Epecuén, un viaje a las ruinas de sal

El retroceso de las aguas, a casi 26 años de la gran inundación que la cubrió, dejó al descubierto los vestigios de la antigua villa turística
Ramiro Sagasti
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18 de julio de 2011  

EPECUEN.- El viento frío que llega desde el lago arranca la mata patagónica y la hace rodar. La mata debe de ser lo único que crece entre los escombros y los árboles petrificados por la sal, que se adhirió a todas las cosas y raspa. En las ruinas, sólo quedan unas pocas construcciones en pie, con las ventanas vacías, las paredes descascaradas, los pisos blandos y elevados por los sedimentos que dejó el lago. "A la familia no le gusta que yo viva acá", dice Pablo Novak, el último habitante de Epecuén, que fue la villa turística de Carhué hasta que, hace ya casi 26 años, la inundación hizo crecer el lago hasta tapar las calles y los autos, los jardines y las casas. Todo.

"Mientras pueda andar, me quedo -continúa Novak-. En la ciudad qué voy a hacer. Sentarme atrás del televisor. Acá hacho leña; tengo los recuerdos y los animales." Así que Novak piensa quedarse en estas ruinas. Igual que el anciano de anteojos con montura de acero y ropa polvorienta que durante la Guerra Civil española se encontró con Hemingway y se quedó en el puente.

La madrugada del 10 de noviembre de 1985, el terraplén que protegía la villa, situada 550 kilómetros al sur de la ciudad de Buenos Aires, se desmoronó por la acción de la sudestada. El lago empezó a avanzar sobre las calles. Algunos levantaron unas paredes de 50 centímetros en las aberturas de las puertas para evitar que entrara el agua. Todavía se ven esos pequeños e inútiles muros. "Un viento como el de hoy reventó el terraplén. El agua tardó 16 días hasta que tapó todo. Después apenas se veían los techos más altos", cuenta Novak.

El anciano dice que nació aquí, el 25 de enero de 1930. Su padre, un ucraniano llamado Onofre, se había instalado en la villa en el año 24, después de firmar un contrato para hacer los tres millones de ladrillos con los que luego se construyó el asilo de huérfanos. Así que don Onofre rentó un campo, montó el horno de ladrillos y se mudó allí con su mujer, Paulina, con la que tendría diez hijos.

"Yo soy el tercero. Antes de trabajar en el horno, cuando era más chico, vendía huevos y pollo, o trabajaba en algún circo que venía? Ese era el colegio. El colegio se hizo cuando yo tenía cuatro meses", dice Novak, y señala lo que queda de la Escuela N° 17.

Más adelante se detiene frente a los restos de un chalet en el que ahora retumba el aleteo de las aves y que aún conserva, a su lado, el esqueleto de una glorieta. Todo es blanco, gris o pardo, como huesos viejos y sucios. "El dueño del chalet era el del mercado de abasto de Liniers, don Luis Bordogna. La señora se llamaba Sara y por eso don Bordogna le puso La Sarucha a la propiedad. Era gente muy acaudalada, pero sencilla."

Novak se queda en silencio y continúa avanzando por la Avenida de Mayo, la calle principal de la villa. En las calles más próximas al lago, el agua se mueve con suaves y pequeñas ondulaciones. Unas aves negras y blancas con las patas rosas sumergen el pico largo y fino en el agua, con movimientos eléctricos, borroneados por la velocidad. A lo lejos, detrás de unas vigas de hormigón con las varas de metal torcidas y oxidadas, se ven los restos de un molino, y una pared de azulejos turquesas explota en la monotonía del paisaje ceniciento.

Sólo se oye el silbido del viento, el ladrido vehemente de un perro, los cables de alta tensión que cuelgan y chocan contra los postes, el rumor lejano del lago. Pero tal vez el anciano, callado, ahora está escuchando otra cosa: un ambiente lleno de palabras, acordeones, risas y gaitas en planos superpuestos, pero nítidos. Cruza la calle Sarmiento. Después están Cangallo, Mitre y Rivadavia. Las calles del centro porteño.

El director de Turismo de la Municipalidad de Carhué, Flavio Pertecarini, cuenta que en la década del 20 los dueños de la empresa Minas Epecuén, que extraía sal en la zona, notaron que mucha gente iba a bañarse en el lago, al que le adjudicaban propiedades curativas. Sus aguas tenían 350 gramos de sales por litro. La firma decidió armar un balneario y loteó las tierras. Explica el funcionario: "Como la empresa era de Buenos Aires, les puso esos nombres a las calles". Un espejo del centro porteño.

Cuando Novak tenía 15 años, se terminó el negocio de los ladrillos y la familia tuvo que mudarse a otro campo, del otro lado del lago. "Eran 107 hectáreas. El agua me tapó todo. No quedó ni una islita. Vendí todos los animales chicos. La caballada también la vendí. Me quedé con 100 vacas. Después, un cliente mío me dio esta casa, y volví. Hace 25 años que estoy acá", dice Novak.

El lago había llegado hasta unos 200 metros de esa casa. Por aquí hay otras construcciones que no fueron alcanzadas por el agua. Pero están vacías y descascaradas. En esas casas, cuenta el anciano, vivían los que trabajaban en la villa.

Hace cinco o seis años, el agua ya había bajado lo suficiente como para caminar entre los escombros. Pablo pasaba horas explorando las ruinas. "Encontré un vermut que estaba bueno. La soda también estaba buena. En el castillo había unas copitas de cristal con ribetes de oro, pero no encontré ni una", dice Novak. El castillo, construido entre 1924 y 1925, está en el camino al matadero y perteneció a una dama de origen francés llamada Ernestina María Allaine.

En el aire parecen flotar unos intangibles filamentos metálicos; bajo el sol blanco del invierno, esas partículas le confieren a la atmósfera una claridad brillante y helada. El frío, que ya es casi una materia compacta, muerde los huesos. El invierno debe ser más crudo en estas ruinas de sal, pero el viejo Novak se quedará aquí. Con los recuerdos y los animales.

El que también se quedó fue "El Vasco" Oscar Alberto Rua. No vive exactamente en la villa, sino en una casa detrás de la estación de trenes de Epecuén, que ahora es un museo. Está muy cerca del rancho donde nació, hace 40 años. "El Vasco" Rua es un tipo macizo, con la cara curtida por el sol y el frío. Se presenta como "el sereno de Epecuén".

"Nací y me crié acá. Desde los 8 años, fui changarín. En una temporada, hice un millón doscientos. Compré los útiles para la escuela, le di plata a la vieja y todavía me sobró un poco. Ahora cuido que los pibes no se lastimen o no rompan cosas. La otra vuelta encontré unas damajuanas de diez litros, llenas de vino, y las escondí. Unos pibes las encontraron y las tiraron para arriba."

"El Vasco" Rua arquea las cejas y entre los escombros distingue el supermercado El Pulpo, la fábrica de alfajores Alfajorlandia, un bar que se llamaba Hola que Tal, el almacén de Santillán, donde comió los primeros yogures: los que venían en frasco de vidrio.

Ahora, mientras acompaña a La Nacion a recorrer la villa, junto con el director de Turismo, está lloviendo. Un silencio espeso aprieta el aire y la villa parece profundamente dormida. Las gotas caen con un ritmo monótono, como si una fracción de este presente hubiera sido recortada y repetida una y otra vez.

"Vamos al matadero", dice Pertecarini, desde la 4x4 de la Municipalidad. El sereno asiente y sube a la camioneta. "Veníamos todos los días a ver cómo mataban a las vacas -cuenta "El Vasco"-. Después nos daban las achuras. Hoy, un kilo de achuras lo pagás lo mismo que un kilo de carne buena."

El matadero es una de esas obras monumentales y extrañas que en la década del 30 proyectó el arquitecto Francisco Salamone. Es un edificio de sombras densas, exageradas, como las de una película de Fritz Lang. Lo rodea un monte reseco. Pertecarini cuenta que siempre lleva ahí a los fotógrafos, y agrega: "Nunca mejor dicho: los árboles mueren de pie". Tal vez el director de Turismo ha repetido esa frase hasta vaciarla; frente al monte de eucaliptos raquíticos y grises, las palabras caen en un hueco profundo, se desintegran.

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Muchos de los que vivieron en Epecuén suelen volver para buscar recuerdos entre los escombros. Uno de ellos es Ricardo Zappia. Tenía 30 años cuando, junto con su primera mujer y el mayor de sus tres hijos, de ocho meses, debió abandonar todo. El padre de Ricardo, Felipe Zappia, había llegado desde Italia después de la Primera Guerra Mundial. Aquí se casó con Emí Edith Noel y tuvieron cuatro hijos. Por eso llamaron Los Cuatro Hermanos al hotel que levantaron a dos cuadras del lago.

"Mi viejo era albañil. Arrancó con las primeras habitaciones en el 69 y terminó en el 78 -dice Ricardo-. Cuando cumplí 24, mi viejo me dio una propiedad que tenía a una cuadra más arriba, y me puse un almacén. En el mismo terreno construí mi casa, y al año o dos fue la inundación."

La inundación, cuenta, se veía venir. Era una época de mucha lluvia y hacía ya varios años que nadie controlaba el canal Ameghino, construido en 1975 para regular el caudal de agua en las lagunas de la región, las encadenadas del Oeste. La noche anterior a la inundación, los Zappia no durmieron. A las 10 de la mañana, el agua entró en la cocina donde Emí y Felipe tomaban mate.

"Pudimos salvar los muebles y la mercadería. Los muebles los malvendimos, porque ya habíamos invertido todo y no teníamos ni casa ni trabajo ni plata. Nos fuimos a Buenos Aires. No nos fue bien y a los seis meses estábamos de vuelta en Carhué. Abrí un almacén, pero justo me agarró la hiperinflación y me fundí. Conseguí trabajo en una fábrica de materiales de construcción y laburé 20 años, hasta hace dos, cuando entré en Obras Públicas de la Municipalidad."

La segunda mujer, Mabel, lo mira y sonríe. El ambiente huele a café y almendras. Camina hacia la computadora y empieza a buscar fotos de la inundación. "Me gusta ir a la villa a recorrer. Descubro cosas de esa época", dice Ricardo. Les saca fotos a botellas de gaseosas que ya no existen más, platos enlozados, carteles, chasis de autos viejos, y corroído por el agua salada, algo parecido a un extraño tótem gris que se levanta sobre la geometría puntiaguda de los escombros: el tronco muerto de una palmera.

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