El secreto mejor guardado
Escondido en el corazón de las Yungas, el Parque Nacional Baritú es una muestra de convivencia respetuosa del hombre con la naturaleza
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El Parque Nacional Baritú es seguramente el secreto mejor guardado de la Argentina en lo que refiere a bellezas naturales. Escondido en el noroeste de Salta, a orillas de tierras bolivianas, esta reserva constituye el corazón mismo de la selva de Yungas. Allí, los verdes son intensos y la relación de los pobladores con la fauna salvaje es sumamente cotidiana.
Poco es lo que se conoce de este mágico lugar, y ello responde a varios factores. El primero de ellos es su acceso. Por su ubicación, la llegada a Baritú vía terrestre hace indispensable salir del país. Desde Orán, se toma la ruta nacional 50 hasta la frontera con Bolivia. Desde allí, trámites migratorios mediante, se sigue unos 90 kilómetros por la sinuosa y pintoresca Ruta Panamericana, siempre en tierras bolivianas, hasta La Mamora. Una vez allí, sólo resta cruzar el Río Bermejo para regresar al territorio nacional y arribar a Los Toldos, el pequeño pueblo que hace las veces de última escala previa al parque y que alberga a la Intendencia del Parque Nacional Baritú.
El recorrido que une Los Toldos con Lipeo, un poblado enclavado en el corazón de la selva andina, es tan impactante como hostil. Sus 44 kilómetros son una verdadero test de calidad para cualquier 4X4, pero en contrapartida, el contacto con la vegetación y la fauna de Baritú producen sensaciones que no se pueden medir. Desde este camino se pueden apreciar cedros de tamaños descomunales, la exclusiva chonta o palma de monte, enormes nogales y laureles de la falda.
Dicha flora convive con una fauna no menos asombrosa, aunque algo más esquiva al ojo del visitante. Pecaríes, lobitos de río, ardillas, corzuelas coloradas, loros aliseros y cóndores se suman al hábitat del rey de la selva, el yaguareté. Además, esta tierra cuenta con una especie de animal mezcla con mito, el Ucumar o "Yeti" de las Yungas. A este legendario espécimen, familiar del oso de anteojos o frontino, los pobladores lo pintan como un ser de aspecto fiero, larga y oscura pelambre, ojos como brazas, una fuerza descomunal y la particular costumbre de raptar personas con fines sexuales. Más allá de la verosimilitud del mito y de los chistes fáciles al interior del parque, es cierto que esta leyenda es un condimento más que hace de Baritú un lugar atraparte.
La comunidad de Lipeo, un poblado de unas 20 familias, es todo un ejemplo de conservación de valores ecológicos, respeto por el entorno y convivencia, no siempre amistosa, con las especies que lo rodean. Felipa Ugarte, una abuela de 75 años que jamás salió de su tierra natal, cuenta una y otra vez cómo los "leones" (pumas) se comen a sus ovejas cada vez que se descuida.

En esta peculiar comuna, la escuela N° 4156 "Profesor Néstor Acosta" juega un rol fundamental. Desde ella, se inculca a sus 41 alumnos el respeto por las tierras que ocupan. Los chicos conocen bien su lugar. Muchos de ellos caminan en medio de la selva durante más de una hora cada mañana para llegar al establecimiento, formar, escuchar la Aurora desde un viejo grabador e izar la bandera de una escuela cuyo patio forma parte de las propias Yungas.
Daniel Matorlas, director del establecimiento, contó a lanacion.com cómo los contenidos de las cursadas tradicionales son adaptados primero al sistema de enseñanza plurianual, clásico de las escuelas rurales, que alberga a varios grados al interior de una misma aula, en la que el docente adapta los contenidos de acuerdo con los niveles de los chicos. Así, en una de las dos aulas de la escuela convive un afiche con los números del 1 al 10, al lado de uno que muestra un gráfico de la estratosfera y abajo de otro, que cuenta el funcionamiento del sistema excretor.
Es vital que los programas se acomoden a las particularidades propias de una comunidad inserta en la selva. Lejos de la tecnología y las prácticas citadinas, y en contacto directo y permanente con la naturaleza.
El contacto de la escuela, así como el del resto de la comunidad de Lipeo con Los Toldos se da en gran medida a partir de los guardaparques y colaboradores del Parque Nacional Baritú, desinteresadamente devenidos muchas veces en responsables, mediadores y figuras de autoridad de una población que aún pelea por su autonomía jurídica.

El equipo del Parque, liderado por Matías Entrocassi y conformado además por Elio Romero, Zahida Coca y las hermanas Gretel y Gisela Muller, más allá de garantizar el cuidado de este paraíso verde, cumple un rol fundamental desde lo social, concientizando a los pobladores sobre temas como el manejo sustentable de los bosques y la importancia de privilegiar políticas que contemplen, a la par, el respeto por el entorno y la valoración de sus habitantes.
Un poco por capricho de la naturaleza, pero también por el cuidado responsable y conciente de estas tierras, es que las más de 72.000 hectáreas del Parque representan lo más puro de la selva de Yungas y el área protegida menos impactada del país, al punto tal que, según los registros, gran parte de su extensión nunca ha sido pisada por el hombre. Baritú es, sin dudas, el secreto mejor guardado.
Notas anteriores:
Un Rey en las Yungas
Una relación cercana con la naturaleza



