Eulogia Tapia, la reina del contrapunto

La otra cara de una de las zambas más famosas del país: La Pomeña; una historia verídica de una coplera en tiempos de carnaval
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11 de marzo de 2007  • 01:00

Regresaba del alfalfar como cualquier tarde. La hoz en la mano y su padre junto a ella. "Eulogia, Eulogia", gritó su madre cuando los vio llegar. "Acaba de salir por la radio una zamba que te nombraba. Hablaba del blanco (el caballo) y de la caja". Esa es la voz de los recuerdos que retumban desde el fondo de los años. Eulogia no le creía, o simplemente no podía entender que su nombre bailase en una canción.

Eulogia Tapia es la pomeña. Y La Pomeña es una famosa zamba que cuenta la historia de una coplera en tiempos de carnaval. El autor de la letra fue Manuel J. Castilla y la música fue obra de Gustavo "Cuchi" Leguizamón.

Eulogia vive en la actualidad en un puesto de campo, apenas alejada del pueblo de La Poma, en el norte salteño. Detrás de sus ojos hay un recuerdo y detrás de esa zamba, una historia. A pesar de la popularidad de su nombre las cosas no han cambiado mucho para ella. Cada mañana de verano se la puede encontrar de botas de goma y ordeñando, con la mirada de la timidez perdida en el piso de tierra, a punto de sacar unas hojas de coca de su bolsita verde, o mateando con su marido bajo el alero de su casa de adobe.

Como un promesante más, asegura que esta tarde se acercará a la Virgen de La Peña, una pequeña imagen que fue hallada en un paraje cercano. Junto a otros vecinos llevarán todos sus pedidos. A cambio dejarán flores de Amanacay y una fe misteriosa.

Eulogia Tapia es la pomeña. Y La Pomeña es una famosa zamba que cuenta la historia de una coplera en tiempos de carnaval, con letra de Manuel J. Castilla y música de Gustavo "Cuchi" Leguizamón

"El sauce de tu casa, te está llorando -canta la zamba-. Porque te roban, Eulogia, carnavaleando". Y para esta mujer norteña esas líneas se explican sencillamente: "Habrán escrito que el sauce de mi casa lloraba porque aquella tarde, aprovechando que andábamos de contrapunto y nadie pastoreaba, algún avivado anduvo robando cabras. Y se llevó bastantitas" explica. "Después encontré varias maneadas en un bajo".

Una canción, muchas voces. La escena que alude la zamba sucedió hace tiempo atrás, en La Poma. Aquella vez el sol pesaba sobre el boliche la Flor del Pago. Cuidando los intereses de los patrones un cartel repetía: "Almacén la Flor del Pago, no fío por temor al clavo". Detrás del mostrador estaba Amanda Aramayo, probablemente secando vasos con su delantal y tomando notas visuales de reojo. Del lado de los clientes, como escondido detrás de una cerveza, había un hombre barbudo: Manuel J. Castilla.

"En ese momento entró la Eulogia con la caja bajo el brazo y la cara llena de harina", recuerda doña Amanda, una testigo invalorable. "Era joven, tendría 18 o 19 años en esa época y así nomás comenzó el contrapunto". El contrapunto es un ir y venir de coplas, una especie de diálogo musical entre dos personas donde gana quien no pierde la inspiración. De esa forma estuvieron animando el ingenio hasta que, como asegura la testigo, "Castilla no tuvo más que decir". Había ganado Eulogia. Bajo la mirada impávida del poeta derrotado la joven pomeña salió por la puerta, desató su caballo blanco y rumbeó para el lado de "las casas". No sea que la noche y su padre la sorprendan en el boliche.

Lo curioso es que a diferencia de las versiones tradicionales, Amanda asegura que aquella tarde el Cuchi Leguizamón "no estaba en el boliche". Y todo parece indicar que así fue, ya que don Manuel, poeta salteño y buen caminador, había llegado en tiempos de carnavales a visitar a su primo que era empleado del correo.

Al día siguiente Castilla todavía no asumía su derrota. Pidió el tractor verde de la municipalidad –que aún camina la Puna- y fue hasta el rancho de Eulogia, ubicado en Ampostuya. Amanda recuerda que tampoco en esa oportunidad le fue muy bien por el recibimiento que tuvo en el rancho de los Tapia. "No se va a creer, si don Joaquín, el padre, era bravo como el cardón". Otra vez había perdido el poeta. Al regreso de la frustrada visita hizo una parada obligatoria; otra vez el boliche. Otra vez Amanda. "Todo tiznado por el humo del tractor" el poeta recibió otra botella de cerveza fría y desnudó sobre el mostrador su bagaje de penas.

A la mañana siguiente Castilla se fue. Tal vez desde la ciudad de Salta quiso vengar su derrota. Ahora su poesía vive en La Poma y se larga a volar desde arriba de las nubes, cuando el Cuchi le chifla con su música. Y juntos la siguen vengando, cantando en cada estrofa.



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