
En Once también se vende en la vía pública
A pesar de la prohibición vigente Más de veinte puestos rodean la estación terminal de trenes En la plaza Miserere proliferan los carritos de panchos Opiniones divididas de los comerciantes
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En la zona de Once tampoco se respeta la prohibición de vender en la vía pública. Más de veinte puesteros rodeaban ayer la estación terminal de trenes, sobre la calle Bartolomé Mitre y la avenida Pueyrredón. En tablones de madera apoyados contra la pared exponen anteojos de sol, remeras, gorros, relojes, linternas y pilas.
En la plaza Miserere, casi cada dos metros hay un puesto de venta de panchos, a pesar de que no está permitido.
Los comerciantes de la zona se dividen entre los que se quejan, porque los vendedores ambulantes les tapan las vidrieras, y los otros, que con la presencia de los puesteros se sienten supuestamente protegidos de los robos.
"A mí no me perjudican; al contrario, me cuidan. Cuando entra alguien medio raro en el negocio, ellos se paran a mirar que estemos bien", dice Liliana Ventrice, que tiene un local de ropa interior sobre la calle Bartolomé Mitre. A uno de los lados de su vidriera hay un puesto de anteojos y del otro extremo, uno de anillos, fantasías y cadenitas.
"Cuando los sacaron a ellos, entraron a robar", afirma Raquel, empleada en un local de hebillas y carteras.
"A mí me perjudican, no por la competencia, si no porque me tapan la entrada del negocio", comenta Ariel Coto, dueño de un ferretería sobre la avenida Pueyrredón.
"A los mayoristas nos retardan nuestro trabajo con las veredas ocupadas", cuenta Lucas Ayerstaran, empleado de una casa de ropa para niños, que debe transportar en carritos su mercadería hasta los autos de sus clientes. "Nosotros tenemos la suerte de poder poner un local, ellos no. Si los van a sacar de acá, les tienen que dar otro lugar para trabajar", opina.
Vuelven, pese a las inspecciones
"Yo no les digo nada cuando ponen un puesto delante de mi negocio. Ellos también tienen que comer", considera Eugenia Chung, que hace un año tiene un local de ropa femenina a una cuadra de la estación de trenes. En la puerta de su local una señora vende despertadores y fundas para celular sentada en una silla.
Los comerciantes dicen que de vez en cuando pasan algunos inspectores. "Vienen del gobierno y les levantan los puestos, pero al otro día los vuelven a poner", cuenta Graciela, empleada en una zapatería.
"A veces viene la policía y les retira toda la mercadería", dice Estela, que tiene su negocio cerca de un ex puesto de diarios, que cambió los periódicos por los relojes y CD grabados.
"Tienen unos precios muy buenos", comenta Clara, que acaba de comprar un par de medias. "Además, es preferible que hagan esto y no que roben", agrega la mujer.
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