
El pueblo que resurgió de las cenizas
Para la gente de Los Antiguos, es cosa del pasado la erupción del Hudson.
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LOS ANTIGUOS, Santa Cruz.- El verde tapó el suelo oscuro; el agua volvió a clarear sobre las piedras; el sol se presenta casi todos los días, y la tierra, aún mixturada con cenizas, habla por intermedio de sus frutales, álamos y una incipiente gramilla que suele ser un lujo para las ovejas.
Y allí, enfrente, a más de 100 kilómetros y del lado chileno, el volcán está callado, sereno, sin estallidos y lejos de aquel bramido que hizo temblar a todos los que andaban por aquí hace algo más de ocho años.
Fue cuando el Hudson, el pico que no se separa de la cadena de fuego del Pacífico, se despertó aquella mañana de agosto de 1991 con un estremecedor rugido que lanzó a casi 20.000 metros de altura las cenizas de sus entrañas con toda la furia de su bravío corazón.
Y las cenizas, atraídas por la inevitable gravedad, bajaron con fuerza dejando sin verde a Los Antiguos, volviendo marrones sus lagos y oscureciendo hasta el temible sol que no pudo surcar con sus rayos la polvareda, para demostrar que la claridad todavía existía.
Empezar de nuevo
No. Fueron días enteros de noches tristes, de figuras en penumbras, de ojos más desorientados que irritados, de siluetas de hombres que se veían de color gris, sin más blanco que un barbijo para impedir que la arenilla rayara sus gargantas.
Pero el tesón de algunos hombres, de esos porfiados capaces de horadar las piedras con su frente, venció la adversidad y terminó por convertir a este pueblo, con el acompañamiento de una naturaleza más benévola, en un valle que parece hoy casi encantado.
El viernes último, Los Antiguos festejó 51 años de su fundación. Lo hizo a lo criollo, con un asado para 1000 personas en el Campo de Doma, allí donde todos los eneros celebra la Fiesta Nacional de la Cereza, esa fruta clasificada entre las finas y que en cada temporada se muestra colorada entre las hojas verdes, dejando en el olvido la erupción de un volcán que volvió oscuras las ramas de los frutales.
Eso es hoy este paraje, un pueblo que cambió campos por chacras, alfalfa por floricultura y ranchos por cabañas que, de a poco, van albergando a más y más turistas. Algún gaucho diría que "no hay mal que por bien no venga" o que "no hay mal que dure cien años ni cristiano que lo aguante". Bueno, esa reflexión parecería barajarse por aquí.
Ganaron los tozudos
En 1991, Los Antiguos tenía 1500 habitantes. Un día estalló el Hudson chileno: parte de la Patagonia se llenó de ceniza y en este pueblo el polvo llegó a tener 25 centímetros de altura por sobre el suelo. Las ovejas, con el lomo cargado de material volcánico, se fueron cayendo y muriendo hasta llegar a los dos millones.
Alguna gente pegó la vuelta, abandonó todo y la tierra pasó a valer la mitad que cuando no tenía cenizas. Todo parecía perdido en medio de la carbonilla a la que no le faltaba más que el trazo de una calavera con túnica y guadaña.
Pero ganaron los tozudos, los que a pesar de haber perdido tres cosechas se quedaron y se jugaron una apuesta imposible en el análisis. Fueron en contra de un potro brioso y favorito llamado Hudson.
Uno de ellos fue Claudio Amand de Mendieta, un belga que hoy cuenta con 64 años y que llegó a estos valles de adolescente. En ese momento pensó: "Yo no creo que algo así se repita de nuevo en la vida de un hombre".
Nadie puede asegurarle la razón, pero es cierto que hoy recorre las 75 hectáreas de su chacra -a la que sus seis hijos bautizaron El Paraíso- que disfrutan sus siete nietos y muestra con orgullo cerezas, manzanas, duraznos y algún que otro fruto que lo acompañan junto a la ribera celeste del lago Buenos Aires.
"Aquel día -recuerda Mendieta- salíamos con mi mujer para Tandil. Vimos un hongo en el cielo y nos dijimos que era el volcán. Puede ser que no nos jorobe, nos repetimos. Cuando volvimos tuvimos que sacar ocho camionadas de cenizas para despejar el pequeño parque que está junto a la casa. Me acuerdo de que José Pereyra, el capataz, no quiso ser evacuado. El dijo: "Yo estoy acá y aquí me muero"."
"Muchos no entendían qué pasaba. Para algunos, ese raro fenómeno era como el fin del mundo", concluye.
Mendieta desmitifica todo lo que se dijo sobre las cenizas y sus cualidades fertilizantes: "Es mentira lo del abono. Las cenizas siguen apareciendo entre la tierra y le puedo asegurar que nosotros la odiamos. Está metida en los pulmones de la gente, que no se la podrá sacar nunca más".
Una historia cerrada
El veterano belga mira la tierra, la muestra, la analiza y confirma la mixtura con las cenizas. Convida sus cerezas de exportación, habla de sus abejas, de los zorzales, de sus nietos y de la paz que tiene su chacra.
Para él, el Hudson está olvidado. Cree que jamás volverá. "Si usted tuvo un accidente, ¿camina por la ciudad de Buenos Aires pensando que lo va a atropellar un auto?", pregunta, y luego responde: "¡No!" José Cienfuegos, de 45 años, un comerciante que maneja la FM local, tiene sus recuerdos tristes como también sopesa los beneficios.
"En 1991 sufrimos el aislamiento, la impotencia, la soledad y la lejanía. Quedamos sólo 300 hombres. Pero la cosa pasó y, sin quererlo, gracias al volcán Los Antiguos se ganó un lugar en el país; se hizo conocido. Comenzó a aparecer el miniturismo extranjero y hoy se está convirtiendo en una gran postal a la que todavía falta sacarle el jugo", afirma.
Hoy, este pueblo cuenta con 3000 habitantes; un intendente, Oscar Sandoval (PJ), que lleva tres períodos consecutivos, y mujeres como Ana María Jofré, que se desviven por el turismo. También, con chacareros que acertaron con la fruta y mucha gente que clama que el ripio de la ruta 40 se convierta en asfalto.
Los Antiguos, pago sureño en el que se cuenta que los viejos indios tehuelches venían a terminar sus días, pueblo y campo que se convirtió en nuevo porque desde que cayeron las cenizas tuvo que echar otras raíces.
Y, sin duda, volvieron a arraigarse al suelo, como esos tozudos que nunca levantaron sus apuestas: los que dicen que no hay cosas que sucedan dos veces en la vida de un cristiano.
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