
En el ojo de la tormenta
La muerte de Menem (h.) y la masacre de Villa Ramallo cambiaron su carrera
1 minuto de lectura'
"Me sacaron la toga y me pusieron el uniforme de comisario."
Carlos Villafuerte Ruzo, el juez federal de San Nicolás, se repite desde hace diez días esta frase. Es una letanía que lo recorre como un escalofrío, pero también es algo más que eso.
Es una descripción apenas metafórica de su estado de ánimo, y expresa una convicción profunda: aunque ya no suenen los disparos que en la madrugada del viernes 17 acribillaron la paz pueblerina de Villa Ramallo, él aún se siente bajo fuego.
De no haber sido por dos hechos fortuitos y estremecedores, la de Carlos Villafuerte Ruzo pudo ser hasta ahora una vida apacible de juez en provincias, en el punto medio de una carrera judicial empezada hace 25 años.
Pero dos cosas lo marcaron para siempre, y desde entonces, para él, ya nada fue lo mismo.
Primero un helicóptero se estrelló sobre su tranquilidad y después un tiroteo le perforó el futuro.
* * *
Cuando Carlos Villafuerte Ruzo era Carlos Villafuerte a secas, pensaba que antes de ser abogado se iba a recibir de profesor de educación física.
El entusiasmo le duró menos de un año y, después de un examen frustrante en San Isidro, guardó el jogging y se quedó con los códigos.
Estaba terminando Derecho en la Universidad de Buenos Aires y un tío camarista lo ayudó a conseguir trabajo. Fue el inicio de una carrera en el Poder Judicial que empezó por lo más bajo.
En 1974, cuando hacía sus primeras armas, el oficial de justicia Carlos Villafuerte hizo un descubrimiento que lo dejó helado: tenía un homónimo guerrillero a quien buscaba la policía y le pareció prudente cambiarse el nombre.
Fue entonces cuando se agregó Ruzo, el apellido materno, y modificó la filiación hasta en los documentos de identidad.
En 1975 conoció a Mariela, que sería la madre de sus cinco hijos (dos de ellos, mellizos), y a poco de casarse comenzó a pensar que lo mejor para su carrera judicial sería mudarse al interior del país.
Sus primeras jinetas judiciales las obtuvo como fiscal federal en San Isidro, y allí estuvo mientras los jueces fueron Alberto Piotti y Roberto Marquevich.
Durante la gestión de Piotti, Villafuerte Ruzo -de tupidos bigotes, entonces- participó en la investigación sobre las irregularidades en la Aduana de Ezeiza que terminó con el procesamiento de Juan Carlos Delconte.
Y durante la de Marquevich trabajó contra el narcotráfico en operaciones con nombres insólitos como Viento Norte, Tambor, Flamenco y Tormenta Verde, que le han dejado una buena relación con la agencia antidrogas norteamericana.
* * *
La primera vez que a Carlos Villafuerte Ruzo le tocó bailar con la más fea fue durante la investigación de las muertes de Carlos Menem (h.) y del automovilista Silvio Oltra, ocurridas el 15 de marzo de 1995.
Designado juez federal, y con su flamante diploma en la valija, había llegado a San Nicolás el 22 de febrero de 1996.
Aunque hacía casi un año que se había caído el helicóptero, lo primero que intuyó era que la causa ardía, y que quien la fogoneaba era la ex primera dama Zulema Yoma.
Hasta entonces se había hecho poco y nada, y tras año y medio de gestión del nuevo juez, el expediente pasó de tener un cuerpo a tener 63, de ninguna causa paralela a más de 50 y de un puñado de fojas a 12.559.
Al cabo de ese tiempo, su trabajo terminó con un fallo de muerte por accidente, en desmedro de la convicción de la señora Yoma.
Esa decisión le valió un pedido de juicio político en contra, que no prosperó.
Para entonces, Zulema y él ya eran viejos conocidos: Carlos Villafuerte Ruzo había sido el fiscal de la causa por el desalojo compulsivo de Olivos de la familia del Presidente.
Cuentan en el juzgado que, coincidentemente con el desarrollo de la investigación, para el juez comenzó una racha de mala suerte: las gomas de su auto empezaron a aparecer tajeadas, los teléfonos se recalentaron con voces amenazantes y furtivos fotógrafos callejeros lo tomaron ostensiblemente como modelo.
* * *
Católico de fuerte devoción mariana ("ahora estamos bajo el manto de la Virgen", dice siempre a sus colaboradores), desde hace diez días Carlos Villafuerte Ruzo ha decidido refugiarse en sí mismo y en su familia, que sigue viviendo en la casa de San Isidro.
El, mientras está en San Nicolás, no escucha radio, no ve televisión ni lee los diarios, y su contacto con la realidad del caso que lo ha puesto bajo fuego, es un brief de prensa que cada mañana le prepara un empleado del juzgado.
Si desde siempre había sido mesurado y cuidadoso con las palabras, desde el viernes 17, cuando quedó bajo fuego, lo es todavía más.
"El juez no está para prevenir, sino para juzgar", dice en sus infrecuentes contactos con periodistas, y agrega: "Las decisiones operativas no estaban a mi cargo".
Sobre el gobernador bonaerense Eduardo Duhalde y su nuevo ministro de Justicia y Seguridad, Carlos Soria, prefiere no abrir juicio.
Tampoco dice nada sobre los nerviosos policías de elite provinciales que acribillaron a los rehenes con balas perforantes.
Lo curioso en la historia de Carlos Villafuerte Ruzo es que, con tantos enemigos como se ha ganado últimamente, nunca está solo.
Ahora mismo, los teléfonos del juzgado federal de San Nicolás están llenos de sonidos extraños.
Hay voces confusas en el fondo de la comunicación, suspiros que parecen jadeos y ruidos de grabador en la línea.
Ni siquiera cuando habla por teléfono el juez Carlos Villafuerte Ruzo está solo. Es como si los fantasmas de Ramallo hubieran decidido acompañarlo para siempre.
1
2El viaje de 6400 kilómetros de “Diana”, la tortuga boba rescatada en Ceuta que cruzó el Atlántico
- 3
Seis cuadras de Berisso, entre el abandono y la memoria: el plan para recuperar el “km. 0 del peronismo”
4“Milagro”: revolucionó la educación de un pueblo, llegó al Ministerio y su receta es referencia en toda América Latina


