baja, casi inaudible. Como si contar lo que hizo lo obligara a revivirlo.
Benjamín es el ingeniero Benjamín Buteler, uno de los sobrevivientes del peor accidente aéreo ocurrido en la Argentina. Viajaba en la primera fila, quedó atrapado en el asiento y su brazo izquierdo se prendió fuego. Mauricio le desabrochó el cinturón de seguridad y lo cargó en sus brazos.
Tiempo después, el caddie y técnico en mantenimiento de campos de golf supo que Buteler estaba vivo, porque su esposa lo llamó para agradecerle. El Día del Amigo hablaron por teléfono y ahora Mauricio y Benjamín planean un viaje para conocerse.
"De las otras personas no supe nada, pero creo que estarán bien", dice. Y luego agrega: "Eso espero".
Olor a muerte
Camina por la cancha de golf que cuida en el Club de Campo Pilar del Lago y recoge cada hoja o rama que se cruza en su camino. "Yo vi los cadáveres prendiéndose fuego. Había mucho olor. Quince días después todavía había olor. Cuando dejé de ayudar ya no quedaba nada", dice resignado, como si le pesara no haber podido salvar a más personas.
"Todo duró muy poco. Al principio creí que el calor no me dejaría acercarme -recuerda-. Me quemé un poco la cara y las manos. Esa noche también me atendieron a mí. Las siguientes no podía dormir: me volvían las imágenes, el olor. Los gritos terribles."
Mauricio es un héroe casi anónimo. No le gustan las entrevistas y dice que ahora aceptó hablar porque Benjamín le pidió que lo hiciera. La Municipalidad de Pilar -donde nació y vive- lo distinguió en junio último como "Ciudadano meritorio", y la Sociedad Hebraica -donde trabaja desde hace 20 años- le entregó una plaqueta "por su valentía y arrojo en defensa del prójimo".
Este hombre, de 34 años y padre de cinco hijos, dice que hizo lo que debía hacer: "Me tocó estar ahí y reaccioné como pude", asegura. Y cierra los ojos. Para no pensar.



